miércoles, 24 de diciembre de 2025

Navidad, catolicismo y nueva espiritualidad



La Navidad me gusta, como a muchísima gente, por la tradición familiar, la francachela con los amigos y amigas, la luminosidad y el festejo, la natilla y los buñuelos, los abrazos y regalos, las expresiones de solidaridad, generosidad y afecto, y el pretérito enigmático que la envuelve. No me gusta, como a tanta otra, por la retahíla de la novena, el sonsonete de los villancicos, la rezadera autómata, el festín de los mercachifles, las falsas promesas, las frases hipócritas y el embuste de gozársela como una costumbre idólatra simulando lealtad a una  historia fraudulenta inventada y fomentada para mantener fiel al rebaño.

La Natividad, en su contenido teológico, es una de las tantas invenciones, a través de los siglos, de los “sumos pontífices”, “santos y santas” y curas y monjas para dar cuerpo doctrinario a la religión católica. Sin certeza sobre la fecha de nacimiento de Jesús, para ganarse a los pueblos paganos, adaptaron el 25 de diciembre, momento del calendario en que por iniciarse el solsticio de invierno en el hemisferio norte, estos celebraban al Sol victorioso, la fecundidad y la cosecha. Así, comparte fecha de advenimiento con personajes mitológicos como Apolo en Roma, Horus en Egipto, Harpócrates en Grecia, Mitra, Manú y Buda en la India, Huitzilopochtli de los aztecas e Inti de los incas, y una madre virgen que da a luz en el abrigo de un establo.

Las investigaciones dicen que no es la única falsedad o treta oportunista que se convertiría en rito. La mayor parte de los hechos que configuran la Navidad fueron ideados en el siglo IV d.n.e. a partir de la suma de leyendas. Jesús no nació en Belén, la virgen María perdió la virginidad y tuvo más prole -afirmación cuya cita le costó la prohibición de escribir para el público al Padre Alfonso Llano; los tres reyes no eran reyes, no eran magos, ni eran tres. No hubo día de los inocentes ni estrella de David. A Melchor lo pintaron de negro en el siglo XVI para atraer a la gente de esa raza del África mientras los reyes católicos eran bendecidos por esclavizarla. Los tiernos villancicos surgieron de los no tan tiernos cantos cortesanos. Francisco de Asís “vistió” por primera vez el pesebre en el siglo XVII. De Castilla nos viene la religión, el idioma y lo villanos.

El día de las velitas (7 de diciembre), es la particular celebración colombiana de la proclamación por Pio IX del dogma de la “inmaculada concepción” -un verdadero milagro porque concibe sin embarazo dos semanas después- y el inicio de la parranda navideña, que en Cali y Medellín arranca el primero de diciembre abaleando el cielo, ya se sabe porque.  El fuego y la luz han sido objeto ritual desde los albores de la humanidad. La novena, que se reza y festeja en Colombia, la escribió el cura ecuatoriano Francisco Larrea y se le agregaron los cantos o gozos de María Ignacia, una monja hija de Soledad Acosta de Samper. El buñuelo y la natilla se impusieron con el tiempo. La pólvora es un antiquísimo invento chino que por décadas cobró dedos y torturó animales hasta que la razón ha impuesto su manejo responsable y la tecnología la sustituye, aunque no pocos atorrantes y la subcultura narco insistan en el alboroto.

En otros tiempos, el “Niño Jesús” traía los regalos, que aparecían de la nada la madrugada del 25 de diciembre, tras la bebeta, comilona y bailata del 24, hasta que los niños descubrieron que los colocaba el papá enguayabado en calzoncillos, antes junto al pesebre, después al pie del pino lleno de luces, bolas y escarcha, costumbre importada de Europa.  Como el monje turco disfrazado de rojo en EE.UU. por Coca Cola que vuela en trineo desde los polos arrastrado por venados para colarse por las chimeneas, desplazando al “divino niño”, a dejar los regalos impuestos por la industria de la juguetería y el entretenimiento made in USA. Ahora San Nicolás, Santa Claus o Papá Noel, aparece también vestido de verde o azul vendiendo celulares. Todas esas vainas llevaron a García Márquez a hablar de la “Navidad siniestra”.

Como la Nochebuena, la catedral católica está empedrada en fruslerías, falsedades, crímenes abominables, pederastia, complicidades, boato, sangre, persecuciones, violencia, guerra, aberraciones, robos, estafas y terror. Basta leer el ensayo La puta de Babilonia de Fernando Vallejo o Las mentiras de la iglesia de Pepe Rodríguez para repasar el horror que ha significado para buena parte de la humanidad, para asombrarse de tanta mentira. No obstante, cada vez con menos fuerza, Occidente sigue siendo religioso y mayoritariamente católico. La razón, como lo sostiene Richard Dawkins, es que la arquitectura del poder institucional, económico y social tiene esa matriz, y, además, es ideológicamente funcional al capitalismo. Según el filósofo Michel Onfray, es un poder construido sobre la represión al placer y el sofisma del libre albedrío, por lo que aboga por liberar al hombre de esas ataduras que lo sojuzgan. 

No se pueden desconocer los importantes aportes de las religiones a la preservación de la especie, la cultura y el arte, la moral y la ética, y, algunas veces, a la cohesión de los pueblos frente a riesgos catastróficos; tampoco las atrocidades extremistas de los fundamentalismos, pero  la arqueología, historia, literatura fundacional,  bases conceptuales, preceptos, dogmas, conformación institucional y formas de imposición y dominación del catolicismo han sido desnudadas, rebatidas y hasta puestas en ridículo por el propio Dawkins, Cristopher Hitchens y el científico Stephen Hawking en el debate reciente. Matthew Alper, en Dios está en el cerebro, califica la religión, las religiones, como un invento del hombre, un ingrediente genético evolutivamente incorporado en la mente del ser humano, como antídoto para enfrentar la siempre atormentante certeza consciente de la muerte, de la finitud de la existencia y la acechanza permanente de los miedos.

Para Dawkins es un fenómeno cultural arteramente inoculado y cuyas prácticas y creencias son transportadas por los siglos a través de una especie de genes ideológicos. Califica al catolicismo como una de las más absurdas y peores experiencias de la humanidad. En perspectiva, el teólogo y filósofo valenciano Mariá Carbí, en un aporte erudito y contundente, define las religiones como un hecho cultural que permitió programar las sociedades preindustriales pero que ha perdido sentido en la sociedad del conocimiento, por lo que llama a recoger lo mejor de ellas hacia una espiritualidad laica. Sin creencias, sin religiones y sin dioses. Punto de vista que comparto. No puede ser posible que una parte del mundo católico siga condenando el homosexualismo, el aborto, la eutanasia y el sexo seguro, para agravar la miseria, la discriminación y la violencia en el mundo, hechos que muestran un odio atroz del Dios católico contra la especie humana, a la que la institución mantiene fiel con amenazas apocalípticas, como sostiene Dawkins.

Así las cosas, no deja de ser contradictorio que quienes abanderan procesos que se reclaman  progresistas, ideológicamente sustentados en el materialismo y por ende proclives al ateísmo, de repente, ante situaciones personales dramáticas, promuevan rituales e invocaciones de la rancia tradición católica. Pero es explicable. Es el caso de Latinoamérica y El Caribe, donde las mayorías -a pesar de la competencia de las iglesias y sectas en boga- profesan el catolicismo, herencia colonial castellana impuesta a rajatabla y, en buena parte de nuestra historia, corresponsable, desde el poder, de las injusticias, la represión, el sojuzgamiento y el atraso de nuestros pueblos. Sin embargo, millones de personas siguen orando a diario, encomiendan a sus seres queridos a Dios, van a misa los domingos y comparten rituales que en colectivo son vivencias de fe y esperanza, así el día a día reniegue con su dureza lo que en la capilla es una ilusión. No en todos los casos, desde luego. Si el creyente es “exitoso” más razones tiene para creer. Pregúntenselo a un sicario o un traqueto.

También hay coincidencias entre los postulados del socialismo con la práctica religiosa comprometida en la lucha contra la injusticia y por la equidad en una lectura liberadora de los evangelios, con ejemplos históricos desde las catacumbas romanas hasta las paupérrimas veredas del Tercer Mundo. Ese encuentro fue el que advirtió Fidel Castro para matizar la contundente afirmación marxista de que la religión es “el opio del pueblo” -que lo es como aparato de dominación-, exaltar páginas memorables de la historia del cristianismo, llevar por buen camino las relaciones con las iglesias de su país, encomiar las labores de beneficencia de los laicos y el clero y saludar el compromiso de cientos de creyentes con el cambio social. Reflexiones y realidades consignadas ampliamente en la larga entrevista con Gianni Mina, "Fidel y la religión".

En esa corriente militaron Torres, vida segada por una muerte estúpida; Gaspar García Laviana y Oscar Arnulfo Romero, asesinados por católicos al servicio de los poderosos, en Nicaragua y El Salvador; Fernando y Ernesto Cardenal -increpado grotescamente por el Papa Juan Pablo II, orientado por Joshep Ratzinger, por su papel en la Revolución Sandinista-; Sergio Méndez Arceo en México,  Pedro Casaldáliga en Brasil,Monseñor Leonidas Proaño en Ecuador y tantos sacerdotes de a pie a lo largo del continente y el mundo. La Iglesia de los Pobres, de Gerardo Valencia Llano, René García  y Golconda; Medellín y Puebla, las Comunidades Eclesiales de Base y la Teología de la Liberación, teorizada por Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Paolo Richard, Enrique Dussel, Ignacio Ellacuria, Fracoise Hutard, Frey Beto e Ignacio Martín Baró y sus compañeros de luchas (asesinados por militares en El Salvador).

Los aportes cristianos para la liberación del periodismo concientizador que en Solidaridad y Utopías hicimos con la orientación de Héctor Torres. El catolicismo solidario y humanista de Camilo Torres Restrepo, Francisco De Roux, Mario Peressón, Javier Giraldo, René García, y los mártires Alcides Jiménez, Héctor Gallego, Bernardo López Arroyave, Teresita Ramírez, Yolanda Cerón, Sergio Restrepo, Guillermo Céspedes, Nevardo Fernández, Luz Stella Vargas, Mario Calderón, Elsa Alvarado, el sacerdote de origen nasa Álvaro Ulcué y  Antonio Hernández Niño, nuestro compañero de Solidaridad, acribillado de rodillas “por confusión” en la guerra sucia que tantos aún añoran en lugar de compartir  un pan.

Esa savia  que alimenta la nueva espiritualidad basada en principios y valores de amor a la humanidad, defensa irrenunciable de la plena vigencia de los derechos humanos, respeto absoluto a la diversidad y el pluralismo, acogimiento a la soberanía, autodeterminación  e independencia de los pueblos, búsqueda permanente de la paz y práctica constante de la solidaridad. Principios vapuleados por el neoimperialismo y el sionismo en la atormentada y ensangrentada Gaza, la Palestina que vio nacer al Jesús por estas calendas motivo de tantos festejos, mientras masacran a su pueblo.

 Verdaderos “milagros” se atribuyen a la conjunción de humanismo, energía y espiritualidad, que la creencia popular adjudica a manifestaciones divinas, pero que son una demostración del poder del afecto de los seres que habitamos este punto del universo. Así lo explicó, en forma sugestiva, ese costeño fascinante que en vida llevó el nombre de Jaime Bateman Cayón: “Si una persona es absolutamente sentida, constantemente querida, si en ella se dan cita una cantidad de afectos fuertes, el afecto de la mamá, de las hermanas, de la amante, de los amigos, esa cadena de afectos lo defiende de la muerte, del peligro, lo vuelve casi inmortal…Porque el amor es la certeza de la vida. Es la sensación de la inmortalidad.” Ya es hora de superar la ilusión de que “Dios es amor” por la vivificante afirmación, el amor es mi dios.

viernes, 19 de diciembre de 2025

Bolívar descrito con saña

Centenario de “Estudios sobre la vida de Bolívar” de José Rafael Sañudo

En memoria de Julián Bastidas Urresty



José Rafael Sañudo, nació y murió en Pasto, su ciudad natal (1872-1943). Fue un caballero a la antigua, de finos modales, bien hablado, católico ultramontano, intelectual de quilates, independiente de partido pero de espíritu conservador; labrado en la autoformación en lenguas clásicas, derecho, historia y literatura, lo que le generó gran reconocimiento y aprecio local y del poder central del país, para desempeñar altos cargos judiciales, magisteriales y la primera presidencia de la naciente Academia de la Historia de Nariño, a comienzos del siglo XX. Por su carácter reservado y modesto, rechazó varias distinciones y, en una rectitud encomiable, como abogado, asumía las costas si el error era suyo.

Publicó la primera novela conocida en el actual departamento de Nariño, “La expiación de una madre”, a finales del siglo XIX; elaboró una ambiciosa historia de la ciudad de Pasto, de la que alcanzó a imprimir tres volúmenes, tan detallada y colmada de datos, que fue admirada por intelectuales connotados. También concibió una “Filosofía del Derecho” que, dicen testigos, fue texto en facultades de Argentina y recibió elogios del mismísimo jurista Giorgio Del Vechio, en Roma. En su libro “Otro panamismo”, en forma valiente, condenó los supuestos lesivos arreglos limítrofes con Ecuador, del Ministro de Relaciones Exteriores, Marco Fidel Suárez.

Pero el escrito suyo que desató furias, y algunos aplausos, fue “Estudios sobre la vida de Bolívar” publicado en octubre de 1925, unas décadas después de que Carlos Marx, su antípoda ideológica, también cometiera graves errores de apreciación sobre la acción del Libertador, el “bellaco embaucador”. Un libro hecho con rabia. Con la saña de Sañudo, sinónimo de feroz e iracundo.  

“Desde la sangre que corría por sus venas, hasta la misma agonía. Su vida, un tejido de crímenes, en que actuaron la vanidad, la traición, la crueldad, la envidia, la lujuria, el engaño, la soberbia, y cuantas pasiones y vicios hacen de un hombre un ser abominable.”

Otra cosa dice la historia: Simón Bolívar (24.7.1783, Caracas, Venezuela, 17.12.1830, Santa Marta, Colombia) peleó en 447 batallas, siendo derrotado sólo 6 veces. Cabalgó 123 mil km., recorrió 10 veces más que Aníbal, 3 veces más que Napoleón y el doble de Alejandro Magno. Venció al imperio más poderoso de su tiempo, ganando la libertad para cinco naciones, entre ellas Colombia, según resumen de BBC de Londres, año 2000. 

La bronca corresponde, en parte, a la indignación, frente a las conminaciones indeseadas, las imposiciones, los insultos, los ataques, los destierros y la violencia ejercida por las tropas patriotas, por más de una década, tratando de atraer a la república a los indómitos y leales monarquistas pastusos. Es el repudio por la “La Navidad Negra” del 24 de diciembre de 1823, cuando el ejército republicano, al mando de Antonio José de Sucre, ebrio por los fragores de la guerra, dio rienda suelta a la ira y la venganza contra la resistencia realista, ocasionando cientos de muertos, violaciones, robos, saqueos y destrucción. 

Por supuesto, a Sañudo le era imposible analizar que, si bien el ejército libertador tuvo un rapto de desquicio, ganar a Pasto fue un paso fundamental para liberar al Perú y de esa manera consolidar la Independencia. Bolívar consideraba que el fin de la dominación colonial llegaría con la derrota de ejército realista allá. Pasto, en el trayecto, se opuso a toda conminación y pagó caro el precio de su obstinación. 

En lo militar, no le halla mérito alguno. Cuando triunfa, es por disponer de mayor número de tropa y le increpa crueldad por el número de bajas enemigas. Le achaca la “Guerra a muerte”, que alineó a los americanos en la causa ante el horror impuesto por los españoles. Sañudo prefiere decir que la Independencia fue el fruto desafortunado y a destiempo, de los levantamientos liberales en España. En sus escarnios, no le da chance para rebajarlo:

“En el cuerpo de esta historia habrán notado sus cualidades de guerrero, desde luego que en el Pantano de Vargas, si no es por Rondón, se hubiera consumado la derrota de los republicanos; que Boyacá fue un asalto; que en Carabobo tenía una extraordinaria superioridad sobre Latorre; que en Bomboná fue rechazado, y que en Junín fue un encuentro fortuito de caballerías, sin ordenamiento alguno de su parte”.




No advierte las diferencias en el objetivo de la lucha, entre Bolívar y otros líderes rebeldes (Santander, Páez, Flórez), más interesados en conquistar su pedazo que en forjar una Patria Grande. Compara y reduce al Libertador frente a otros, asimilando episodios incomparables, sin contemplar las razones tácticas y estratégicas que lo obligaron a imponerse en contradicciones y desavenencias o arriesgar en la distracción o la felonía. Decisiones que, casi siempre, le dieron la razón. Para Sañudo, Bolívar es impasable:

“Amén de la falacia. No era óbice a sus propósitos el culto de la verdad; porque, ora por su natural hiperbólico, ora por cálculo, mentía desaforadamente. Conté antes, varios casos de falsificación y seria largo relatar todas las mentiras o por lo menos exageraciones, que profería su relato”.

Imposible para un hombre enclaustrado, patriarcal y misógino, entender la vida pasional de Bolívar. La más escandalosa, la más hermosa, la más revolucionaria, la aventura a la que le convidó la quiteña Manuelita Sáenz, quien fue su amante, su confidente, su libertadora. La que le salvó la vida en la conspiración septembrina. La mujer que en armas, en Ayacucho, se ganó el grado de Coronel de los Ejércitos Libertadores de América. Ahí, Sañudo, hombre de su tiempo, de rosarios y reprobaciones: 

“Sobre su conducta licenciosa, basta solo referir, para darle una justa reprobación y por ser tan conocido el hecho, que vivía en el Palacio Presidencial de Bogotá, con la adúltera Manuelita Sáenz esposa del inglés Thorne por cuyos sucesos dice Palma, sus generaciones tenían que agachar la cabeza”. 

Sañudo escribió sobre Bolívar, desde la visión de un nostálgico de la Colonia, la monarquía y la herencia hispánica; desde la fe de un fundamentalista católico; desde una moral rígida, ascética e intransigente; desde la indignación de un pueblo aferrado a sus creencias y sometido a la fuerza a cambiarlas; desde el dolor de la memoria de la “Navidad sangrienta”; desde la convicción de que cada hecho debe esperar su tiempo; desde “¡La ira que brota naturalmente de la piedad de un hijo, por los insultos a su patria!”, como gritó, citando a Cicerón.  

 “Y es el caso que los hechos de Bolívar, están contados, casi siempre con fidelidad en las historias de Colombia; pero sin que los historiadores, se hubieran preocupado de compararlos con un criterio moral; de modo que pásmase uno, de que hasta graves crímenes, queden sin sanción, de compararlos con un criterio moral; de modo que, pásmase uno, antes sean asunto de alabanzas y encarecimiento”.

En la introducción a los “Estudios sobre la vida de Bolívar”, Sañudo expone su teoría de la expiación por la que, según la Biblia, debe transitar el hombre el camino de arrepentimiento, que deberán también recorrer los descendientes, hasta la tercera y cuarta generación, para la redención del pecado original. Las sociedades cargan con los errores de sus líderes, como las rebeliones, y los pagan con desastres naturales, sufrimientos y castigos -la guerra, entre ellos, frente a la cual no hay opción porque es designio de la providencia. En la medida en que el hombre y la sociedad logran acercarse a la perfección divina, purificados por el dolor, avanzan en la senda del progreso. 

Detestaba a Bolívar por irreligioso y perjuro, motivos insuperables de antipatía para un fanático moralista como él. Preso de sus supercherías, vio en el terremoto de 1812 en Venezuela el látigo del “creador” por la desobediencia al orden monárquico, “las provincias rebeldes fueron las que padecieron más, y se libraron de sus estragos las realistas”. Por el contrario, Bolívar aceptó el reto a la condición humana: “¡Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca!”. 

No obstante, lo que por los antecedente se pudiera creer, la primera publicación de los “Estudios” tuvo una recepción negativa en los medios intelectuales y académicos de Pasto, con la solidaria excepción de algunos intelectuales. La Academia Colombiana de Historia lo reprobó y la Sociedad Bolivariana, sobre la base de criterios mezquinos, cometió el desatino de aprobar una proposición que declaraba a Sañudo “Hijo indigno de Colombia”, descalificación que rezumaba sectarismo y discriminación. 

La publicación de los “Estudios” y las posiciones expresadas por Sañudo en columnas de prensa, desataron una intensa polémica con Sergio Elías Ortiz, reconocido historiador, etnólogo y lingüista pastuso, miembro de la Academia Colombiana de Historia y autor de importantes obras, entre las cuales, la precursora “Agustín Agualongo y su tiempo”, incidida por sus afectos terruños pero leal a los hechos. La controversia bolivarismo y antibolivarismo, fue desplegada a través de la revista “Ilustración Nariñense”, entre 1925 y 1928. Fue publicada en 1999, con el título “Dos visiones sobre la vida de Bolívar”, por el humanista Edgar Bastidas Urresty.

La vida de Sañudo, entrañablemente ligada a su ciudad natal y admirada con veneración por ella; dedicada al estudio serio y profundo y a contribuir al conocimiento de su “patria chica” y los sucesos de la nación, con independencia de su credo y óptica, era y es digna de reconocimiento y exaltación, no obstante que con Bolívar no se comportó, ni como historiador ni como polemista, con sano criterio. Se fajó como vengador equivocado y obsesionado.

Honrar su calidad intelectual y ciudadana fue el loable propósito del abogado e historiador, Vicente Pérez Silva, también nariñense, con una disertación sobre “La vida y obra de José Rafael Sañudo”, en el centenario de su nacimiento, en 1972, en la Academia Colombiana de la Historia. En un nuevo hecho inaudito, le fue impedido, lo que llevó al autor a renunciar al honor de ser miembro de la institución, decisión respaldada por prestigiosos intelectuales, ante una burda censura.

El libro de Sañudo y el artículo despreciativo de Marx sobre El Libertador sirvieron de sustento, in extenso, a la novela “La carroza de Bolívar” (2012) que escenificada en Pasto, desarrolla una tragicómica trama, con la que, según el autor, Evelio Rosero Diago, pretende contribuir a desmitificar al héroe. Algo similar intentó Carlos Riverth Insuasty con la majestuosa carroza “El colorado” en 2018. Pero, como ha sido demostrado, la malquerencia a Bolívar no puede sostenerse de forma certera, ni en Marx ni en Sañudo. 

Si bien los “Estudios”, y la forma que narran la vida de Bolívar y las luchas de Independencia, incidieron en la percepción adversa de un sector de la opinión pública pastusa -y pesan aún- sobre esos sucesos y su impronta histórica, no es la corriente predominante en la historiografía de autores nariñenses. Eduardo Zúñiga Erazo (“El realismo pastuso y su aversión a Simón Bolívar”), Edgar y Julián Bastidas Urresty, Vicente Pérez Silva, Jorge Luis Piedrahita, Carlos Bastidas Padilla, entre otros, sin ignorar los excesos y desmanes de que fue víctima el pueblo pastuso, reivindican el legado del Libertador, desde una perspectiva siempre honesta y progresista.  

En ese lugar se colocó el poeta pastuso Alfonso Alexander: 

“Así fue como apareció -Bolívar de América- y así fue como vivió y amó y sufrió, padeciendo muerte infamante también este inconmensurable Centauro; este Creador admirable; este Poeta de la Espada; este predilecto de la Tempestad; este símbolo de la Gloria y la Amargura; este Padre Nuestro hecho en barro y luz y hierro y diamante y bronce y oro y fuego y cenizas y carcajadas y blasfemias y lágrimas. Este -Simón Bolívar- este casi infinito Libertador.”