una dedicatoria que guardo como un tesoro: "¡Guille, una aventura por un continente! Con amor, Piero".
Quimeras
Opiniones personales sobre la vida social
lunes, 12 de octubre de 2026
Para Piero lo que es de Piero
una dedicatoria que guardo como un tesoro: "¡Guille, una aventura por un continente! Con amor, Piero".
miércoles, 24 de diciembre de 2025
Navidad, catolicismo y nueva espiritualidad
La Navidad me gusta, como a muchísima gente, por la tradición familiar, la francachela con los amigos y amigas, la luminosidad y el festejo, la natilla y los buñuelos, los abrazos y regalos, las expresiones de solidaridad, generosidad y afecto, y el pretérito enigmático que la envuelve. No me gusta, como a tanta otra, por la retahíla de la novena, el sonsonete de los villancicos, la rezadera autómata, el festín de los mercachifles, las falsas promesas, las frases hipócritas y el embuste de gozársela como una costumbre idólatra simulando lealtad a una historia fraudulenta inventada y fomentada para mantener fiel al rebaño.
La Natividad, en su contenido
teológico, es una de las tantas invenciones, a través de los siglos, de los
“sumos pontífices”, “santos y santas” y curas y monjas para dar cuerpo
doctrinario a la religión católica. Sin certeza sobre la fecha de nacimiento de
Jesús, para ganarse a los pueblos paganos, adaptaron el 25 de diciembre,
momento del calendario en que por iniciarse el solsticio de invierno en el hemisferio
norte, estos celebraban al Sol victorioso, la fecundidad y la cosecha. Así,
comparte fecha de advenimiento con personajes mitológicos como Apolo en Roma,
Horus en Egipto, Harpócrates en Grecia, Mitra, Manú y Buda en la India,
Huitzilopochtli de los aztecas e Inti de los incas, y una madre virgen que da a
luz en el abrigo de un establo.
Las investigaciones dicen que no
es la única falsedad o treta oportunista que se convertiría en rito. La mayor
parte de los hechos que configuran la Navidad fueron ideados en el siglo IV
d.n.e. a partir de la suma de leyendas. Jesús no nació en Belén, la virgen
María perdió la virginidad y tuvo más prole -afirmación cuya cita le costó la
prohibición de escribir para el público al Padre Alfonso Llano; los tres reyes
no eran reyes, no eran magos, ni eran tres. No hubo día de los inocentes ni
estrella de David. A Melchor lo pintaron de negro en el siglo XVI para atraer a
la gente de esa raza del África mientras los reyes católicos eran bendecidos
por esclavizarla. Los tiernos villancicos surgieron de los no tan tiernos
cantos cortesanos. Francisco de Asís “vistió” por primera vez el pesebre en el
siglo XVII. De Castilla nos viene la religión, el idioma y lo villanos.
El día de las velitas (7 de
diciembre), es la particular celebración colombiana de la proclamación por Pio
IX del dogma de la “inmaculada concepción” -un verdadero milagro porque concibe
sin embarazo dos semanas después- y el inicio de la parranda navideña, que en Cali
y Medellín arranca el primero de diciembre abaleando el cielo, ya se sabe
porque. El fuego y la luz han sido
objeto ritual desde los albores de la humanidad. La novena, que se reza y
festeja en Colombia, la escribió el cura ecuatoriano Francisco Larrea y se le
agregaron los cantos o gozos de María Ignacia, una monja hija de Soledad Acosta
de Samper. El buñuelo y la natilla se impusieron con el tiempo. La pólvora es
un antiquísimo invento chino que por décadas cobró dedos y torturó animales hasta
que la razón ha impuesto su manejo responsable y la tecnología la sustituye,
aunque no pocos atorrantes y la subcultura narco insistan en el alboroto.
En otros tiempos, el “Niño Jesús”
traía los regalos, que aparecían de la nada la madrugada del 25 de diciembre,
tras la bebeta, comilona y bailata del 24, hasta que los niños descubrieron que
los colocaba el papá enguayabado en calzoncillos, antes junto al pesebre,
después al pie del pino lleno de luces, bolas y escarcha, costumbre importada
de Europa. Como el monje turco
disfrazado de rojo en EE.UU. por Coca Cola que vuela en trineo desde los polos arrastrado
por venados para colarse por las chimeneas, desplazando al “divino niño”, a
dejar los regalos impuestos por la industria de la juguetería y el
entretenimiento made in USA. Ahora San Nicolás, Santa Claus o Papá Noel, aparece
también vestido de verde o azul vendiendo celulares. Todas esas vainas llevaron
a García Márquez a hablar de la “Navidad siniestra”.
Como la Nochebuena, la catedral
católica está empedrada en fruslerías, falsedades, crímenes abominables,
pederastia, complicidades, boato, sangre, persecuciones, violencia, guerra,
aberraciones, robos, estafas y terror. Basta leer el ensayo La puta de Babilonia de Fernando Vallejo
o Las mentiras de la iglesia de Pepe
Rodríguez para repasar el horror que ha significado para buena parte de la
humanidad, para asombrarse de tanta mentira. No obstante, cada vez con menos
fuerza, Occidente sigue siendo religioso y mayoritariamente católico. La razón,
como lo sostiene Richard Dawkins, es que la arquitectura del poder
institucional, económico y social tiene esa matriz, y, además, es
ideológicamente funcional al capitalismo. Según el filósofo Michel Onfray, es
un poder construido sobre la represión al placer y el sofisma del libre
albedrío, por lo que aboga por liberar al hombre de esas ataduras que lo
sojuzgan.
No se pueden desconocer los
importantes aportes de las religiones a la preservación de la especie, la
cultura y el arte, la moral y la ética, y, algunas veces, a la cohesión de los
pueblos frente a riesgos catastróficos; tampoco las atrocidades extremistas de
los fundamentalismos, pero la
arqueología, historia, literatura fundacional,
bases conceptuales, preceptos, dogmas, conformación institucional y
formas de imposición y dominación del catolicismo han sido desnudadas,
rebatidas y hasta puestas en ridículo por el propio Dawkins, Cristopher
Hitchens y el científico Stephen Hawking en el debate reciente. Matthew Alper,
en Dios está en el cerebro, califica
la religión, las religiones, como un invento del hombre, un ingrediente
genético evolutivamente incorporado en la mente del ser humano, como antídoto
para enfrentar la siempre atormentante certeza consciente de la muerte, de la
finitud de la existencia y la acechanza permanente de los miedos.
Para Dawkins es un fenómeno
cultural arteramente inoculado y cuyas prácticas y creencias son transportadas
por los siglos a través de una especie de genes ideológicos. Califica al
catolicismo como una de las más absurdas y peores experiencias de la humanidad.
En perspectiva, el teólogo y filósofo valenciano Mariá Carbí, en un aporte erudito
y contundente, define las religiones como un hecho cultural que permitió
programar las sociedades preindustriales pero que ha perdido sentido en la
sociedad del conocimiento, por lo que llama a recoger lo mejor de ellas hacia
una espiritualidad laica. Sin creencias, sin religiones y sin dioses. Punto de
vista que comparto. No puede ser posible que una parte del mundo católico siga condenando
el homosexualismo, el aborto, la eutanasia y el sexo seguro, para agravar la
miseria, la discriminación y la violencia en el mundo, hechos que muestran un
odio atroz del Dios católico contra la especie humana, a la que la institución
mantiene fiel con amenazas apocalípticas, como sostiene Dawkins.
Así las cosas, no deja de ser
contradictorio que quienes abanderan procesos que se reclaman progresistas, ideológicamente sustentados en
el materialismo y por ende proclives al ateísmo, de repente, ante situaciones
personales dramáticas, promuevan rituales e invocaciones de la rancia tradición
católica. Pero es explicable. Es el caso de Latinoamérica y El Caribe, donde
las mayorías -a pesar de la competencia de las iglesias y sectas en boga- profesan
el catolicismo, herencia colonial castellana impuesta a rajatabla y, en buena
parte de nuestra historia, corresponsable, desde el poder, de las injusticias,
la represión, el sojuzgamiento y el atraso de nuestros pueblos. Sin embargo,
millones de personas siguen orando a diario, encomiendan a sus seres queridos a
Dios, van a misa los domingos y comparten rituales que en colectivo son
vivencias de fe y esperanza, así el día a día reniegue con su dureza lo que en
la capilla es una ilusión. No en todos los casos, desde luego. Si el creyente es
“exitoso” más razones tiene para creer. Pregúntenselo a un sicario o un traqueto.
También hay coincidencias entre
los postulados del socialismo con la práctica religiosa comprometida en la
lucha contra la injusticia y por la equidad en una lectura liberadora de los
evangelios, con ejemplos históricos desde las catacumbas romanas hasta las
paupérrimas veredas del Tercer Mundo. Ese encuentro fue el que advirtió Fidel
Castro para matizar la contundente afirmación marxista de que la religión es
“el opio del pueblo” -que lo es como aparato de dominación-, exaltar páginas
memorables de la historia del cristianismo, llevar por buen camino las
relaciones con las iglesias de su país, encomiar las labores de beneficencia de
los laicos y el clero y saludar el compromiso de cientos de creyentes con el
cambio social. Reflexiones y realidades consignadas ampliamente en la larga
entrevista con Gianni Mina, "Fidel y la religión".
En esa corriente militaron Torres,
vida segada por una muerte estúpida; Gaspar García Laviana y Oscar Arnulfo
Romero, asesinados por católicos al servicio de los poderosos, en Nicaragua y El
Salvador; Fernando y Ernesto Cardenal -increpado grotescamente por el Papa Juan
Pablo II, orientado por Joshep Ratzinger, por su papel en la Revolución
Sandinista-; Sergio Méndez Arceo en México, Pedro Casaldáliga en Brasil,Monseñor Leonidas
Proaño en Ecuador y tantos sacerdotes de a pie a lo largo del continente y el
mundo. La Iglesia de los Pobres, de Gerardo Valencia Llano, René García y Golconda; Medellín y Puebla, las
Comunidades Eclesiales de Base y la Teología de la Liberación, teorizada por
Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Paolo Richard, Enrique Dussel, Ignacio
Ellacuria, Fracoise Hutard, Frey Beto e Ignacio Martín Baró y sus compañeros de
luchas (asesinados por militares en El Salvador).
Los aportes cristianos para la liberación
del periodismo concientizador que en
Solidaridad y Utopías hicimos con
la orientación de Héctor Torres. El catolicismo solidario y humanista de Camilo
Torres Restrepo, Francisco De Roux, Mario Peressón, Javier Giraldo, René García,
y los mártires Alcides Jiménez, Héctor Gallego, Bernardo López Arroyave,
Teresita Ramírez, Yolanda Cerón, Sergio Restrepo, Guillermo Céspedes, Nevardo
Fernández, Luz Stella Vargas, Mario Calderón, Elsa Alvarado, el sacerdote de
origen nasa Álvaro Ulcué y Antonio
Hernández Niño, nuestro compañero de Solidaridad,
acribillado de rodillas “por confusión” en la guerra sucia que tantos aún
añoran en lugar de compartir un pan.
Esa savia que alimenta la nueva espiritualidad basada en
principios y valores de amor a la humanidad, defensa irrenunciable de la plena
vigencia de los derechos humanos, respeto absoluto a la diversidad y el
pluralismo, acogimiento a la soberanía, autodeterminación e independencia de los pueblos, búsqueda
permanente de la paz y práctica constante de la solidaridad. Principios
vapuleados por el neoimperialismo y el sionismo en la atormentada y
ensangrentada Gaza, la Palestina que vio nacer al Jesús por estas calendas motivo
de tantos festejos, mientras masacran a su pueblo.
Verdaderos “milagros” se atribuyen a la
conjunción de humanismo, energía y espiritualidad, que la creencia popular
adjudica a manifestaciones divinas, pero que son una demostración del poder del
afecto de los seres que habitamos este punto del universo. Así lo explicó, en
forma sugestiva, ese costeño fascinante que en vida llevó el nombre de Jaime
Bateman Cayón: “Si una persona es absolutamente sentida, constantemente
querida, si en ella se dan cita una cantidad de afectos fuertes, el afecto de
la mamá, de las hermanas, de la amante, de los amigos, esa cadena de afectos lo
defiende de la muerte, del peligro, lo vuelve casi inmortal…Porque el amor es
la certeza de la vida. Es la sensación de la inmortalidad.” Ya es hora de
superar la ilusión de que “Dios es amor” por la vivificante afirmación, el amor
es mi dios.
viernes, 19 de diciembre de 2025
Bolívar descrito con saña
En memoria de Julián Bastidas Urresty
José Rafael Sañudo, nació y murió en Pasto, su ciudad natal (1872-1943). Fue un caballero a la antigua, de finos modales, bien hablado, católico ultramontano, intelectual de quilates, independiente de partido pero de espíritu conservador; labrado en la autoformación en lenguas clásicas, derecho, historia y literatura, lo que le generó gran reconocimiento y aprecio local y del poder central del país, para desempeñar altos cargos judiciales, magisteriales y la primera presidencia de la naciente Academia de la Historia de Nariño, a comienzos del siglo XX. Por su carácter reservado y modesto, rechazó varias distinciones y, en una rectitud encomiable, como abogado, asumía las costas si el error era suyo.
Publicó la primera novela conocida en el actual departamento de Nariño, “La expiación de una madre”, a finales del siglo XIX; elaboró una ambiciosa historia de la ciudad de Pasto, de la que alcanzó a imprimir tres volúmenes, tan detallada y colmada de datos, que fue admirada por intelectuales connotados. También concibió una “Filosofía del Derecho” que, dicen testigos, fue texto en facultades de Argentina y recibió elogios del mismísimo jurista Giorgio Del Vechio, en Roma. En su libro “Otro panamismo”, en forma valiente, condenó los supuestos lesivos arreglos limítrofes con Ecuador, del Ministro de Relaciones Exteriores, Marco Fidel Suárez.
Pero el escrito suyo que desató furias, y algunos aplausos, fue “Estudios sobre la vida de Bolívar” publicado en octubre de 1925, unas décadas después de que Carlos Marx, su antípoda ideológica, también cometiera graves errores de apreciación sobre la acción del Libertador, el “bellaco embaucador”. Un libro hecho con rabia. Con la saña de Sañudo, sinónimo de feroz e iracundo.
“Desde la sangre que corría por sus venas, hasta la misma agonía. Su vida, un tejido de crímenes, en que actuaron la vanidad, la traición, la crueldad, la envidia, la lujuria, el engaño, la soberbia, y cuantas pasiones y vicios hacen de un hombre un ser abominable.”
Otra cosa dice la historia: Simón Bolívar (24.7.1783, Caracas, Venezuela, 17.12.1830, Santa Marta, Colombia) peleó en 447 batallas, siendo derrotado sólo 6 veces. Cabalgó 123 mil km., recorrió 10 veces más que Aníbal, 3 veces más que Napoleón y el doble de Alejandro Magno. Venció al imperio más poderoso de su tiempo, ganando la libertad para cinco naciones, entre ellas Colombia, según resumen de BBC de Londres, año 2000.
La bronca corresponde, en parte, a la indignación, frente a las conminaciones indeseadas, las imposiciones, los insultos, los ataques, los destierros y la violencia ejercida por las tropas patriotas, por más de una década, tratando de atraer a la república a los indómitos y leales monarquistas pastusos. Es el repudio por la “La Navidad Negra” del 24 de diciembre de 1823, cuando el ejército republicano, al mando de Antonio José de Sucre, ebrio por los fragores de la guerra, dio rienda suelta a la ira y la venganza contra la resistencia realista, ocasionando cientos de muertos, violaciones, robos, saqueos y destrucción.
Por supuesto, a Sañudo le era imposible analizar que, si bien el ejército libertador tuvo un rapto de desquicio, ganar a Pasto fue un paso fundamental para liberar al Perú y de esa manera consolidar la Independencia. Bolívar consideraba que el fin de la dominación colonial llegaría con la derrota de ejército realista allá. Pasto, en el trayecto, se opuso a toda conminación y pagó caro el precio de su obstinación.
En lo militar, no le halla mérito alguno. Cuando triunfa, es por disponer de mayor número de tropa y le increpa crueldad por el número de bajas enemigas. Le achaca la “Guerra a muerte”, que alineó a los americanos en la causa ante el horror impuesto por los españoles. Sañudo prefiere decir que la Independencia fue el fruto desafortunado y a destiempo, de los levantamientos liberales en España. En sus escarnios, no le da chance para rebajarlo:
“En el cuerpo de esta historia habrán notado sus cualidades de guerrero, desde luego que en el Pantano de Vargas, si no es por Rondón, se hubiera consumado la derrota de los republicanos; que Boyacá fue un asalto; que en Carabobo tenía una extraordinaria superioridad sobre Latorre; que en Bomboná fue rechazado, y que en Junín fue un encuentro fortuito de caballerías, sin ordenamiento alguno de su parte”.
No advierte las diferencias en el objetivo de la lucha, entre Bolívar y otros líderes rebeldes (Santander, Páez, Flórez), más interesados en conquistar su pedazo que en forjar una Patria Grande. Compara y reduce al Libertador frente a otros, asimilando episodios incomparables, sin contemplar las razones tácticas y estratégicas que lo obligaron a imponerse en contradicciones y desavenencias o arriesgar en la distracción o la felonía. Decisiones que, casi siempre, le dieron la razón. Para Sañudo, Bolívar es impasable:
“Amén de la falacia. No era óbice a sus propósitos el culto de la verdad; porque, ora por su natural hiperbólico, ora por cálculo, mentía desaforadamente. Conté antes, varios casos de falsificación y seria largo relatar todas las mentiras o por lo menos exageraciones, que profería su relato”.
Imposible para un hombre enclaustrado, patriarcal y misógino, entender la vida pasional de Bolívar. La más escandalosa, la más hermosa, la más revolucionaria, la aventura a la que le convidó la quiteña Manuelita Sáenz, quien fue su amante, su confidente, su libertadora. La que le salvó la vida en la conspiración septembrina. La mujer que en armas, en Ayacucho, se ganó el grado de Coronel de los Ejércitos Libertadores de América. Ahí, Sañudo, hombre de su tiempo, de rosarios y reprobaciones:
“Sobre su conducta licenciosa, basta solo referir, para darle una justa reprobación y por ser tan conocido el hecho, que vivía en el Palacio Presidencial de Bogotá, con la adúltera Manuelita Sáenz esposa del inglés Thorne por cuyos sucesos dice Palma, sus generaciones tenían que agachar la cabeza”.
Sañudo escribió sobre Bolívar, desde la visión de un nostálgico de la Colonia, la monarquía y la herencia hispánica; desde la fe de un fundamentalista católico; desde una moral rígida, ascética e intransigente; desde la indignación de un pueblo aferrado a sus creencias y sometido a la fuerza a cambiarlas; desde el dolor de la memoria de la “Navidad sangrienta”; desde la convicción de que cada hecho debe esperar su tiempo; desde “¡La ira que brota naturalmente de la piedad de un hijo, por los insultos a su patria!”, como gritó, citando a Cicerón.
“Y es el caso que los hechos de Bolívar, están contados, casi siempre con fidelidad en las historias de Colombia; pero sin que los historiadores, se hubieran preocupado de compararlos con un criterio moral; de modo que pásmase uno, de que hasta graves crímenes, queden sin sanción, de compararlos con un criterio moral; de modo que, pásmase uno, antes sean asunto de alabanzas y encarecimiento”.
En la introducción a los “Estudios sobre la vida de Bolívar”, Sañudo expone su teoría de la expiación por la que, según la Biblia, debe transitar el hombre el camino de arrepentimiento, que deberán también recorrer los descendientes, hasta la tercera y cuarta generación, para la redención del pecado original. Las sociedades cargan con los errores de sus líderes, como las rebeliones, y los pagan con desastres naturales, sufrimientos y castigos -la guerra, entre ellos, frente a la cual no hay opción porque es designio de la providencia. En la medida en que el hombre y la sociedad logran acercarse a la perfección divina, purificados por el dolor, avanzan en la senda del progreso.
Detestaba a Bolívar por irreligioso y perjuro, motivos insuperables de antipatía para un fanático moralista como él. Preso de sus supercherías, vio en el terremoto de 1812 en Venezuela el látigo del “creador” por la desobediencia al orden monárquico, “las provincias rebeldes fueron las que padecieron más, y se libraron de sus estragos las realistas”. Por el contrario, Bolívar aceptó el reto a la condición humana: “¡Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca!”.
No obstante, lo que por los antecedente se pudiera creer, la primera publicación de los “Estudios” tuvo una recepción negativa en los medios intelectuales y académicos de Pasto, con la solidaria excepción de algunos intelectuales. La Academia Colombiana de Historia lo reprobó y la Sociedad Bolivariana, sobre la base de criterios mezquinos, cometió el desatino de aprobar una proposición que declaraba a Sañudo “Hijo indigno de Colombia”, descalificación que rezumaba sectarismo y discriminación.
La publicación de los “Estudios” y las posiciones expresadas por Sañudo en columnas de prensa, desataron una intensa polémica con Sergio Elías Ortiz, reconocido historiador, etnólogo y lingüista pastuso, miembro de la Academia Colombiana de Historia y autor de importantes obras, entre las cuales, la precursora “Agustín Agualongo y su tiempo”, incidida por sus afectos terruños pero leal a los hechos. La controversia bolivarismo y antibolivarismo, fue desplegada a través de la revista “Ilustración Nariñense”, entre 1925 y 1928. Fue publicada en 1999, con el título “Dos visiones sobre la vida de Bolívar”, por el humanista Edgar Bastidas Urresty.
La vida de Sañudo, entrañablemente ligada a su ciudad natal y admirada con veneración por ella; dedicada al estudio serio y profundo y a contribuir al conocimiento de su “patria chica” y los sucesos de la nación, con independencia de su credo y óptica, era y es digna de reconocimiento y exaltación, no obstante que con Bolívar no se comportó, ni como historiador ni como polemista, con sano criterio. Se fajó como vengador equivocado y obsesionado.
Honrar su calidad intelectual y ciudadana fue el loable propósito del abogado e historiador, Vicente Pérez Silva, también nariñense, con una disertación sobre “La vida y obra de José Rafael Sañudo”, en el centenario de su nacimiento, en 1972, en la Academia Colombiana de la Historia. En un nuevo hecho inaudito, le fue impedido, lo que llevó al autor a renunciar al honor de ser miembro de la institución, decisión respaldada por prestigiosos intelectuales, ante una burda censura.
El libro de Sañudo y el artículo despreciativo de Marx sobre El Libertador sirvieron de sustento, in extenso, a la novela “La carroza de Bolívar” (2012) que escenificada en Pasto, desarrolla una tragicómica trama, con la que, según el autor, Evelio Rosero Diago, pretende contribuir a desmitificar al héroe. Algo similar intentó Carlos Riverth Insuasty con la majestuosa carroza “El colorado” en 2018. Pero, como ha sido demostrado, la malquerencia a Bolívar no puede sostenerse de forma certera, ni en Marx ni en Sañudo.
Si bien los “Estudios”, y la forma que narran la vida de Bolívar y las luchas de Independencia, incidieron en la percepción adversa de un sector de la opinión pública pastusa -y pesan aún- sobre esos sucesos y su impronta histórica, no es la corriente predominante en la historiografía de autores nariñenses. Eduardo Zúñiga Erazo (“El realismo pastuso y su aversión a Simón Bolívar”), Edgar y Julián Bastidas Urresty, Vicente Pérez Silva, Jorge Luis Piedrahita, Carlos Bastidas Padilla, entre otros, sin ignorar los excesos y desmanes de que fue víctima el pueblo pastuso, reivindican el legado del Libertador, desde una perspectiva siempre honesta y progresista.
En ese lugar se colocó el poeta pastuso Alfonso Alexander:
“Así fue como apareció -Bolívar de América- y así fue como vivió y amó y sufrió, padeciendo muerte infamante también este inconmensurable Centauro; este Creador admirable; este Poeta de la Espada; este predilecto de la Tempestad; este símbolo de la Gloria y la Amargura; este Padre Nuestro hecho en barro y luz y hierro y diamante y bronce y oro y fuego y cenizas y carcajadas y blasfemias y lágrimas. Este -Simón Bolívar- este casi infinito Libertador.”
jueves, 4 de septiembre de 2025
La Carta de Jamaica y los sueños de la patria grande
En 1815,en momentos críticos para el proceso independentista de las colonias de la monarquía española en América, ante la derrota de la Segunda República en Venezuela, la restauración de Fernando VII en el trono con el respaldo de la Santa Alianza -tras el revés de Napoleón Bonaparte en Waterloo-, y la invasión de tropas realistas al mando de Pablo Morillo a Venezuela y Nueva Granada, Simón Bolívar llega a Cartagena para sumarse a la resistencia patriota, pero las rencillas internas y el rechazo de algunos dirigentes locales lo obligan a instalarse en Jamaica para gestionar apoyos a la causa, con mala fortuna. Después siguió a Haití y allí le dio la mano el rebelde gobernante negro Alexander Petión, triunfante contra el ejército colonial de Napoleón, el imperio del momento.
En Jamaica, Bolívar padeció grandes dificultades económicas para un hombre de origen mantuano -los ricos en la Venezuela de entonces- como no tener con qué pagar la pensión donde se hospedaba. Angustias que comunicaba urgido a su amigo y mecenas Maxwell Hyslop. También enfrentó las acechanzas de los sicarios pagados por sus perseguidores españoles, de uno de cuyos intentos, a manos de un dependiente suyo sobornado, logró salvarse al abandonar el lugar de residencia para disfrutar de la compañía de su amiga Julia Corbier, en otro lecho. Su amigo Félix Amestoy, vencido por el sueño y para guarecerse de la lluvia, ocupó la hamaca del huésped y fue asesinado a puñaladas.
Dictada por Bolívar a su escribiente, el coronel Pedro Briceño Méndez, la sesuda y anticipatoria epístola, contentiva de un extraordinario análisis de la coyuntura mundial y continental, las razones y condiciones para la independencia ante el sojuzgamiento por España y las posibilidades de un futuro promisorio con la unidad de Nuestra América, fue culminada y suscrita por el Libertador en Kingston, el 6 de Septiembre de 1815, y prontamente traducida al inglés por el voluntario canadiense Jhon Roberston. La primera copia en ese idioma, fue impresa en 1818 por la "Jamaican Quaterly and Literary Gazzette" y se encuentra, por cosas del destino, en el Archivo Nacional de Colombia.
domingo, 8 de diciembre de 2024
En Ayacucho se rubricó la epopeya bolivariana
Batalla de Ayacucho, oleo de Martín Tovar y Tovar
Se cumplen 200 años de la batalla que puso fin al imperio colonial español en el sur de América
Con la invasión de los ejércitos del emperador francés Napoleón a la península ibérica y la imposición de su hermano como rey de España, en 1808, se desata la crisis de la monarquía y en las colonias americanas, fluctuantes entre el corsario, la fidelidad al rey o la independencia definitiva.
En 1812, las fuerzas de la resistencia aprueban en Cádiz una Constitución liberal que reconsidera la relación con las colonias americanas. En 1816, Fernando VII recupera el trono y con el “régimen el terror” de Pablo Morillo y otros de sus mandos, pone fin al interregno republicano al otro lado del Atlántico.
Apenas tres años después, 1819, el
ejército criollo, liderado por Simón Bolívar, logra, en el Puente de Boyacá, la
independencia de la Nueva Granada. En Carabobo, proclama la libertad de
Venezuela, e inicia el avance hacia Quito y el Perú para terminar
definitivamente con el imperio español, tras tres siglos de exacción colonial. Por el sur, José de San Martín consolida la
liberación de Argentina y Chile, y converge en la necesidad de sellar la gesta continental.
El levantamiento popular de 1820,
liderado por el general Rafael del Riego, a favor de la Constitución liberal de
1812, saca del poder de nuevo al rey Fernando VII y se niega al envío de soldados
a América para sostener el orden monárquico. Sin embargo, en 1823, la invasión
de “Los Cien Mil Hijos de San Luis”, acción contrarrevolucionaria de la
denominada “Santa Alianza”, pone fin al régimen constitucional revolucionario y
al Trienio Liberal, dando paso a la segunda restauración absolutista en España.
Como consecuencia de estos cambios, el virrey del Perú, José de la Serna, tuvo que hacer frente a la insurgencia independentista con precarios refuerzos y con su propia iniciativa.
Las huestes españolas se dividieron entre los partidarios del régimen liberal, actuantes desde Lima, y los obstinados seguidores de la monarquía que, comandados por Olañeta, se hicieron fuertes en el Alto Perú, obrando con deslealtad frente a ambos bandos.
La restauración del monarca y los importantes refuerzos
enviados para evitar la catástrofe, poco pudieron hacer, tras más de una década
de guerra desoladora.
Llegan San Martín y Bolívar
En septiembre de 1820, las luchas emancipadoras de los peruanos son reforzadas con el desembarco en el puerto del Callao de la expedición libertadora, comandada desde el sur del continente por el General José de San Martín, que en junio de 1821 toma a Lima y declara la Independencia formal, dado que medio país seguía en manos de los realistas.
Entre tanto, Simón Bolívar avanza por el sur
de la Nueva Granada extirpando reductos realistas.
Con la capitulación de las tropas
monarquistas, posterior a la Batalla de Bomboná, en mayo de 1822 - coadyuvada
por la victoria del General Sucre en Pichincha con apoyo de fuerzas enviadas
por San Martín- Bolívar logra dominar la resistencia de los pastusos, obstáculo
crucial y obstinado, en el objetivo de llevar la guerra de liberación hacia el
Perú, principal bastión de la presencia española.
Entre el 26 y 27 de julio,
Bolívar y San Martín se reúnen en Guayaquil para determinar la conducción y el
curso de la campaña libertadora del Perú, pero desavenencias en esos temas y en
torno a la pertenencia territorial del puerto, así como el cansancio y la enfermedad,
llevan a San Martín al retiro, quedando la continuidad del proceso
independentista bajo la dirección estratégica de Simón Bolívar.
El Congreso Constituyente del
Perú designa una Junta de Gobierno presidida por el General José de La Mar,
quien se propone liberar territorios en poder de los realistas en el centro y
sur del país, siguiendo la estrategia sanmartiniana de ganar a los españoles
los puertos para, por vía marítima, transportar tropas que permitieran derrotar
las huestes del virrey La Serna. Tras sucesivas victorias sobre el ejército
patriota, el General realista Canterac retoma Lima, a mediados de 1823.
El fracaso de la estrategia, llevó
a que los principales jefes militares independentistas impusieran al Congreso la
elección del coronel de milicias José de la Riva Agüero como jefe de gobierno,
quien a través de misivas solicita apoyo a Simón Bolívar e insiste en ganar puertos
intermedios, sin éxito. Más tarde sería acusado de traidor y condenado a
muerte. En lo sucesivo las desavenencias entre peruanos serían dramáticas para
la causa y la posteridad.
El Congreso peruano exalta
entones a Bolívar como Libertador y suprema autoridad militar y administrativa
con poderes dictatoriales. En tal condición, llega al Callao el primero de
setiembre de 1823, impone contribuciones forzosas, adquiere préstamos, prioriza
gastos para financiar al Ejército libertador e inicia un plan de
desplazamientos hacia el norte del Perú, con el fin de reclutar combatientes y consolidar
su tropa.
El 5 de febrero de 1824, la sublevación traidora de los argentinos del Regimiento del Río de la Plata, posibilita que un arsenal que los patriotas habían reunido en una de las fortalezas del Callao sea tomado por los realistas que así recuperaran el puerto.
En marzo,
Bolívar establece su cuartel general en Trujillo y centra el manejo político en
José Faustino Sánchez Carrión, quien instituyó el “estado de guerra” en todo el
país lo que le permite recabar, sin contemplaciones, los recursos y
contingentes necesarios para la guerra.
El 6 de agosto de 1824, el Ejército Unido Libertador, dirigido por Bolívar, derrota a los españoles, conducidos por el General Canterac, en Junín, luego de lo cual ordena a Antonio José de Sucre asumir el mando y conservar el territorio conquistado, obligado por la conminación absurda del Congreso grancolombiano de no inmiscuirse en asuntos militares siendo presidente del país.
Si bien el vicepresidente grancolombiano Santander
colaboró con la gesta bolivariana en las fronteras del sur, siempre fue a ruego
y con cicatería. Era claro que no le interesaba ver más allá de su comarca.
Bolívar se instaló en Lima para resolver asuntos políticos y de gobierno. Desde la casona La Magdalena, en las afueras limeñas, dio rienda suelta a su apasionado y escandaloso romance con la ecuatoriana Manuelita Saenz, una de las relaciones más apasionantes, libérrimas y poderosas en la historia sentimental de Nuestra América.
A ella, San Martín le rindió honores y fue ascendida por Sucre a coronela en Ayacucho, título del que la quiso despojar Santander, por lo que recibió contundente respuesta de Bolívar: ¡Si puede, quíteselo!
Canterac, tras la derrota de Junín, inicia la retirada hacia Cusco, hostigado sin descanso por las avanzadas patriotas, lo que llevó a los realistas a desplazarse hacia el norte, casi de manera paralela a la tropa comandada por el venezolano Antonio José de Sucre, parte de la estrategia de Bolívar de sacarlos de Lima y el puerto, destruyendo a su paso cultivos y bienes, una táctica de “tierra arrasada” para cortar suministros a los realistas, que, si bien exitosa, causó hambre y sufrimientos en pueblos dispuestos al sacrificio por la libertad.
Los dos ejércitos iban al Alto Perú
pues el dominio de este territorio implicaba el control de las minas de Potosí,
riqueza definitiva para el decurso de la guerra y lo que determinara su
definición.
Luego de varias semanas de
escaramuzas, al amanecer del 9 de diciembre de 1824, el ejército patriota se
encontraba en la llanura de Ayacucho (“rincón de los muertos”, en quechua),
mientras que la tropa realista ocupaba las alturas del cerro Condorcunca, desde
donde esperaba una victoria con ventaja.
Los realistas contaban con más de 9 mil efectivos, al mando del virrey La Serna, caso excepcional, con los generales Valdez y Canterac como jefes. La mayoría de sus miembros eran peruanos, en gran número reclutados forzosamente, más unas centenas de veteranos llegados años antes de España.
La Serna organizó su
tropa: la división del General Valdés a la derecha del cerro; la división del
General Monet al centro y la división del General Villalobos a la izquierda,
además de sus 14 cañones.
El Ejército Unido Libertador del
Perú, dirigido por el general Antonio José de Sucre, con el general Agustín
Gamarra como Jefe de Estado Mayor, estaba compuesto por 6 mil combatientes venezolanos,
colombianos y ecuatorianos, en su mayoría, y una cuarta parte peruanos
comandados por argentinos. También participaron legionarios extranjeros. Los
dos ejércitos estaban apoyados por guerrillas y montoneras indígenas y
campesinas.
Sucre formó sus hombres en dos
líneas: en la primera, a la izquierda, estaba ubicada la división peruana al
mando del General de La Mar y una pieza de artillería, frente a la de Valdés;
al centro, la división del General Lara; a la derecha, la Primera División
colombiana a órdenes del General Córdova, frente a la de Villalobos; en la retaguardia,
la caballería colombiana comandada por el General William Miller. La Reserva la
formaba la Segunda División colombiana, al mando de Jacinto Lara, y el
Regimiento de Húsares de Junín.
Antes de empezar la contienda, en
un cruel protocolo de guerra, los mandos de realistas y patriotas permitieron
que familiares y amigos ubicados en la contraparte se despidieran
preventivamente. Razón por la cual, cerca de 50 parejas se encontraron al
frente para darse lo que podría ser un último abrazo y llorar la desgracia de
una confrontación de tropas compuestas por hermanos nativos.
"¡Soldados! de los esfuerzos
de hoy pende la suerte de América del Sur... Otro día de gloria va a coronar
vuestra admirable constancia", exclamó Sucre a sus hombres antes de romper
lanzas y fuegos.
A las nueve de la mañana, siguiendo
instrucciones del virrey, las tres divisiones realistas lanzan un fuerte ataque
contra la tropa patriota mientras los artilleros desde las faldas del cerro
arman los cañones. El coronel realista Rubín de Celis se precipita atacando a
bayonetazos las huestes de Córdova, que contuvieron el ataque y lo dieron de
baja diezmando la fuerza enemiga.
Sucre ordenó a Córdova atacar, apoyado por la caballería de Miller. El joven antioqueño, animado por las notas marciales de La Guaneña, interpretada por una banda de guerra conformada por pastusos - según relata Pilar Moreno de Ángel, basada en el testimonio del Coronel Manuel Antonio López- entró en combate.
Al grito, "¡Soldados! ¡Armas a discreción! ¡Paso de
vencedores!", su gente arremetió con furor, maniobra que provocó el
desconcierto del batallón de Villalobos y la desbandada de los realistas,
arrebatándoles siete cañones.
Por su parte, La Mar contuvo la ofensiva de Valdés mientras el ataque por el centro dirigido por Monet fue repelido y su división dispersada por la caballería patriota al mando de Miller y Lara.
El
virrey La Serna fue herido y apresado. La más sangrienta batalla en la guerra
de liberación de Suramérica terminó hacia una de la tarde con la victoria
patriota y el fin de la dominación colonial, no obstante la persistencia de
algunos focos de resistencia, en distintos lugares, por unos años más.
Al mando de las fuerzas
realistas, el general Canterac pidió suspender el enfrentamiento, negoció y
firmó ante Sucre la Capitulación de Ayacucho, donde acordaron que quedaban
prisioneros de guerra los generales La Serna, Canterac, Valdez, Carratalá,
Monet, Villalobos, 16 coroneles, 68 tenientes coroneles, 484 oficiales y 3, 200
soldados, cabos y sargentos. Cerca de mil quinientos soldados realistas cayeron
lanceados o abaleados y el resto del otrora poderoso ejército español había huido.
Como parte del acuerdo, varios mandos españoles regresaron a su país costeados por el erario peruano, al renunciar a ocupar el mismo rango en las tropas patriotas. Allá, con rabia y desprecio por la derrota, los llamaron “los ayacuchos”. Acá, Bolívar convocó a los pueblos de la Nuestra América a la unidad en el Congreso Anfictiónico de Panamá, saboteado por Santander, gobiernos lacayos y el naciente rumbo imperialista de los Estados Unidos.
Del épico episodio que puso fin
al coloniaje en estos predios, Bolívar dijo, “La batalla de Ayacucho es la
cumbre de la gloria americana y la obra del General Sucre. La disposición de
ella ha sido perfecta y su ejecución divina. Maniobras hábiles y prontas
desbarataron en una hora a los vencedores de catorce años y a un enemigo
perfectamente constituido y hábilmente mandado. Ayacucho es la desesperación de
nuestros enemigos y la envidia de los americanos. Ayacucho, semejante a
Waterloo, que decidió el destino de la Europa, ha fijado la suerte de las
naciones americanas”.




