lunes, 12 de octubre de 2026

Para Piero lo que es de Piero



 

Mis recuerdos de Piero se remontan a finales de los años sesenta, cuando aquel italo-argen-colombiano humedeció los ojos de millones de familias latinoamericanas con un retrato tan nostálgico como agradecido: “Es un buen tipo mi viejo, que anda solo y esperando. Tiene la tristeza larga, de tanto venir andando”. Desde ese momento, aquel flaco melenudo y de gafas, con la guitarra colgada al hombro y calzando unos tenis gigantes, se coló no solo en nuestros corazones, sino en el epicentro de nuestros estallidos sociales.
En 1970 —si la memoria no me traiciona—, durante su debut en Colombia, los servicios de seguridad lo sacaron a las carreras. ¿Su pecado? Haberse trepado a una tarima junto a María Eugenia Rojas, la hija del general Rojas Pinilla, en una manifestación de apoyo a la ANAPO que desafiaba la excluyente alianza del Frente Nacional. Rojas era el eco de ese populismo que en Argentina representaba Juan Domingo Perón en su ala izquierda, una corriente con la que simpatizaba el entrañable "Tano".
Años después, la muchachada ansiosa quería llevarlo a la Universidad Nacional para corear a todo pulmón sus himnos irreverentes: “Y todos los días los diarios publicaban porquerías”, “Ellos nacen ancianos y van enniñeciendo... los americanos”, “Pasa un agente de policía gritando: ¡mijito, no hay más plusvalía!” o “Pedro venía con la mañana a cuestas buscando a la Juana para la siesta”. Sin embargo, una policía nerviosa, cumpliendo órdenes superiores, se lo impidió. El concierto tuvo que mudarse al potrero que entonces era El Salitre, desatando una monumental trifulca a lo largo de la Avenida Eldorado. Lo mismo ocurrió en los predios de la Universidad de Antioquia. La consigna oficial parecía ser una sola: ¡Piero para afuera!
En el 75, la disquera CBS lanzó en Colombia un álbum que reunía los éxitos románticos de Piero y Leonardo Favio. Ellos, junto a Leo Dan, Sandro, Palito Ortega o Los Ángeles Negros, encendían pasiones con melodías "cortavenas". De Favio sonaban Fuiste mía un verano o Ella ya me olvidó. Del Tano escuchábamos Tomamos un café o Las cosas que pasan. Era música para poner el vinilo en el tocadiscos y apurar un trago de vino o de aguardiente. Pero, en contraste, en cada mitin político que se armaba, lo que retumbaba eran sus canciones de lucha: Que se vayan ellos, Coplas de mi país y Para el pueblo lo que es del pueblo.
Por aquellos días, Pinochet y la CIA habían ensangrentado el proyecto socialista de Salvador Allende en Chile. Media Latinoamérica padecía los horrores del "Plan Cóndor", una estrategia ejecutada con saña por militares al servicio de las élites que sembraba la miseria en los hogares de obreros, estudiantes y campesinos. Resistiendo la represión y burlando un exilio inmimente, Piero viró hacia el folclor (Luna tucumana, Merceditas, El humahuaqueño) y, en un giro sorprendente, se fajó un álbum de música infantil con letras de un sacerdote amigo: Sinfonía inconclusa en el mar. Fue un éxito rotundo que le permitió cantar sin zozobras en varios países de Nuestra América, sin dejar de colar sus mensajes de protesta y conciencia social.
Poco a poco, entre conciertos y complicidades, Piero de Benedictis se arraigó en Colombia. Sumó su entusiasmo a los esfuerzos de paz del gobierno de Belisario Betancur, una ilusión que terminó en un doloroso fracaso. En noviembre de 1985, la Plaza de Bolívar, donde utópicamente se habían pintado palomas de la paz, se convirtió en el escenario de la brutal toma y retoma del Palacio de Justicia. Para colmo de males, días después el lodo sepultó a Armero y, en diciembre, la demencia de las armas masacró a más de un centenar de indígenas en Tacueyó, Cauca.
En medio de semejante tempestad vio la luz su álbum Qué país este, mi hermano (que muchos recuerdan por el impacto de su época). El disco incluía la sátira mordaz de Milonga de lo peor y el desgarrador tema Por ti Colombia: “Qué país de veloriantes locos. Rara forma de vivir la vida... Colombia, vos tenés que renacer. ¡América también!”. En esa misma línea de amor por el Caribe, se consolidó la complicidad con el Cuarteto Imperial al ritmo de El regalao —una fascinación tropical que también compartieron Leonardo Favio al versionar Las Lavanderas y La Zenaida, y Leo Dan al cantarle a Escalona—.
Desde entonces, el compromiso de Piero con las causas sociales y la paz del país fue inquebrantable. Se convirtió en una figura clave del Movimiento por la Vida, impulsado por Ana Teresa Bernal, justo cuando el paramilitarismo celebraba su orgía de sangre. Canalizó su labor ecológica y solidaria a través de la Fundación Buenas Ondas, hasta que la mezquindad humana le plantó un enredo judicial del que casi no sale librado. Judas hay en todas partes. Aun así, no se detuvo. Se movilizó por Urabá, Nariño, el Meta y el Guaviare para acompañar a las víctimas. Animó la cruzada por los acuerdos de paz con las FARC en el gobierno de Santos y, ya con la nacionalidad colombiana otorgada formalmente en los años noventa, votó "Sí" en aquel plebiscito de 2016 que perdimos de forma inaudita.
En 2017, la editorial Ediciones B publicó Piero, mi querido Piero, una biografía detallada y afectuosa escrita por Maureén Maya. Allí se revela todo sobre El Tano: su infancia y juventud de vocación sacerdotal, sus amores, sus destierros, su espiritualidad y sus entrañables amistades con Mercedes Sosa, Pablo Milanés, Caetano Veloso o el general Torrijos. También se narra su amistad con Daniel Samper Pizano, con quien negoció en España un lote con un molino abandonado para acampar en el exilio. El libro contenía, de ñapa, América, un trabajo conciso y madurado en letras y melodías en el que ofreció un homenaje a Oswaldo Guayasamín, quien en cosa de horas plasmó su retrato en acrílico.
También se constata una anécdota que hace años circula entre izquierdistas y salseros. A finales de los ochenta, un tímido Piero se acerca, en su casa en Panamá, a Rubén Blades —quien ya hacía nombre como uno de los más importantes cantautores de Latinoamérica en clave de Caribe y Nueva York— para ofrecerle la letra de Pedro Nadie. Rubén, que grabaría y haría un éxito de Pablo Pueblo, se negó a registrarlo con una contundente razón:
—Grábalo tú. Así seremos dos enviando el mensaje.
Palabras sabias.
Durante años quise conocer a Piero personalmente. Lo vi en teatros y escuché sus canciones en mi adolescencia hasta el amanecer, pero conservaba la ilusión de darle un abrazo que la vida nos había negado. Curiosamente, el encuentro no ocurrió en Colombia. Sucedió en diciembre de 2006 en La Habana, durante los emotivos homenajes organizados por la Fundación Guayasamín. Pablo Milanés abrió la noche con su Canción para la Unidad Latinoamericana, seguido por Silvio Rodríguez con El necio y Ojalá. El cartel era histórico: Illapu, Los Van Van y tantas otras voces emblemáticas de la patria grande.
En la zona de invitados yo compartía mesa con el combativo periodista argentino "Coco" López. Conociendo la mística de las noches habaneras, Coco me advirtió que la velada se extendería hasta el amanecer y que pronto sería el turno de Piero. Nos colamos tras el escenario. Allí estaba el Tano, visiblemente nervioso. Coco nos presentó y yo, emocionado, le expresé mi admiración de tantos años. Nos asomamos juntos a contemplar la marea humana que llenaba el lugar.
—Fuerte esto —me dijo, conmovido.
—¿No habías estado antes aquí? —le pregunté.
—No me lo vas a creer, pero nunca en un escenario así —confesó, justo antes de salir a escena.
Arrancó con Los americanos y siguió con Mi viejo. El coro fue atronador, un eco nostálgico que flotaba sobre el mar de La Habana. La multitud coreó cada estrofa y estalló cuando, en sus versos sobre la identidad de nuestro suelo, se escuchó el estribillo: “Latinoamérica unida tiene fuerza natural... Y la esperanza es nuestra ya, y se viene a quedar”. Al bajarse de la tarima, el Coco me tomó del brazo:
—Esto va para largo. ¡A descansar!
Horas después, tras un breve sueño, me atrajo una animada conversación en un rincón del Hotel Nacional. Allí encontré, trasnochados y alegres, a Piero junto a los chilenos de Illapu. Roberto Márquez, líder del grupo, le reclamaba indignado a un camarero que pretendía cobrarle de más en la cuenta del minibar:
—¡En Cuba, hermano! —gritaba con incredulidad.
El transporte hacia el aeropuerto José Martí ya nos afanaba, así que nos fundimos en unos abrazos de despedida entrañables. Nos dijimos adiós en medio de la mañana, conscientes de haber compartido un instante con los hombres que musicalizaron la historia viva, fulgurante y dramática de nuestra América Latina: Piero, los de Illapu, “Pancho Villa” de Chile, las memorias de César Isella… y Cabas.
Pasaron unos tres años antes de que el destino nos volviera a cruzar. Yobani Montilla, director de educación de la cooperativa de docentes Canapro, me tentó con una invitación irresistible: ver desde la platea a Piero, a quien había contratado para una celebración de Amor y Amistad con los maestros y maestras. 
Allí estaba yo de nuevo, esta vez en el camerino, donde el Tano descansaba acompañado por Maureén Maya, su biógrafa y amiga —quien ha escrito libros valientes e imprescindibles como La vida de la oligarca rebelde, el proceso por el asesinato de Manuel Cepeda Vargas y, en coautoría, crónicas e investigaciones sobre los derechos humanos en el país—.
Mientras intentaba evocar en su memoria los pormenores de aquella mítica noche en La Habana, una sonrisa de nostalgia cruzó su rostro.
—Estuvo fuerte aquello —repitió con suavidad.
Mientras hablábamos, tomó un bolígrafo y firmó la fotografía que le extendí, el testimonio físico de nuestro fugaz encuentro cubano, escribiendo sobre ella un simple pero poderoso: "Por la paz". Luego, abrió la primera página en blanco del libro Piero, mi querido Piero, y con letra firme, selló para siempre aquel abrazo postergado con una dedicatoria que guardo como un tesoro: "¡Guille, una aventura por un continente! Con amor, Piero".



miércoles, 24 de diciembre de 2025

Navidad, catolicismo y nueva espiritualidad



La Navidad me gusta, como a muchísima gente, por la tradición familiar, la francachela con los amigos y amigas, la luminosidad y el festejo, la natilla y los buñuelos, los abrazos y regalos, las expresiones de solidaridad, generosidad y afecto, y el pretérito enigmático que la envuelve. No me gusta, como a tanta otra, por la retahíla de la novena, el sonsonete de los villancicos, la rezadera autómata, el festín de los mercachifles, las falsas promesas, las frases hipócritas y el embuste de gozársela como una costumbre idólatra simulando lealtad a una  historia fraudulenta inventada y fomentada para mantener fiel al rebaño.

La Natividad, en su contenido teológico, es una de las tantas invenciones, a través de los siglos, de los “sumos pontífices”, “santos y santas” y curas y monjas para dar cuerpo doctrinario a la religión católica. Sin certeza sobre la fecha de nacimiento de Jesús, para ganarse a los pueblos paganos, adaptaron el 25 de diciembre, momento del calendario en que por iniciarse el solsticio de invierno en el hemisferio norte, estos celebraban al Sol victorioso, la fecundidad y la cosecha. Así, comparte fecha de advenimiento con personajes mitológicos como Apolo en Roma, Horus en Egipto, Harpócrates en Grecia, Mitra, Manú y Buda en la India, Huitzilopochtli de los aztecas e Inti de los incas, y una madre virgen que da a luz en el abrigo de un establo.

Las investigaciones dicen que no es la única falsedad o treta oportunista que se convertiría en rito. La mayor parte de los hechos que configuran la Navidad fueron ideados en el siglo IV d.n.e. a partir de la suma de leyendas. Jesús no nació en Belén, la virgen María perdió la virginidad y tuvo más prole -afirmación cuya cita le costó la prohibición de escribir para el público al Padre Alfonso Llano; los tres reyes no eran reyes, no eran magos, ni eran tres. No hubo día de los inocentes ni estrella de David. A Melchor lo pintaron de negro en el siglo XVI para atraer a la gente de esa raza del África mientras los reyes católicos eran bendecidos por esclavizarla. Los tiernos villancicos surgieron de los no tan tiernos cantos cortesanos. Francisco de Asís “vistió” por primera vez el pesebre en el siglo XVII. De Castilla nos viene la religión, el idioma y lo villanos.

El día de las velitas (7 de diciembre), es la particular celebración colombiana de la proclamación por Pio IX del dogma de la “inmaculada concepción” -un verdadero milagro porque concibe sin embarazo dos semanas después- y el inicio de la parranda navideña, que en Cali y Medellín arranca el primero de diciembre abaleando el cielo, ya se sabe porque.  El fuego y la luz han sido objeto ritual desde los albores de la humanidad. La novena, que se reza y festeja en Colombia, la escribió el cura ecuatoriano Francisco Larrea y se le agregaron los cantos o gozos de María Ignacia, una monja hija de Soledad Acosta de Samper. El buñuelo y la natilla se impusieron con el tiempo. La pólvora es un antiquísimo invento chino que por décadas cobró dedos y torturó animales hasta que la razón ha impuesto su manejo responsable y la tecnología la sustituye, aunque no pocos atorrantes y la subcultura narco insistan en el alboroto.

En otros tiempos, el “Niño Jesús” traía los regalos, que aparecían de la nada la madrugada del 25 de diciembre, tras la bebeta, comilona y bailata del 24, hasta que los niños descubrieron que los colocaba el papá enguayabado en calzoncillos, antes junto al pesebre, después al pie del pino lleno de luces, bolas y escarcha, costumbre importada de Europa.  Como el monje turco disfrazado de rojo en EE.UU. por Coca Cola que vuela en trineo desde los polos arrastrado por venados para colarse por las chimeneas, desplazando al “divino niño”, a dejar los regalos impuestos por la industria de la juguetería y el entretenimiento made in USA. Ahora San Nicolás, Santa Claus o Papá Noel, aparece también vestido de verde o azul vendiendo celulares. Todas esas vainas llevaron a García Márquez a hablar de la “Navidad siniestra”.

Como la Nochebuena, la catedral católica está empedrada en fruslerías, falsedades, crímenes abominables, pederastia, complicidades, boato, sangre, persecuciones, violencia, guerra, aberraciones, robos, estafas y terror. Basta leer el ensayo La puta de Babilonia de Fernando Vallejo o Las mentiras de la iglesia de Pepe Rodríguez para repasar el horror que ha significado para buena parte de la humanidad, para asombrarse de tanta mentira. No obstante, cada vez con menos fuerza, Occidente sigue siendo religioso y mayoritariamente católico. La razón, como lo sostiene Richard Dawkins, es que la arquitectura del poder institucional, económico y social tiene esa matriz, y, además, es ideológicamente funcional al capitalismo. Según el filósofo Michel Onfray, es un poder construido sobre la represión al placer y el sofisma del libre albedrío, por lo que aboga por liberar al hombre de esas ataduras que lo sojuzgan. 

No se pueden desconocer los importantes aportes de las religiones a la preservación de la especie, la cultura y el arte, la moral y la ética, y, algunas veces, a la cohesión de los pueblos frente a riesgos catastróficos; tampoco las atrocidades extremistas de los fundamentalismos, pero  la arqueología, historia, literatura fundacional,  bases conceptuales, preceptos, dogmas, conformación institucional y formas de imposición y dominación del catolicismo han sido desnudadas, rebatidas y hasta puestas en ridículo por el propio Dawkins, Cristopher Hitchens y el científico Stephen Hawking en el debate reciente. Matthew Alper, en Dios está en el cerebro, califica la religión, las religiones, como un invento del hombre, un ingrediente genético evolutivamente incorporado en la mente del ser humano, como antídoto para enfrentar la siempre atormentante certeza consciente de la muerte, de la finitud de la existencia y la acechanza permanente de los miedos.

Para Dawkins es un fenómeno cultural arteramente inoculado y cuyas prácticas y creencias son transportadas por los siglos a través de una especie de genes ideológicos. Califica al catolicismo como una de las más absurdas y peores experiencias de la humanidad. En perspectiva, el teólogo y filósofo valenciano Mariá Carbí, en un aporte erudito y contundente, define las religiones como un hecho cultural que permitió programar las sociedades preindustriales pero que ha perdido sentido en la sociedad del conocimiento, por lo que llama a recoger lo mejor de ellas hacia una espiritualidad laica. Sin creencias, sin religiones y sin dioses. Punto de vista que comparto. No puede ser posible que una parte del mundo católico siga condenando el homosexualismo, el aborto, la eutanasia y el sexo seguro, para agravar la miseria, la discriminación y la violencia en el mundo, hechos que muestran un odio atroz del Dios católico contra la especie humana, a la que la institución mantiene fiel con amenazas apocalípticas, como sostiene Dawkins.

Así las cosas, no deja de ser contradictorio que quienes abanderan procesos que se reclaman  progresistas, ideológicamente sustentados en el materialismo y por ende proclives al ateísmo, de repente, ante situaciones personales dramáticas, promuevan rituales e invocaciones de la rancia tradición católica. Pero es explicable. Es el caso de Latinoamérica y El Caribe, donde las mayorías -a pesar de la competencia de las iglesias y sectas en boga- profesan el catolicismo, herencia colonial castellana impuesta a rajatabla y, en buena parte de nuestra historia, corresponsable, desde el poder, de las injusticias, la represión, el sojuzgamiento y el atraso de nuestros pueblos. Sin embargo, millones de personas siguen orando a diario, encomiendan a sus seres queridos a Dios, van a misa los domingos y comparten rituales que en colectivo son vivencias de fe y esperanza, así el día a día reniegue con su dureza lo que en la capilla es una ilusión. No en todos los casos, desde luego. Si el creyente es “exitoso” más razones tiene para creer. Pregúntenselo a un sicario o un traqueto.

También hay coincidencias entre los postulados del socialismo con la práctica religiosa comprometida en la lucha contra la injusticia y por la equidad en una lectura liberadora de los evangelios, con ejemplos históricos desde las catacumbas romanas hasta las paupérrimas veredas del Tercer Mundo. Ese encuentro fue el que advirtió Fidel Castro para matizar la contundente afirmación marxista de que la religión es “el opio del pueblo” -que lo es como aparato de dominación-, exaltar páginas memorables de la historia del cristianismo, llevar por buen camino las relaciones con las iglesias de su país, encomiar las labores de beneficencia de los laicos y el clero y saludar el compromiso de cientos de creyentes con el cambio social. Reflexiones y realidades consignadas ampliamente en la larga entrevista con Gianni Mina, "Fidel y la religión".

En esa corriente militaron Torres, vida segada por una muerte estúpida; Gaspar García Laviana y Oscar Arnulfo Romero, asesinados por católicos al servicio de los poderosos, en Nicaragua y El Salvador; Fernando y Ernesto Cardenal -increpado grotescamente por el Papa Juan Pablo II, orientado por Joshep Ratzinger, por su papel en la Revolución Sandinista-; Sergio Méndez Arceo en México,  Pedro Casaldáliga en Brasil,Monseñor Leonidas Proaño en Ecuador y tantos sacerdotes de a pie a lo largo del continente y el mundo. La Iglesia de los Pobres, de Gerardo Valencia Llano, René García  y Golconda; Medellín y Puebla, las Comunidades Eclesiales de Base y la Teología de la Liberación, teorizada por Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Paolo Richard, Enrique Dussel, Ignacio Ellacuria, Fracoise Hutard, Frey Beto e Ignacio Martín Baró y sus compañeros de luchas (asesinados por militares en El Salvador).

Los aportes cristianos para la liberación del periodismo concientizador que en Solidaridad y Utopías hicimos con la orientación de Héctor Torres. El catolicismo solidario y humanista de Camilo Torres Restrepo, Francisco De Roux, Mario Peressón, Javier Giraldo, René García, y los mártires Alcides Jiménez, Héctor Gallego, Bernardo López Arroyave, Teresita Ramírez, Yolanda Cerón, Sergio Restrepo, Guillermo Céspedes, Nevardo Fernández, Luz Stella Vargas, Mario Calderón, Elsa Alvarado, el sacerdote de origen nasa Álvaro Ulcué y  Antonio Hernández Niño, nuestro compañero de Solidaridad, acribillado de rodillas “por confusión” en la guerra sucia que tantos aún añoran en lugar de compartir  un pan.

Esa savia  que alimenta la nueva espiritualidad basada en principios y valores de amor a la humanidad, defensa irrenunciable de la plena vigencia de los derechos humanos, respeto absoluto a la diversidad y el pluralismo, acogimiento a la soberanía, autodeterminación  e independencia de los pueblos, búsqueda permanente de la paz y práctica constante de la solidaridad. Principios vapuleados por el neoimperialismo y el sionismo en la atormentada y ensangrentada Gaza, la Palestina que vio nacer al Jesús por estas calendas motivo de tantos festejos, mientras masacran a su pueblo.

 Verdaderos “milagros” se atribuyen a la conjunción de humanismo, energía y espiritualidad, que la creencia popular adjudica a manifestaciones divinas, pero que son una demostración del poder del afecto de los seres que habitamos este punto del universo. Así lo explicó, en forma sugestiva, ese costeño fascinante que en vida llevó el nombre de Jaime Bateman Cayón: “Si una persona es absolutamente sentida, constantemente querida, si en ella se dan cita una cantidad de afectos fuertes, el afecto de la mamá, de las hermanas, de la amante, de los amigos, esa cadena de afectos lo defiende de la muerte, del peligro, lo vuelve casi inmortal…Porque el amor es la certeza de la vida. Es la sensación de la inmortalidad.” Ya es hora de superar la ilusión de que “Dios es amor” por la vivificante afirmación, el amor es mi dios.

viernes, 19 de diciembre de 2025

Bolívar descrito con saña

Centenario de “Estudios sobre la vida de Bolívar” de José Rafael Sañudo

En memoria de Julián Bastidas Urresty



José Rafael Sañudo, nació y murió en Pasto, su ciudad natal (1872-1943). Fue un caballero a la antigua, de finos modales, bien hablado, católico ultramontano, intelectual de quilates, independiente de partido pero de espíritu conservador; labrado en la autoformación en lenguas clásicas, derecho, historia y literatura, lo que le generó gran reconocimiento y aprecio local y del poder central del país, para desempeñar altos cargos judiciales, magisteriales y la primera presidencia de la naciente Academia de la Historia de Nariño, a comienzos del siglo XX. Por su carácter reservado y modesto, rechazó varias distinciones y, en una rectitud encomiable, como abogado, asumía las costas si el error era suyo.

Publicó la primera novela conocida en el actual departamento de Nariño, “La expiación de una madre”, a finales del siglo XIX; elaboró una ambiciosa historia de la ciudad de Pasto, de la que alcanzó a imprimir tres volúmenes, tan detallada y colmada de datos, que fue admirada por intelectuales connotados. También concibió una “Filosofía del Derecho” que, dicen testigos, fue texto en facultades de Argentina y recibió elogios del mismísimo jurista Giorgio Del Vechio, en Roma. En su libro “Otro panamismo”, en forma valiente, condenó los supuestos lesivos arreglos limítrofes con Ecuador, del Ministro de Relaciones Exteriores, Marco Fidel Suárez.

Pero el escrito suyo que desató furias, y algunos aplausos, fue “Estudios sobre la vida de Bolívar” publicado en octubre de 1925, unas décadas después de que Carlos Marx, su antípoda ideológica, también cometiera graves errores de apreciación sobre la acción del Libertador, el “bellaco embaucador”. Un libro hecho con rabia. Con la saña de Sañudo, sinónimo de feroz e iracundo.  

“Desde la sangre que corría por sus venas, hasta la misma agonía. Su vida, un tejido de crímenes, en que actuaron la vanidad, la traición, la crueldad, la envidia, la lujuria, el engaño, la soberbia, y cuantas pasiones y vicios hacen de un hombre un ser abominable.”

Otra cosa dice la historia: Simón Bolívar (24.7.1783, Caracas, Venezuela, 17.12.1830, Santa Marta, Colombia) peleó en 447 batallas, siendo derrotado sólo 6 veces. Cabalgó 123 mil km., recorrió 10 veces más que Aníbal, 3 veces más que Napoleón y el doble de Alejandro Magno. Venció al imperio más poderoso de su tiempo, ganando la libertad para cinco naciones, entre ellas Colombia, según resumen de BBC de Londres, año 2000. 

La bronca corresponde, en parte, a la indignación, frente a las conminaciones indeseadas, las imposiciones, los insultos, los ataques, los destierros y la violencia ejercida por las tropas patriotas, por más de una década, tratando de atraer a la república a los indómitos y leales monarquistas pastusos. Es el repudio por la “La Navidad Negra” del 24 de diciembre de 1823, cuando el ejército republicano, al mando de Antonio José de Sucre, ebrio por los fragores de la guerra, dio rienda suelta a la ira y la venganza contra la resistencia realista, ocasionando cientos de muertos, violaciones, robos, saqueos y destrucción. 

Por supuesto, a Sañudo le era imposible analizar que, si bien el ejército libertador tuvo un rapto de desquicio, ganar a Pasto fue un paso fundamental para liberar al Perú y de esa manera consolidar la Independencia. Bolívar consideraba que el fin de la dominación colonial llegaría con la derrota de ejército realista allá. Pasto, en el trayecto, se opuso a toda conminación y pagó caro el precio de su obstinación. 

En lo militar, no le halla mérito alguno. Cuando triunfa, es por disponer de mayor número de tropa y le increpa crueldad por el número de bajas enemigas. Le achaca la “Guerra a muerte”, que alineó a los americanos en la causa ante el horror impuesto por los españoles. Sañudo prefiere decir que la Independencia fue el fruto desafortunado y a destiempo, de los levantamientos liberales en España. En sus escarnios, no le da chance para rebajarlo:

“En el cuerpo de esta historia habrán notado sus cualidades de guerrero, desde luego que en el Pantano de Vargas, si no es por Rondón, se hubiera consumado la derrota de los republicanos; que Boyacá fue un asalto; que en Carabobo tenía una extraordinaria superioridad sobre Latorre; que en Bomboná fue rechazado, y que en Junín fue un encuentro fortuito de caballerías, sin ordenamiento alguno de su parte”.




No advierte las diferencias en el objetivo de la lucha, entre Bolívar y otros líderes rebeldes (Santander, Páez, Flórez), más interesados en conquistar su pedazo que en forjar una Patria Grande. Compara y reduce al Libertador frente a otros, asimilando episodios incomparables, sin contemplar las razones tácticas y estratégicas que lo obligaron a imponerse en contradicciones y desavenencias o arriesgar en la distracción o la felonía. Decisiones que, casi siempre, le dieron la razón. Para Sañudo, Bolívar es impasable:

“Amén de la falacia. No era óbice a sus propósitos el culto de la verdad; porque, ora por su natural hiperbólico, ora por cálculo, mentía desaforadamente. Conté antes, varios casos de falsificación y seria largo relatar todas las mentiras o por lo menos exageraciones, que profería su relato”.

Imposible para un hombre enclaustrado, patriarcal y misógino, entender la vida pasional de Bolívar. La más escandalosa, la más hermosa, la más revolucionaria, la aventura a la que le convidó la quiteña Manuelita Sáenz, quien fue su amante, su confidente, su libertadora. La que le salvó la vida en la conspiración septembrina. La mujer que en armas, en Ayacucho, se ganó el grado de Coronel de los Ejércitos Libertadores de América. Ahí, Sañudo, hombre de su tiempo, de rosarios y reprobaciones: 

“Sobre su conducta licenciosa, basta solo referir, para darle una justa reprobación y por ser tan conocido el hecho, que vivía en el Palacio Presidencial de Bogotá, con la adúltera Manuelita Sáenz esposa del inglés Thorne por cuyos sucesos dice Palma, sus generaciones tenían que agachar la cabeza”. 

Sañudo escribió sobre Bolívar, desde la visión de un nostálgico de la Colonia, la monarquía y la herencia hispánica; desde la fe de un fundamentalista católico; desde una moral rígida, ascética e intransigente; desde la indignación de un pueblo aferrado a sus creencias y sometido a la fuerza a cambiarlas; desde el dolor de la memoria de la “Navidad sangrienta”; desde la convicción de que cada hecho debe esperar su tiempo; desde “¡La ira que brota naturalmente de la piedad de un hijo, por los insultos a su patria!”, como gritó, citando a Cicerón.  

 “Y es el caso que los hechos de Bolívar, están contados, casi siempre con fidelidad en las historias de Colombia; pero sin que los historiadores, se hubieran preocupado de compararlos con un criterio moral; de modo que pásmase uno, de que hasta graves crímenes, queden sin sanción, de compararlos con un criterio moral; de modo que, pásmase uno, antes sean asunto de alabanzas y encarecimiento”.

En la introducción a los “Estudios sobre la vida de Bolívar”, Sañudo expone su teoría de la expiación por la que, según la Biblia, debe transitar el hombre el camino de arrepentimiento, que deberán también recorrer los descendientes, hasta la tercera y cuarta generación, para la redención del pecado original. Las sociedades cargan con los errores de sus líderes, como las rebeliones, y los pagan con desastres naturales, sufrimientos y castigos -la guerra, entre ellos, frente a la cual no hay opción porque es designio de la providencia. En la medida en que el hombre y la sociedad logran acercarse a la perfección divina, purificados por el dolor, avanzan en la senda del progreso. 

Detestaba a Bolívar por irreligioso y perjuro, motivos insuperables de antipatía para un fanático moralista como él. Preso de sus supercherías, vio en el terremoto de 1812 en Venezuela el látigo del “creador” por la desobediencia al orden monárquico, “las provincias rebeldes fueron las que padecieron más, y se libraron de sus estragos las realistas”. Por el contrario, Bolívar aceptó el reto a la condición humana: “¡Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca!”. 

No obstante, lo que por los antecedente se pudiera creer, la primera publicación de los “Estudios” tuvo una recepción negativa en los medios intelectuales y académicos de Pasto, con la solidaria excepción de algunos intelectuales. La Academia Colombiana de Historia lo reprobó y la Sociedad Bolivariana, sobre la base de criterios mezquinos, cometió el desatino de aprobar una proposición que declaraba a Sañudo “Hijo indigno de Colombia”, descalificación que rezumaba sectarismo y discriminación. 

La publicación de los “Estudios” y las posiciones expresadas por Sañudo en columnas de prensa, desataron una intensa polémica con Sergio Elías Ortiz, reconocido historiador, etnólogo y lingüista pastuso, miembro de la Academia Colombiana de Historia y autor de importantes obras, entre las cuales, la precursora “Agustín Agualongo y su tiempo”, incidida por sus afectos terruños pero leal a los hechos. La controversia bolivarismo y antibolivarismo, fue desplegada a través de la revista “Ilustración Nariñense”, entre 1925 y 1928. Fue publicada en 1999, con el título “Dos visiones sobre la vida de Bolívar”, por el humanista Edgar Bastidas Urresty.

La vida de Sañudo, entrañablemente ligada a su ciudad natal y admirada con veneración por ella; dedicada al estudio serio y profundo y a contribuir al conocimiento de su “patria chica” y los sucesos de la nación, con independencia de su credo y óptica, era y es digna de reconocimiento y exaltación, no obstante que con Bolívar no se comportó, ni como historiador ni como polemista, con sano criterio. Se fajó como vengador equivocado y obsesionado.

Honrar su calidad intelectual y ciudadana fue el loable propósito del abogado e historiador, Vicente Pérez Silva, también nariñense, con una disertación sobre “La vida y obra de José Rafael Sañudo”, en el centenario de su nacimiento, en 1972, en la Academia Colombiana de la Historia. En un nuevo hecho inaudito, le fue impedido, lo que llevó al autor a renunciar al honor de ser miembro de la institución, decisión respaldada por prestigiosos intelectuales, ante una burda censura.

El libro de Sañudo y el artículo despreciativo de Marx sobre El Libertador sirvieron de sustento, in extenso, a la novela “La carroza de Bolívar” (2012) que escenificada en Pasto, desarrolla una tragicómica trama, con la que, según el autor, Evelio Rosero Diago, pretende contribuir a desmitificar al héroe. Algo similar intentó Carlos Riverth Insuasty con la majestuosa carroza “El colorado” en 2018. Pero, como ha sido demostrado, la malquerencia a Bolívar no puede sostenerse de forma certera, ni en Marx ni en Sañudo. 

Si bien los “Estudios”, y la forma que narran la vida de Bolívar y las luchas de Independencia, incidieron en la percepción adversa de un sector de la opinión pública pastusa -y pesan aún- sobre esos sucesos y su impronta histórica, no es la corriente predominante en la historiografía de autores nariñenses. Eduardo Zúñiga Erazo (“El realismo pastuso y su aversión a Simón Bolívar”), Edgar y Julián Bastidas Urresty, Vicente Pérez Silva, Jorge Luis Piedrahita, Carlos Bastidas Padilla, entre otros, sin ignorar los excesos y desmanes de que fue víctima el pueblo pastuso, reivindican el legado del Libertador, desde una perspectiva siempre honesta y progresista.  

En ese lugar se colocó el poeta pastuso Alfonso Alexander: 

“Así fue como apareció -Bolívar de América- y así fue como vivió y amó y sufrió, padeciendo muerte infamante también este inconmensurable Centauro; este Creador admirable; este Poeta de la Espada; este predilecto de la Tempestad; este símbolo de la Gloria y la Amargura; este Padre Nuestro hecho en barro y luz y hierro y diamante y bronce y oro y fuego y cenizas y carcajadas y blasfemias y lágrimas. Este -Simón Bolívar- este casi infinito Libertador.”

jueves, 4 de septiembre de 2025

La Carta de Jamaica y los sueños de la patria grande

                                                                            

En 1815,en momentos críticos para el proceso independentista de las colonias de la monarquía española en América, ante la derrota de la Segunda República en Venezuela, la restauración de Fernando VII en el trono con el respaldo de la Santa Alianza -tras el revés de Napoleón Bonaparte en Waterloo-, y la invasión de tropas realistas al mando de Pablo Morillo a Venezuela y Nueva Granada, Simón Bolívar llega a Cartagena para sumarse a la resistencia patriota, pero las rencillas internas y el rechazo de algunos  dirigentes locales lo obligan a instalarse en Jamaica para gestionar apoyos a la causa, con mala fortuna. Después siguió a Haití y allí le dio la mano el rebelde gobernante negro Alexander Petión, triunfante contra el ejército colonial de Napoleón, el imperio del momento.
 

En Jamaica, Bolívar padeció grandes dificultades económicas para un hombre de origen mantuano -los ricos en la Venezuela de entonces- como no tener con qué pagar la pensión donde se hospedaba. Angustias que comunicaba urgido a su amigo y mecenas Maxwell Hyslop. También enfrentó las acechanzas de los sicarios pagados por sus perseguidores españoles, de uno de cuyos intentos, a manos de un dependiente suyo sobornado, logró salvarse al abandonar el lugar de residencia para disfrutar de la compañía de su amiga Julia Corbier, en otro lecho. Su amigo Félix Amestoy, vencido por el sueño y para guarecerse de la lluvia, ocupó la hamaca del huésped y fue asesinado a puñaladas.

 Acosado por las carencias y riesgos, el Libertador, ante la petición del ciudadano de origen canadiense Henry Cullen, de conocer los pormenores de la lucha independentistas en América del sur, concibe la "Carta de un caballero meridional a un ciudadano de esta isla", para la posteridad Carta de Jamaica, considerada, con los antecedentes Manifiesto de Cartagena y Manifiesto de Carúpano, y el fundacional Discurso de Angostura, uno de los escritos fundamentales de su pensamiento.

Dictada por Bolívar a su escribiente, el coronel Pedro Briceño Méndez, la sesuda y anticipatoria epístola, contentiva de un extraordinario análisis de la coyuntura mundial y continental, las razones y condiciones para la independencia ante el sojuzgamiento por España y las posibilidades de un futuro promisorio con la unidad de Nuestra América, fue culminada y suscrita por el Libertador en Kingston, el 6 de Septiembre de 1815, y prontamente traducida al inglés por el voluntario canadiense Jhon Roberston.  La primera copia en ese idioma, fue impresa en 1818 por la "Jamaican Quaterly and Literary Gazzette" y se encuentra, por cosas del destino, en el Archivo Nacional de Colombia. 

 La primera versión publicada en español data de 1833, incluida en la Colección de "Documentos Relativos a la Vida Pública de El Libertador", reunida por Francisco Javier Yánez y Cristóbal Mendoza. El hallazgo de una copia del original en castellano, localizada en el archivo histórico del ministerio de Cultura del Ecuador, una vez verificada su autenticidad, fue anunciado por el gobierno de ese país junto con el de Venezuela el 5 de noviembre de 2014, con la advertencia de la falta del último folio que debería contener la firma de Bolívar.

 con reflexiones personales de Bolívar, quien expone las razones de las derrotas que permiten el retorno de los españoles, describe las luchas de los patriotas a lo largo del continente, analiza las condiciones de los pueblos dominados por la monarquía, sus fortalezas y  debilidades, reivindica el pasado prehispánico; justifica el esfuerzo libertario y demanda solidaridad de Europa y Estados Unidos, éstos últimos observadores pasivos en una tramposa neutralidad que les permitió apoyar a las tropas monárquicas mientras dificultaban la labor de los rebeldes.

 Con vehemencia denuncia la violencia, el aniquilamiento de los pobladores originarios y sus dignidades, la expoliación, la anulación de emprendimientos, posibilidades y libertades,  y el humillante sojuzgamiento a que están sometidos los hijos de esta tierra : “Los americanos, en el sistema español que está en vigor, y quizá con mayor fuerza que nunca, no ocupan otro lugar en la sociedad que el de siervos propios para el trabajo, y cuando más el de simples consumidores; y aun esta parte coartada con restricciones chocantes (…). Pretender que un país tan felizmente constituido, extenso, rico y populoso, sea meramente pasivo ¿no es un ultraje y una violación de los derechos de la humanidad?"

 Describe con prosa bella la angustia del momento y llama a la acción, “El velo se ha rasgado, hemos visto la luz y se nos quiere volver a las tinieblas. Se han roto las cadenas; ya hemos sido libres, y nuestros enemigos pretenden de nuevo esclavizarnos. Por lo tanto, América combate con despecho; y rara vez la desesperación no ha arrastrado tras sí la victoria”. 

 No obstante, que ese deseo chocaba con la realidad de unas provincias que día tras día regresaban al dominio hispano en medio de una cruenta represión, suscribe la irreversibilidad de la revolución, “El suceso coronará nuestros esfuerzos porque el destino de América se ha fijado irrevocablemente”. Con certeza afirma a su destinatario, que la fórmula para “expulsar a los españoles y de fundar un gobierno libre: “es la unión, ciertamente; más está unión no nos vendrá por prodigios divinos sino por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos”.

 Así mismo, razona sobre la inconveniencia de la monarquía porque “los americanos ansiosos de paz, ciencias, arte, comercio y agricultura, preferirían las repúblicas a los reinos”, y del federalismo “por ser demasiado perfecto y exigir virtudes y talentos demasiado superiores a los nuestros”, advirtiendo el atraso intelectual y político de las mayorías, por lo que defiende un gobierno fuerte y centralizado para enfrentar las demandas de la guerra y sentar las bases de las repúblicas soberanas.

 Con claridad acerca de las fuerzas en pugna en un proceso revolucionario y la inexorabilidad del cambio, señala dos partidos en las guerras civiles: “conservadores y reformadores”. Los primeros son más porque la fuerza de la costumbre produce “el efecto de la obediencia a las potestades establecidas”; los reformadores “menos numerosos aunque más vehementes e ilustrados”. Postula que el equilibrio así establecido, entre fuerza física y fuerza moral, prolonga la contienda y sus resultados son inciertos, pero concluye para la causa emancipatoria, “Por fortuna, entre nosotros, la masa ha seguido a la inteligencia”

 Si bien comparte el sueño de un solo gran país conformado por las comarcas liberadas: “Es una idea grandiosa pretender formar de todo el mundo nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión (…)”, también señala los límites, “mas no es posible porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes, dividen a la América.”

 Con extraordinaria lucidez advierte las dificultades de ese propósito y, como alternativa a las ambiciones de las grandes potencias, hondea su enseña política y cultural en favor de la patria grande de manera diáfana: “Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande Nación del Mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria".

 Aconseja que se creen estados de menor tamaño pero sólidos en Centroamérica y la unión de la Nueva Granda (incluido Ecuador) y Venezuela con el nombre de Colombia como reconocimiento al navegante que nos dio a conocer al resto del mundo. En 1819, en el Congreso de Angostura, su deseo se cumple con la creación de la República de Colombia, pero las ruindades y dificultades que había advertido, hicieron añicos el deseo del Libertador a poco más de una década de haber nacido.

 En la Carta, predijo casi que con precisión el mapa político de Latinoamérica a constituirse, en su criterio, por unos 17 estados regidos por gobiernos republicanos. Cuba y Puerto Rico, que continuaban siendo colonias -de hecho hoy la primera asediada y el otro “Estado libre asociado”-, fueron motivo de sus preocupaciones, planes y gestiones para liberarlas del yugo español y juntarlas libres con Nuestra América. No por nada, el movimiento conspirativo que se conformó en la más grande de las Antillas para lucha por la emancipación, con la participación de una legión de latinoamericanos, entre los cuales muchos colombianos, se llamó “Soles y rayos de Bolívar”.

 También fue visionario al destacar la importancia de Panamá para abrir una vía interoceánica y, previendo que algún día las naciones necesitarían de una sede para un foro planetario, postuló a ese país para tan noble causa, anticipándose a la Sociedad de Naciones y a la actual Organización de las Naciones Unidas, que no a la Organización de los Estados Americanos, promovida por Estados Unidos como escenario de imposición de sus políticas respecto de América Latina y El Caribe, “El ministerio de colonias yanquis” de que hablara el canciller de la Cuba Revolucionaria, Raúl Roa Kouri. En la Carta de Jamaica, Bolívar da las primeras puntadas para la convocatoria a un congreso de la América libre que permitiera la constitución de una poderosa confederación de repúblicas con respeto en el mundo.

 Nueve años después, el 7 de diciembre de 1824, dos días antes de sellarse en Ayacucho la libertad de los Andes, convocaba a los gobernantes de la América independiente con entusiasmo, al Congreso Anfictiónico de Panamá, “El día que nuestros plenipotenciarios hagan el canje de sus poderes, se fijará en la historia diplomática de América una época inmortal. Cuando, después de siglos, la posteridad busque el origen de nuestro derecho público y recuerde los pactos que consolidaron su destino, registrarán con respeto los protocolos del Istmo. En él encontrarán el plan de las primeras alianzas, que trazará la marcha de nuestras relaciones con el universo. ¿Qué será entonces del Istmo de Corinto comparado con el de Panamá?” Pero el sueño fracasó, escamoteado por egoísmos, chauvinismos y las movidas del naciente imperialismo de los Estados Unidos.

 Correspondería al patriota cubano José Martí valorar el alcance de la gesta bolivariana y sobre su senda elevar otra pieza magistral de ovación a la heredad, su gente, su cultura y la unidad como factor fundamental de soberanía e independencia: Nuestra América. Ante lo que todavía nos ata al atraso, con los ojos mirando la hazaña del Libertador y advertido de los obstáculos puestos por quienes siempre añorarán la condición de súbditos, plasmó un reto para los siglos: “Lo que Bolívar no hizo está por hacerse todavía”

 Convocatoria que asumiría en 1929 el General de Hombres Libres Augusto César Sandino al mando del Ejercito Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua, un “pequeño ejército de locos”, al decir de Gabriela Mistral, que en una gesta heroica le enseñaron al mundo la dignidad de un pueblo frente a la agresión de los marines yanquis. Rescatando el llamado de Bolívar y Martí, Sandino le dictó a su secretario personal, el pastuso Alfonso Alexander Moncayo, el “Plan para la realización del Supremo Sueño de Bolívar”, propuesta para un encuentro nuestro americano que condujera a un pacto para la defensa y la integración, que desoyeron la mayoría de los mandatarios latinoamericanos arrodillados al norte, como después diría Jorge Eliécer Gaitán.

 Transcurridos doscientos diez años de la carta profética que expresó uno de los deseos más sentidos de Simón Bolívar, como fue la unión de la Nueva Granada y Venezuela, éstas intentan andar juntas en medio de cuestionamientos y acechanzas. Los esfuerzos por la unidad de Latinoamérica y El Caribe, florecen y marchitan al vaivén de las fuerzas “reformistas” o “conservadoras”, como diría Bolívar.  Un homenaje digno y justiciero para el hombre que condujo los ejércitos que nos dieron la Independencia, en una de las gestas más heroicas del género humano, es que, guiados por el pensamiento germinal, altivo y fraternal del Libertador, persistamos: “Para nosotros, la Patria es América”. 

 

domingo, 8 de diciembre de 2024

En Ayacucho se rubricó la epopeya bolivariana

 

                Batalla de Ayacucho, oleo de Martín Tovar y Tovar

Se cumplen 200 años de la batalla que puso fin al imperio colonial español en el sur de América

Con la invasión de los ejércitos del emperador francés Napoleón a la península ibérica y la imposición de su hermano como rey de España, en 1808, se desata la crisis de la monarquía y en las colonias americanas, fluctuantes entre el corsario, la fidelidad al rey o la independencia definitiva. 

En 1812, las fuerzas de la resistencia aprueban en Cádiz una Constitución liberal que reconsidera la relación con las colonias americanas. En 1816, Fernando VII recupera el trono y con el “régimen el terror” de Pablo Morillo y otros de sus mandos, pone fin al interregno republicano al otro lado del Atlántico.

Apenas tres años después, 1819, el ejército criollo, liderado por Simón Bolívar, logra, en el Puente de Boyacá, la independencia de la Nueva Granada. En Carabobo, proclama la libertad de Venezuela, e inicia el avance hacia Quito y el Perú para terminar definitivamente con el imperio español, tras tres siglos de exacción colonial.  Por el sur, José de San Martín consolida la liberación de Argentina y Chile, y converge en la necesidad de sellar la gesta continental. 

El levantamiento popular de 1820, liderado por el general Rafael del Riego, a favor de la Constitución liberal de 1812, saca del poder de nuevo al rey Fernando VII y se niega al envío de soldados a América para sostener el orden monárquico. Sin embargo, en 1823, la invasión de “Los Cien Mil Hijos de San Luis”, acción contrarrevolucionaria de la denominada “Santa Alianza”, pone fin al régimen constitucional revolucionario y al Trienio Liberal, dando paso a la segunda restauración absolutista en España.

Como consecuencia de estos cambios, el virrey del Perú, José de la Serna, tuvo que hacer frente a la insurgencia independentista con precarios refuerzos y con su propia iniciativa. 

Las huestes españolas se dividieron entre los partidarios del régimen liberal, actuantes desde Lima, y los obstinados seguidores de la monarquía que, comandados por Olañeta, se hicieron fuertes en el Alto Perú, obrando con deslealtad frente a ambos bandos. 

La restauración del monarca y los importantes refuerzos enviados para evitar la catástrofe, poco pudieron hacer, tras más de una década de guerra desoladora.

Llegan San Martín y Bolívar

En septiembre de 1820, las luchas emancipadoras de los peruanos son reforzadas con el desembarco en el puerto del Callao de la expedición libertadora, comandada desde el sur del continente por el General José de San Martín, que en junio de 1821 toma a Lima y declara la Independencia formal, dado que medio país seguía en manos de los realistas.  

Entre tanto, Simón Bolívar avanza por el sur de la Nueva Granada extirpando reductos realistas. 

Con la capitulación de las tropas monarquistas, posterior a la Batalla de Bomboná, en mayo de 1822 - coadyuvada por la victoria del General Sucre en Pichincha con apoyo de fuerzas enviadas por San Martín- Bolívar logra dominar la resistencia de los pastusos, obstáculo crucial y obstinado, en el objetivo de llevar la guerra de liberación hacia el Perú, principal bastión de la presencia española.  

Entre el 26 y 27 de julio, Bolívar y San Martín se reúnen en Guayaquil para determinar la conducción y el curso de la campaña libertadora del Perú, pero desavenencias en esos temas y en torno a la pertenencia territorial del puerto, así como el cansancio y la enfermedad, llevan a San Martín al retiro, quedando la continuidad del proceso independentista bajo la dirección estratégica de Simón Bolívar.

El Congreso Constituyente del Perú designa una Junta de Gobierno presidida por el General José de La Mar, quien se propone liberar territorios en poder de los realistas en el centro y sur del país, siguiendo la estrategia sanmartiniana de ganar a los españoles los puertos para, por vía marítima, transportar tropas que permitieran derrotar las huestes del virrey La Serna. Tras sucesivas victorias sobre el ejército patriota, el General realista Canterac retoma Lima, a mediados de 1823.

El fracaso de la estrategia, llevó a que los principales jefes militares independentistas impusieran al Congreso la elección del coronel de milicias José de la Riva Agüero como jefe de gobierno, quien a través de misivas solicita apoyo a Simón Bolívar e insiste en ganar puertos intermedios, sin éxito. Más tarde sería acusado de traidor y condenado a muerte. En lo sucesivo las desavenencias entre peruanos serían dramáticas para la causa y la posteridad.

El Congreso peruano exalta entones a Bolívar como Libertador y suprema autoridad militar y administrativa con poderes dictatoriales. En tal condición, llega al Callao el primero de setiembre de 1823, impone contribuciones forzosas, adquiere préstamos, prioriza gastos para financiar al Ejército libertador e inicia un plan de desplazamientos hacia el norte del Perú, con el fin de reclutar combatientes y consolidar su tropa.

El 5 de febrero de 1824, la sublevación traidora de los argentinos del Regimiento del Río de la Plata, posibilita que un arsenal que los patriotas habían reunido en una de las fortalezas del Callao sea tomado por los realistas que así recuperaran el puerto. 

En marzo, Bolívar establece su cuartel general en Trujillo y centra el manejo político en José Faustino Sánchez Carrión, quien instituyó el “estado de guerra” en todo el país lo que le permite recabar, sin contemplaciones, los recursos y contingentes necesarios para la guerra.

El 6 de agosto de 1824, el Ejército Unido Libertador, dirigido por Bolívar, derrota a los españoles, conducidos por el General Canterac, en Junín, luego de lo cual ordena a Antonio José de Sucre asumir el mando y conservar el territorio conquistado, obligado por la conminación absurda del Congreso grancolombiano de no inmiscuirse en asuntos militares siendo presidente del país. 

Si bien el vicepresidente grancolombiano  Santander colaboró con la gesta bolivariana en las fronteras del sur, siempre fue a ruego y con cicatería. Era claro que no le interesaba ver más allá de su comarca.

Bolívar se instaló en Lima para resolver asuntos políticos y de gobierno. Desde la casona La Magdalena, en las afueras limeñas, dio rienda suelta a su apasionado y escandaloso romance con la ecuatoriana Manuelita Saenz, una de las relaciones más  apasionantes, libérrimas y poderosas en la historia sentimental de Nuestra América.

A ella, San Martín le rindió honores y fue ascendida por Sucre a coronela en Ayacucho, título del que la quiso despojar Santander, por lo que recibió contundente respuesta de Bolívar: ¡Si puede, quíteselo!

Canterac, tras la derrota de Junín, inicia la retirada hacia Cusco, hostigado sin descanso por las avanzadas patriotas, lo que llevó a los realistas a desplazarse hacia el norte, casi de manera paralela a la tropa comandada por el venezolano Antonio José de Sucre, parte de la estrategia de Bolívar de sacarlos de Lima y el puerto, destruyendo a su paso cultivos y bienes, una táctica de “tierra arrasada” para cortar suministros a los realistas, que, si bien exitosa, causó hambre y sufrimientos en pueblos dispuestos al sacrificio por la libertad. 

Los dos ejércitos iban al Alto Perú pues el dominio de este territorio implicaba el control de las minas de Potosí, riqueza definitiva para el decurso de la guerra y lo que determinara su definición.

 El momento histórico de Sucre y Córdova

Luego de varias semanas de escaramuzas, al amanecer del 9 de diciembre de 1824, el ejército patriota se encontraba en la llanura de Ayacucho (“rincón de los muertos”, en quechua), mientras que la tropa realista ocupaba las alturas del cerro Condorcunca, desde donde esperaba una victoria con ventaja.  

Los realistas contaban con más de 9 mil efectivos, al mando del virrey La Serna, caso excepcional, con los generales Valdez y Canterac como jefes.  La mayoría de sus miembros eran peruanos, en gran número reclutados forzosamente, más unas centenas de veteranos llegados años antes de España. 

La Serna organizó su tropa: la división del General Valdés a la derecha del cerro; la división del General Monet al centro y la división del General Villalobos a la izquierda, además de sus 14 cañones.

El Ejército Unido Libertador del Perú, dirigido por el general Antonio José de Sucre, con el general Agustín Gamarra como Jefe de Estado Mayor, estaba compuesto por 6 mil combatientes venezolanos, colombianos y ecuatorianos, en su mayoría, y una cuarta parte peruanos comandados por argentinos. También participaron legionarios extranjeros. Los dos ejércitos estaban apoyados por guerrillas y montoneras indígenas y campesinas.

Sucre formó sus hombres en dos líneas: en la primera, a la izquierda, estaba ubicada la división peruana al mando del General de La Mar y una pieza de artillería, frente a la de Valdés; al centro, la división del General Lara; a la derecha, la Primera División colombiana a órdenes del General Córdova, frente a la de Villalobos; en la retaguardia, la caballería colombiana comandada por el General William Miller. La Reserva la formaba la Segunda División colombiana, al mando de Jacinto Lara, y el Regimiento de Húsares de Junín.

Antes de empezar la contienda, en un cruel protocolo de guerra, los mandos de realistas y patriotas permitieron que familiares y amigos ubicados en la contraparte se despidieran preventivamente. Razón por la cual, cerca de 50 parejas se encontraron al frente para darse lo que podría ser un último abrazo y llorar la desgracia de una confrontación de tropas compuestas por hermanos nativos.

"¡Soldados! de los esfuerzos de hoy pende la suerte de América del Sur... Otro día de gloria va a coronar vuestra admirable constancia", exclamó Sucre a sus hombres antes de romper lanzas y fuegos.

A las nueve de la mañana, siguiendo instrucciones del virrey, las tres divisiones realistas lanzan un fuerte ataque contra la tropa patriota mientras los artilleros desde las faldas del cerro arman los cañones. El coronel realista Rubín de Celis se precipita atacando a bayonetazos las huestes de Córdova, que contuvieron el ataque y lo dieron de baja diezmando la fuerza enemiga.

Sucre ordenó a Córdova atacar, apoyado por la caballería de Miller. El joven antioqueño, animado por las notas marciales de La Guaneña, interpretada por una banda de guerra conformada por pastusos - según relata Pilar Moreno de Ángel, basada en el testimonio del Coronel Manuel Antonio López- entró en combate. 

Al grito, "¡Soldados! ¡Armas a discreción! ¡Paso de vencedores!", su gente arremetió con furor, maniobra que provocó el desconcierto del batallón de Villalobos y la desbandada de los realistas, arrebatándoles siete cañones.

Por su parte, La Mar contuvo la ofensiva de Valdés mientras el ataque por el centro dirigido por Monet fue repelido y su división dispersada por la caballería patriota al mando de Miller y Lara. 

El virrey La Serna fue herido y apresado. La más sangrienta batalla en la guerra de liberación de Suramérica terminó hacia una de la tarde con la victoria patriota y el fin de la dominación colonial, no obstante la persistencia de algunos focos de resistencia, en distintos lugares, por unos años más.

Al mando de las fuerzas realistas, el general Canterac pidió suspender el enfrentamiento, negoció y firmó ante Sucre la Capitulación de Ayacucho, donde acordaron que quedaban prisioneros de guerra los generales La Serna, Canterac, Valdez, Carratalá, Monet, Villalobos, 16 coroneles, 68 tenientes coroneles, 484 oficiales y 3, 200 soldados, cabos y sargentos. Cerca de mil quinientos soldados realistas cayeron lanceados o abaleados y el resto del otrora poderoso ejército español había huido.

Como parte del acuerdo, varios mandos españoles regresaron a su país costeados por el erario peruano, al renunciar a ocupar el mismo rango en las tropas patriotas. Allá,  con rabia y desprecio por la derrota, los llamaron  “los ayacuchos”. Acá, Bolívar convocó a los pueblos de la Nuestra América a la unidad en el Congreso Anfictiónico de Panamá, saboteado por Santander, gobiernos lacayos y el naciente rumbo imperialista de los Estados Unidos.

Del épico episodio que puso fin al coloniaje en estos predios, Bolívar dijo, “La batalla de Ayacucho es la cumbre de la gloria americana y la obra del General Sucre. La disposición de ella ha sido perfecta y su ejecución divina. Maniobras hábiles y prontas desbarataron en una hora a los vencedores de catorce años y a un enemigo perfectamente constituido y hábilmente mandado. Ayacucho es la desesperación de nuestros enemigos y la envidia de los americanos. Ayacucho, semejante a Waterloo, que decidió el destino de la Europa, ha fijado la suerte de las naciones americanas”.