lunes, 20 de junio de 2011

“Toño”, la penitencia por tu muerte será eterna (Periodismo en años aciagos V)

En el encuentro del tinto mañanero, Héctor se veía muy preocupado. Entre sorbos y angustia comentó que algo muy raro estaba pasando. En un hecho que no era costumbre, Antonio Hernández Niño, el “todero” de nuestra revista Solidaridad (escribía reflexiones, empacaba y entregaba revistas, organizaba eventos), no había pasado la noche en su casa y a la media mañana aún no se sabía nada sobre su paradero. Presentía lo peor. Al medio día, después de muchas averiguaciones, hubo una señal tenebrosa: a la salida de Bogotá, hacia el norte, la policía encontró el cadáver de un hombre abaleado cuya descripción correspondía a los rasgos físicos de Antonio. Se fue para allá y un par de horas después, desde algún teléfono público, con voz pausada, me dio una razón que me produjo rabia y escalofrío: - Es “Toño”.

Solidaridad y Colombia hoy -con la que yo también colaboraba- en ese momento eran las únicas publicaciones de izquierda independientes, con alguna presencia nacional, después de la desaparición de Alternativa, la revista que hicieran, entre otros, los mas recientes directores del periódico El Tiempo, Enrique Santos -hermano del actual presidente del país y primo del anterior vicepresidente- y Roberto Pombo, ahora al mando. Surgió del empeño de Héctor Torres, sociólogo y teólogo de Paris y Lovaina, por fortalecer, mediante un medio de información y formación, las comunidades eclesiales de base, agrupaciones en las que la Teología de la Liberación fincó la posibilidad de encarnar el mensaje de Jesús visto con ojos de pueblo y redención, y el quehacer de los sacerdotes y religiosas militantes de la iglesia de los pobres.

Antonio fue uno de esos tantos muchachos que encontraron en la convocatoria vívida y sincera para un laicismo de compromiso, una opción válida y honesta para sus vidas. Con su afecto, sinceridad y mensaje, Héctor le puso razón o interrogante a la vida de muchos de nosotros. Alguna vez, oyéndome lamentar que no tenía donde decir tantas cosas de aquí y allá que me agobiaban, no dudó en invitarme a trabajar con Solidaridad, ese manifiesto de vida que salía mes a mes gracias a un grupo de cristianos que se querían y a su sueño de pan compartido. Cuando por las gestiones de apoyo internacional de Héctor, Solidaridad creció un poco, llamó a Antonio, con quien compartimos durante varios meses. Era inteligente, vivaz, activo, comprometido en labores organizativas y protestas.

La visita de Juan Pablo II, segundo Papa que pisaba estas tierras, en 1986, puso a todas las tendencias de la iglesia católica a pensar cómo aprovechar la ocasión para dar el mensaje: la jerarquía: protocolo; los cristianos de base: denuncia. Éstos querían que se escuchara su visión crítica del país que no era la metáfora del presidente Belisario. “Toño” andaba en los preparativos de esas actividades. La militancia de la guerrilla del M-19 también tenía sus planes.

Según testimonio de José Cuesta Novoa, para entonces comandante regional del M-19 en Bogotá, en su libro ¿A dónde van los desaparecidos?, publicado por Editorial Intermedio de la Casa Editorial El Tiempo, su organización había determinado inmiscuirse en las actividades programadas por los grupos cristianos durante la visita papal y amplificar la denuncia sobre la situación del país. Por esa circunstancia, Guillermo Marín y él participarían en una reunión programada en la sede de la JTC, en el centro de la ciudad, el 8 de abril de 1986.

Asistió Marín. Cuesta llegó tarde, tras toparse y eludir en los alrededores a un suboficial de inteligencia del funesto Batallón Charry Solano, que tiempo atrás había sido descubierto infiltrado en el M-19, y varios agentes más. El hecho lo ofuscó de tal manera que su presencia en la reunión pasó inadvertida pues todo el rato estuvo divagando en soliloquio sobre lo que estaría tramando el tal “Lucas” -suboficial Bernardo Garzón, también comprometido, entre otros, en el asesinato de Oscar William Calvo, delegado del EPL en las negociaciones de paz del gobierno de Betancur. En la reunión, Antonio fue muy vehemente y locuaz para defender la necesidad de denunciar, ante el mundo, a través del Papa, la realidad nacional. Lo sucedido en la reunión confundió a los esbirros.

Luego de despedirse y seguir cada cual por su lado, Marín y “Toño” fueron interceptados. Marín apareció encostalado, torturado y acribillado en el nororiente de la ciudad, sobrevivió y fue sacado del país. A “Toño”, flagelado, impotente, angustiado, aterrorizado, suplicante, de rodillas, le descargaron un tiro en la frente y lo botaron en el norte, en la vía a Tunja.

En enero de 1991, el suboficial Bernardo Garzón le confesó a la Procuraduría que el General Iván Ramírez -hoy preso y procesado por las desapariciones en la masacre del Palacio de Justicia en 1985 y entonces jefe de inteligencia de la Brigada XX- les había ordenado matar a Cuesta y Marín. Tras interceptar a Marín y a “Toño” por Cuesta, le requirieron qué hacer: - “Despidan a los pacientes y bótenlos por separado”, dice Garzón que respondió. Durante años Garzón ha ido y venido reafirmándose y desdiciéndose a conveniencia. En el caso de Marín ya fueron condenados dos ex-agentes.

Los amigos de “Toño” no podíamos creerlo, recordando las risas de apenas unas horas atrás. Yolanda -hoy merecidamente codirectora de una cadena noticiosa tras una carrera exitosa-, con quien tenía alguna cercanía afectiva, conmovía, pensativa y afligida en un rincón. Tanta tristeza no cabía en aquél salón. La hipótesis de José Cuesta es que los asesinos se equivocaron y que la víctima iba a ser él. Como quiera que haya sido, a “Toño”, en plena cosecha, miserablemente le segaron la vida, en otra trama absurda y perversa de la tragedia colombiana.

Desde las páginas de Solidaridad, durante la década de los 80, como desde Utopías -otra hazaña periodística de Héctor-, en el decenio final del siglo XX, fuimos testigos y narramos el horrendo desangre que la alianza derechista terrateniente narco-paramilitar le causó al país y las luchas de los de abajo por sus vidas y por un lugar digno en la sociedad. En una evaluación contratada por una organización católica de cooperación europea para fundamentar su respaldo a Solidaridad, Javier Darío Restrepo, la calificó como “valiente y veraz”.

Lamentable que connotados periodistas directores de medios se lamenten que no vieron o no advirtieron lo que pasaba y lo que podía venir, como lo afirman en Casi toda la verdad, el pretencioso libro de María Isabel Rueda, al hablar del paramilitarismo y la parapolítica. Tal “descuido” tal vez se explique porque, como producto del mea culpa por la fascinación guerrillera de los 80, se hizo eco sumiso de la verdad oficial, reproduciendo “propaganda negra” de mandos castrenses que enceguecidos en la lucha contrainsurgente se aliaron con el diablo para hacer de Colombia un infierno; avalando estereotipos o poniendo toda denuncia en cuestión. Cuando se pellizcaron, como dijo Brecht, era demasiado tarde. El periodismo de los grandes medios ha tenido solidaridad de cuerpo con el establecimiento, salvo contadas excepciones, se ha conformado con dejar constancia y dar condolencias.

De la preocupación por el papel del periodismo en un país en conflicto, la necesidad de un ejercicio profesional fundamentado y contextualizado, ético, con responsabilidad social, y el compromiso de contribuir en la construcción de la convivencia, por iniciativa de Gloria de Castro, Germán Castro Caycedo Guillermo González, Héctor Fabio Cardona, Constanza Viera, Arturo Guerrero, Myriam Bautista, entre muchos otros, en 1998, fundamos Medios para la Paz.

Ligia, por donde pasas dejas huella (Periodismo en años aciagos IV)

Preocupados por las violaciones a los derechos humanos y los asesinatos de periodistas, varios artistas, liderados por el nunca bien lamentado Jorge Emilio Salazar, convocaron, en septiembre de 1986, a una reunión para promover un grupo de trabajo, denunciar la situación y exigir protección. Entre los asistentes me impactó la vehemencia, positivismo y compromiso de una mujer de baja estatura, ojos claros y vivaces y hablar rápido y directo. Desde entonces, con Ligia Riveros sellamos una amistad que, como el acero, se fue templando con el tiempo.

Por su sensibilidad y calidez había hecho carrera dándole un giro al periodismo de farándula. De su pasión y romanticismo salió Te quiero y que (“Te quiero y qué, te amo y qué, que lo sepa todo el mundo, que me envidien”), la balada que fue un éxito en la voz de la barranquillera Ximena. Pero su alma de cronista y el compromiso social le pidieron a gritos enfrentar la realidad del país de a pie que no se ve en los escenarios del espectáculo. Siempre audaz, fue de los primeros periodistas en asumir roles para penetrar y mostrar realidades que dejaban pasmados a los lectores. Vivió como reclusa en La Modelo para narrar el drama de las condenadas. Según la necesidad, fue monja, ciclista, torera o enfermera. En Cromos, hizo gala de un estilo inigualable que la convirtió en pionera del periodismo literario y social y en una de las mejores, sino la mejor, cronista del país.

No escribía como el que no quiere ver. Siempre develaba. Todavía hacen roña sus artículos sobre la corrupción, la politiquería, la pobreza y la violencia contra los desposeídos. En 1985, el Círculo de Periodistas de Bogotá le entregó una condecoración al valor por la crónica “32 hombres armados contra un niño maniatado”, en la que, luego de una travesía por trochas y montañas, de eludir persecutores y tragarse miedos, desenterrar cadáveres y contener el llanto, en compañía del fotógrafo Fabio Serrano, reveló una de las primeras masacres cometidas en Colombia, en Remedios, Antioquia. Con igual coraje y compromiso escribió en Cromos la crónica El que tortura la paga”, en la que narró el vía crucis de la médica Olga López de Roldán, torturada por el ejército, su vindicación jurídica por el Consejo de Estado que ordenó resarcirla económicamente y evidenció la práctica de vejaciones y violaciones a los derechos humanos. La calidad literaria e investigativa del texto la hizo merecedora del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en 1986.

Un artículo suyo, publicado 15 días después del asesinato por la mafia de Rodrigo Lara Bonilla, el Ministro de Justicia del Gobierno Betancur (15 de abril de 1984), denunció que una de las preocupaciones de Lara era el hallazgo de una avioneta de propiedad de Alberto Uribe Sierra -padre del expresidente Álvaro Uribe Vélez- en la base coquera de Tranquilandia. La nota, traída al día en 2007 por Fernando Garavito en el libro El Señor de las Sombras y luego referencia del Miami Herald reviviendo el asunto, llevó a Rodrigo Lara, hijo, a renunciar al cargo de zar anticorrupción del gobierno de Uribe.

En medio de un país que se hundía, la insurgencia ganó simpatías y espacios mediáticos y la reacción de ultraderecha activó sus espadas. A Ligia no le perdonaron sus denuncias valientes ni que el M-19 la privilegiara en sus contactos. Compartía el sueño de justicia de Jaime Bateman, Pizarro y la “Chiqui” Londoño, pero su corazón no justificaría jamás un asesinato ni un atropello. Durante el proceso de paz que adelantó Betancur, fue incesante su trabajo periodístico desde campamentos, trincheras, y combates. Ella, como muchos de nosotros, vibraba con la pasión del periodista que asistía al suceso histórico de la paz con justicia y democracia para Colombia. ¡Que desconsuelo! Desconocía que, para el poder oculto, era “una comunista más”, hasta que su nombre, junto con el de varios políticos, intelectuales, artistas y activistas sociales apareció en la lista de amenazas de la autodenominada Triple A: se van o se mueren. Héctor Abad Gómez fue la primera víctima.

El 17 de diciembre de de 1986, un sicario del narcotraficante Pablo Escobar acribilló al director de El Espectador, Guillermo Cano. Desesperada, Ligia me dijo: -¡Hay que hacer algo! Con su rápida convocatorio juntamos 50 firmas de periodistas de todos los niveles (estudiantes, reporteros “cargaladrillos”, afamados columnistas, directores de medios), para repudiar el crimen y lanzar el Colectivo de periodistas por la vida. El 9 de febrero de 1987, Día Nacional del Periodista, con el apoyo de todas las agremiaciones de periodistas y trabajadores de la prensa realizamos el “Foro por los Derechos Humanos y la Libertad de Prensa Guillermo Cano”. Con un amplio criterio, Ligia nos convenció de invitar a Álvaro Gómez Hurtado y al ex-general Fernando Landazábal, representantes de la derecha después asesinados por móviles aún no esclarecidos. También participó Fernando, uno de los hijos huérfanos de Cano y el Procurador General, Carlos Mauro Hoyos, quien luego sería asesinado por orden de Pablo Escobar. El evento fue un éxito pero apenas un titilar en la horrible noche que se vivía y se siguió viviendo.

Las amenazas contra su vida no cesaron. La solidaridad de muchos no lograba calmar su ansiedad y el temor por ella y su familia. Cada encuentro era un doloroso momento para consolar sus lágrimas y amainar su duelo. No obstante, su inicial resistencia, aceptó una salida muy a la mano: ella y sus hijas tienen nacionalidad española por su esposo y padre. Hace 22 años, Ligia Riveros abandonó el país y, salvo dos visitas fugaces, la chirimoya y las empanaditas son un añorado sabor que se diluye con el tiempo. Rehizo su vida profesional y su familia se adaptó con éxito al país adoptivo porque del natal los sacaron a la fuerza. Colombia volvió a oír de ella cuando su hija Ligia Jazmín, médica de gran sensibilidad social, resultó ilesa en un fatal accidente aéreo en 2009.

Hablamos largamente por teléfono de cuando en cuando. Fue muy doloroso comunicarle la muerte de tantos amigos en común: el asesinato aún impune del abogado penalista Eduardo Umaña Mendoza, la muerte súbita de la abogada laboralista Paulina Ruiz, el deceso de Apolinar Díaz Callejas, el accidente que le quitó la vida el año pasado a su maestro y entrañable amigo Fernando Garavito, quien le dedicó un capítulo a su parábola vital en el libro País que duele.

En noviembre de de 2001, la llamada de Ligia Fernando, otra de sus hijas, en la madrugada, me anunció una sorpresa muy grata. En el canal Antena 3, donde Ligia trabajaba, querían hacerle un reconocimiento y determinaron que su historia iría bien en un programa de reencuentros que tenía alta sintonía. Consultadas por el canal, las Palomino Riveros habían coincidido en mí como la persona a quien su mamá querría volver a ver. A comienzos de diciembre, luego de tres días de andar cauteloso por Madrid para no estropear el encuentro, en los estudios del canal llegó la hora. En vivo y en directo, Ligia contaba emocionada apartes de su vida. De repente, con voz entrecortada, respondió por qué había tenido que salir de Colombia. Entonces la presentadora le preguntó: -¿a quién recuerdas de esos momentos tristes? Ligia con cariño me describió como “un chico que al saberme en riesgo se volvió mi sombra”. Le anunciaron mi presencia. Buscó alrededor con la mirada vidriosa. Nos encontramos en un abrazo que había vivido por años en los recuerdos. Con los ojos llorosos apenas le susurré a la entrevistadora: - La extrañamos. Nos hace mucha falta.

Han pasado muchos años desde que Ligia Riveros salió del país, pero su huella en el periodismo colombiano está muy fresca y bien marcada.

La risa de Silvia retumba en Cimitarra (Periodismo en años aciagos III)

Cuando Ramón Jimeno se inventó el semanario Zona de regreso al país después de enriquecedoras experiencias en el exterior, no me aguanté las ganas de buscarlo y pedirle que me diera un lugar en esa atrayente aventura. Poco a poco, puliéndome y “neutralizando” mis artículos y entrevistas me abrió espacio. Desafortunadamente, la empresa, saludada con mucha expectativa en el medio, duro muy poco.

La campaña de expectativa, al estilo de la propaganda clandestina de la izquierda, prendió alertas. Su contenido crítico y de denuncia cerró puertas. La distribuidora, por precaución, la dejaba arrumada en la bodega. Pero los pocos números que vieron la luz trajeron sorpresas. El estilo moderno de periodismo que le imprimió Jimeno, algunas “chivas” investigativas sobre corrupción y la publicación de testimonios y documentos desconocidos, tuvieron impacto.

Publicó un documento desclasificado que evidenciaba el envío de armas por los EE.UU. a Ospina Pérez para que conjurara la revuelta desatada por el asesinato de Gaitán el 9 de abril; el testimonio que revelaba la estrategia diseñada por Carlos Pizarro, comandante del M-19, para tomarse militarmente nada menos que Cali -su gran obsesión-; el no menos alucinante relato de cómo, años antes, llevaron un avión, repleto de armas, desde la Guajira para acuatizarlo en el río Orteguaza, en las selvas del Caquetá, y los primeros hallazgos de su investigación sobre la masacre del Palacio de Justicia.

Éramos pocos en un gran salón sin divisiones en el que funcionaban la redacción, la diagramación y la administración. Allí compartimos unas cuantas veces, en consejo de redacción, con Silvia Margarita Duzán. La mujer “Pila” y valiente, apasionada por las historia de barrio bajo, de las pandillas y la música desafiante de los marginales. En un espacio así, su risa era más notoria y la prodigaba con gusto. Como aquella vez que me sorprendió coqueteándole a una de las asistentes y se soltó a corear la canción del Grupo Niche “esto me huele a matrimonio”, en medio de las carcajadas de todos y mi sonrojo. Después del cierre de Zona no supe de ella por unos meses.

Hasta el 26 de febrero de 1990. En la noche de ese día, en Cimitarra, Santander, Silvia departía con Josué Vargas, Miguel Ángel Barajas y Saúl Castañeda, directivos de la Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare, quienes la apoyaban para realizar un documental sobre cultivos ilícitos para la BBC, cuando fueron abordados y asesinados por miembros de los grupos paramilitares que, en complicidad con el ejército y la policía, terratenientes y capos del narcotráfico, anegaron en sangre el Magdalena Medio para “limpiarlo de comunistas”.

La ATCC se había ganado el aprecio de muchos pacifistas y demócratas del país y del exterior por rechazar la violencia de cualquier origen y exigir que los dejaran adelantar con tranquilidad sus proyectos económicos y de vida. El Plan Nacional de Rehabilitación los respaldaba en alguna iniciativa, por lo que desde la oficina de prensa tuve la oportunidad de dialogar con sus directivos y hacer notas periodísticas sobre su empeño. Eran unos campesinos dignos y frenteros.

A veinte años de los sucesos, María Jimena Duzán, periodista y columnista brillante, valerosa, aguda, incisiva (leer en Semana por qué los colombianos no protestamos o la crítica a la conveniente neutralidad de los políticos jóvenes), a quien la violencia también puso por un tiempo en el exilio, decidió confrontar el pasado para tratar de desentrañar quiénes fueron los asesinos, las razones del crimen y por qué tanta dilación y encubrimiento desde algún sector de la justicia y la autoridad castrense y policial.

El relato conmovedor y revelador de sus vivencias, reflexiones y pesquisas lo hace en el libro “Mi viaje al INFIERNO”. Un retrato de la Colombia aun herida que clama verdad, justicia y reparación.

sábado, 14 de mayo de 2011

Lo que Ovidio Charria no pudo contar (periodismo en años aciagos II)

De niños, Ovidio Peter Charria jugaba canicas con mi papá en las polvorientas calles de Sandoná (Nariño), su tierra natal. En la lucha por la vida hizo carrera como militar y detective, lo que con el tiempo, unido a su gusto por el periodismo, lo llevó a cubrir la fuente castrense en medios en Popayán y luego en la cadena radial Caracol, con autoridad indiscutible. De su talante liberal y el deseo de ampliar el horizonte de trabajo nació Área Libre, periódico mensual para el que aprovechaba los muchos contactos que le ofrecía el oficio, incluida su cercanía y simpatía por las fuerzas militares.

Aún estudiante de bachillerato, atraído por el periodismo, lo visité en su oficina, la antigua sede de Caracol, en la siempre viva e inevitable calle 19 de Bogotá. A partir de allí hubo química, polémica y aguardiente. En muchas ocasiones aceptó mis argumentos y rectificó prejuicios políticos. Varios artículos míos aparecieron en Área Libre. Paradojas de la vida: apenas un par de años después, en un trabajo como estudiante de periodismo, hice un sentido perfil en remembranza de Ovidio.

El 17 de octubre de 1982, el avión de la Fuerza Aérea Colombiana (FAC), en el que viajaba de retorno de Israel, se fue a pique por sobrepeso -irregularidad que se ocultó- en aguas del Atlántico. Como “cortina de humo” se hizo circular la versión de que era un episodio más del misterioso y fatídico “Triángulo de las Bermudas”. Ocho de los sobrevivientes fueron rescatados antes de que la nave se hundiera paulatinamente. Parado en las alas del avión, Ovidio Peter Charria imploró infructuosamente al cielo que alguien lo rescatara. Murió solitario y abandonado. ¿Cómo llegó a ese destino fatal? La respuesta que arrojan testimonios surgidos en investigaciones sobre violaciones a los Derechos Humanos, aparentemente inconexos con la suerte de Charria, es sorprendente.

De acuerdo con las pesquisas del sacerdote Javier Giraldo sobre los nexos del General Rito Alejo Del Río con el paramilitarismo y las masacres ocurridas en Colombia en las últimas décadas, un ex -oficial del ejército afirmó ante organizaciones de derechos humanos que “Según lo relató el General Fernando Landazábal (+) a un Mayor del Ejército hoy retirado, el General DEL RÍO aprovechó su estadía en Israel entre 1982 y 1983, donde coincidió con Carlos Castaño Gil, posteriormente líder nacional de los paramilitares, para conseguir arsenales de armas con destino a la estructura paramilitar. Cuando el General Landazábal, entonces Ministro de Defensa, se enteró del asunto por fuentes confiables, envió a Israel a un periodista de su plena confianza y además ex-militar, para investigar si todo ello era cierto.

El periodista Ovidio “Peter” Charria pudo comprobarlo todo sobre el terreno y le informó por teléfono al General Landazábal que ya estaba preparado un avión (el Hércules 1003 de la Fuerza Aérea Colombiana) cargado con dichas armas, que debía aterrizar en Bogotá el 18 de octubre de 1982 y que él mismo pensaba regresarse en ese vuelo. El Ministro de Defensa preparó un operativo en el aeropuerto militar de Catam para recibirlo con una inspección minuciosa, pero el 17 llegó la noticia de que el avión había caído al mar, a 280 kilómetros de Nueva Jersey, por el sobrepeso que traía, pereciendo allí el mismo periodista Ovidio Charria.

Entre los 13 ocupantes, casi todos militares de la Fuerza Aérea, excepto el periodista y un capitán del Ejército, se salvaron 8 que fueron rescatados por un barco liberiano capitaneado por un canadiense, quien declaró su extrañeza de ver que los ocupantes “perdían tiempo” -según él- “arrojando la carga”, ya que solo tenían gasolina para 10 minutos y podrían amarizar sin riesgo de incendio.

Las jerarquías castrenses no juzgaron, sin embargo, conveniente, interrumpir la carrera militar del oficial DEL RÍO” (Sep. 9 de 2008) 1.

Sobre el episodio, el gran cronista Juan José Hoyos escribió en El Colombiano de Medellín “Tel Aviv, hace 24 años. Carlos Castaño tiene 18 años y se matricula en un curso dictado por oficiales del Ejército de Israel que no tiene nombre, sino un número: 562. Contenido: fundamentos de armamento atómico y manejo psicológico de operaciones. Trabajo de campo: bloquear un carro blindado y utilizar granadas de fragmentación entrando a un objetivo; lanzamiento de granadas múltiples; lanza cohetes RPG7; miras nocturnas; lanzamiento de obuses; fabricación de explosivos manuales... Allí, Carlos Castaño conoció a algunos militares del Batallón Colombia. Con ellos se reunía en los días de descanso. El batallón estaba destacado en el Sinaí en cumplimiento de una misión de paz ordenada por la ONU.

El curso duró un año. Con algunos de esos oficiales, tal vez pensando en forma equivocada que le hacía un bien a su patria, él planeó el envío a Colombia de un avión lleno de armas (el Hércules 1003 de la Fac) para aprovisionar a los grupos paramilitares que se estaban creando. El avión -como el barco de la Armada, que se hundió, lleno de contrabando, cerca de Tampa, durante la dictadura del general Rojas Pinilla- venía tan cargado de armas que, por culpa del sobrepeso, cayó al mar a 280 kilómetros de las costas de New Jersey. Según el periódico El Tiempo, un capitán de un barco liberiano que rescató a los ocho sobrevivientes, casi todos militares, dijo que le pareció muy raro ver a los ocupantes del avión arrojando la carga para tratar de salvar la nave, a pesar de que tenían gasolina para 10 minutos y hubieran podido amarizar sin riesgo de incendio.

En ese accidente murió el periodista Ovidio Peter Charria. Estaba tratando de desentrañar el misterio de ese avión y esas armas, por petición del ministro de Defensa, general Fernando Landazábal Reyes, quien no estaba de acuerdo con esa clase de tropelías” 2.

Landazábal, desde el Ministerio de Defensa, era un desbocado opositor al proceso de paz que adelantaba el presidente Belisario Betancur. Intérprete de la Doctrina de la Seguridad Nacional y su concepción del “enemigo interno” para Colombia, por la fecha defendía airadamente a militares que, según el Procurador Carlos Jiménez Gómez, hacían parte del grupo paramilitar Muerte A Secuestradores (MAS). Después de varias salidas provocadoras, Betancur lo pasó a retiro. Los testimonios citados muestran que a Landazábal, no obstante, le preocupaba la manera como algunos de sus subalternos encaraban la guerra antisubversiva. Años más tarde lo asesinaron por razones que aún son un misterio.

De ser las cosas como las relató el declarante, la desaparición de Ovidio en el océano fue un alivio para algunos oficiales, al menos por un tiempo, pues se llevó con él la evidencia de la génesis del paramilitarismo y la “guerra sucia” en Israel y ellos siguieron haciendo de las suyas: el mercenario israelí Yair Klein vino a entrenarlos, consolidaron sangrientamente su fuerza en el Magdalena Medio, se unificaron y crearon una estructura criminal operante en todo el país y el recorrido macabro de la muerte dejó su huella en cientos de pueblos, hasta su desmovilización parcial negociada con el gobierno de Álvaro Uribe. ¿Qué habría pasado si el periodista es rescatado? La respuesta es una incógnita pero lo más probable es que los mandos hubieran acordado, como ha sido costumbre, una versión “conveniente” que, seguramente, el mismo periodista, leal y confiado en su fuente, habría difundido. Su muerte le evitó el dolor del desengaño.

1. http://www.javiergiraldo.org/IMG/pdf/10_Elementos_probatorios_Gral_Del_Rio.pdf

2. www.elcolombiano.com/.../S/.../salim_y_los_aviones.asp

viernes, 22 de abril de 2011

Libia y el imperio de la hipocresía

En 1969, los “coroneles libres”, un grupo de militares jóvenes, nacionalistas y panarabistas, encabezados por Muhamar El Kadhafi, derrocaron al rey Idris, peón al servicio de las potencias europeas por los arreglos producto de la Segunda Guerra Mundial, algunas de cuyas batallas tuvieron como escenario suelo libio. La indecisión frente a Libia en el reparto al final de la guerra, llevó a su independencia, tras la ocupación italiana desde comienzos del siglo XX, y desataría el fin del colonialismo en África, para frustración de las potencias europeas. Antes de Italia, Libia vivió una prolongada presencia árabe y del imperio otomano.

Más de veinte siglos atrás, los griegos le dieron el nombre y fue provincia en el esplendor del Imperio Romano. Los precedieron fenicios, cartagineses y bizantinos. Esas huellas se aprecian majestuosas en ciudades como Cirenaica, Tripolitania, Leptis Magna y Sabratha. Todos estos lugares son patrimonio histórico de la humanidad, que corren el riesgo de ser destruidos por los combates en curso entre las tropas del régimen y la oposición y por la intervención de la OTAN, como ya pasó en Irak con muchas de sus reliquias, tras la ocupación liderada por Estados Unidos.

Los logros de la “Revolución Verde”, comandada por Kadhafi -quien concentró los roles de jefe político, militar y espiritual- e inspirada en su El libro verde, que, junto con el Corán, son el A,B,C de la Yamahiriya o Estado de masas árabe, socialista e islámica, no fueron pocos. En un territorio inmenso para su poca población, pero desértico, adelantó una reforma agraria, nacionalizó y modernizó la industria petrolera, retiró las bases militares extranjeras, eliminó la propiedad privada, garantizó la educación, la salud y la vivienda.

Ante la escasez de agua potable en los centros urbanos sobre las costas mediterráneas, se empeñó en la colosal obra del Río de la Vida para traer agua fósil subterránea del Sahara por una tubería de más de mil kilómetros que atraviesa el desierto desde el sur, con un costo de 24 mil millones de dólares. Tribus dispersas, disímiles y hasta antagónicas fueron organizándose en consejos populares. En una región donde el rostro y la vida de las mujeres deben estar ocultos, Kadhafi promovió su profesionalización y llevó a su guardia personal avezadas jóvenes expertas en artes marciales y en la doctrina del líder.

La simpatía y el apoyo de Kadhafi a grupos insurgentes de distintas partes del mundo, en particular a la causa palestina, llevaron a la sindicación por Estados Unidos de promover el terrorismo. En 1986, el gobierno estadounidense de Ronald Reagan hizo justicia por mano propia, disparando, desde sus bases en el Mediterráneo, decenas de misiles contra blancos civiles en Trípoli y Bengazi, que hirieron, quemaron y mataron, entre más de cien personas, a la pequeña hija adoptiva de El Kadhafi y destruyeron muchas viviendas, entre ellas una del líder. Al ataque se sumaron los efectos de drásticas medidas económicas y diplomáticas.

Tras varios atentados en capitales europeas, entre ellos la explosión en Lockerbie, Escocia, de un avión comercial de la línea estadounidense Pan American, que causó 270 muertos -acciones criminales execrables- las investigaciones sobre los responsables evidenciaron la participación del gobierno libio. En retaliación, la Unión Europea declaró el embargo económico y comercial y varios de sus miembros suspendieron las relaciones diplomáticas, la ONU impuso fuertes sanciones y EE.UU., país de origen de la mayoría de las víctimas, le declaró la guerra, como miembro del “eje del mal”.

La vuelta de tuerca

De repente, el ayer paria amaneció gran amigo de Occidente. Con el inicio del siglo XXI, luego de las advertencias de las potencias occidentales de agravar las sanciones si Libia no renunciaba a una supuesta elaboración de armas de destrucción masiva, Kadhafi dio un giro de 180º. grados en sus relaciones con Europa y Estados Unidos. Renunció a sus nunca probados intentos nucleares, se sometió a las exigencias del Fondo Monetario Internacional, concedió de nuevo los campos petroleros nacionalizados a las transnacionales, abrió el país a la inversión extranjera y reinstituyó la propiedad privada.

En un gesto político entregó a la justicia escocesa a los libios inculpados del atentado contra el avión de Pan American e indemnizó a los familiares de las víctimas. Tiempo después, Kadhafi reconoció la participación de su gobierno y entregó a los dos responsables, uno de los cuales, tras una corta condena en el Reino Unido, fue recibido como héroe en Trípoli. Frente a éste último hecho, como en el rifirrafe con Suiza por la judicialización de uno de sus hijos por maltrato doméstico, los nuevos aliados levantaron el hombro. Tanto la Unión Europea como el gobierno estadounidense de Bush hijo, levantaron las sanciones e iniciaron una activa relación comercial con Trípoli.

Para ratificar la nueva era en sus relaciones diplomáticas, Kadhafi realizó sendas visitas a las principales capitales europeas donde instaló amplios carpas, acompañado de su séquito, sus esbeltas pero recias escoltas, camellas para tomar leche fresca, cabritas para que le hicieran queso -su bocado favorito- y una parafernalia que sus anfitriones soportaban de mala gana -como las fotos a su lado, con sus excéntrica indumentaria- mientras firmaban jugosos contratos para proveerlo de armas, aviones y variedad de productos, recibir el petróleo y, además, en el caso de Berlusconi, hacerse su socio particular y acordar la contención ruda de inmigrantes hacia Italia, como lo formalizó también con la Unión Europea. En la cumbre del G-8, en 2009, en Italia, se fotografió con su colorido batón al lado de los muy circunspectos líderes del mundo, incluido Barack Obama. En New Cork, acampó en los patios de Donald Trump Enterprise, antes de una deshilvanada perorata en la ONU.

No obstante, el socarrón de Kadhafi no desaprovechó oportunidad para refirmar su solidaridad con el pueblo palestino, la necesidad de la integración del mundo árabe y de África, continente del que se proclamó “rey de reyes”, y para recordarles a sus contertulios a los luchadores contra el colonialismo y los objetivos de su causa, con rostros y mapas estampados en sus camisas.

En reciprocidad por la apertura libia, varios dirigentes europeos viajaron a Trípoli a darle el abrazo al ayer odiado instigador del terrorismo. Allá fueron Aznar -que alelado sigue reclamando fidelidad para el amigo- y el Rey de España y Sarcozzi. Condolezza Rice expresó en 2008 sus grandes afinidades. «Libia y Estados Unidos comparten intereses permanentes: la cooperación en la lucha contra el terrorismo, el comercio, la proliferación nuclear, África, los derechos humanos y la democracia», dijo la Secretaria de Estado de los Estados Unidos. Con indiferencia, los líderes del mundo permitieron que Libia llegara nada menos que la Comisión de Derechos Humanos y al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, el mismo que forzadamente determinó acciones en su contra en marzo pasado. Entonces para nada importó la constante denuncia sobre la dura represión interna y la brutalidad en las prisiones contra los opositores. Interés cuanto valés.


La profecía autocumplida

Pero la luna de miel de Kadhafi con Occidente fue corta.. En medio de las protestas que exigen cambios en el mundo árabe, se dieron las primeras manifestaciones en Libia y tras confusos enfrentamientos, con argumentos humanitarios, Europa y Estados Unidos, que hasta ese momento se habían hecho los de la vista gorda con la situación interna, inmediatamente le voltearon la espalda: advertencias, solicitud de juicio por la Corte Internacional de Justicia, embargo de depósitos y bienes, la marina estadounidense atenta en el Mediterráneo, declaración de una zona de exclusión aérea, las fuerzas de la OTAN bombardeando, apoyo abierto a las fuerzas antigubernamentales sin claridad sobre su origen ni fines.

El escenario inicial fue de manipulada y confusa información, con fuente aún indeterminada, que infló cifras de muertos e inventó masacres y bombardeos -lo que no quiere decir que no se hayan dado, por cientos y con armas y aviones provistos por Occidente. Hay dos bandos enfrentados. Los rebeldes acusan a Kadhafi de utilizar mercenarios pero él señala lo contrario. Los aliados rápidamente tomaron partido. En tal situación, queda la pregunta: ¿no son los libios quienes deben decidir su suerte? Y, además, ¿por qué, cuando el agresor es Israel contra los palestinos, la ONU no funciona y las advertencias se silencian? Será que los palestinos no merecen protección humanitaria.

En una comparecencia pública delante del palacio bombardeado en 1986 y junto a la escultura del puño capturando un misil, símbolo de la resistencia, Kadhafi, vestido como un beduino con gorro y batón marrones, reaccionó airado contra los “imperios que drogan y alcoholizan a los manifestantes”, responsabilizó a Ben Laden -lo que a la luz de las evidencias es verosímil y muy preocupante-, recordó que él era de los que había luchado contra los italianos y las bases extranjeras por la independencia, juró que moriría en su ley porque sabía “que el pueblo libio ama a Kadhafi” y, que quien no, “merece morir”, todo lo cual, salvo las amenazas, sonó a retórica hueca y alucinada. Pero aún cuenta con miles de seguidores que ahora enfrentan una ocupación extranjera.

El levantamiento en Libia parece tener causas más políticas que sociales, de acuerdo con los datos del informe de desarrollo humano 2010 de la ONU. Pero otras cifras hablan de un enorme desempleo, carencias y una juventud hastiada. Hay evidencias que esta situación, la crisis del Medio Oriente y la necesidad de garantizar reservas petroleras llevaron a Estados Unidos y sus aliados europeos a fraguar la caída del líder libio instigando y apoyando el levantamiento armado. Queda la duda sobre si la Revolución Verde de Libia sufrió una involución, soporta una conspiración o siempre fue un espejismo en el desierto.

Las fuerzas opositoras son un misterio cuyos rastros llevan a una reunión fundacional en Estados Unidos, en 2007, financiada con fondos de la Fundación Nacional para la Democracia. Exfuncionarios de Kadafi lo abandonan y se declaran partidarios del cambio. Remanentes de la monarquía sitos en Europa anuncian su retorno. El escritor Hashin Matar, cuyo padre está desaparecido en alguna cárcel de Trípoli desde 1990 por su oposición al régimen, montó un servicio de información desde Londres y representa un proyecto liberal pro-occidental. La mayoría de combatientes pertenecen a Al Qaeda y las potencias - lideradas por Barack Obama, el primer presidente negro de los Estados Unidos y Nobel de Paz- podrían estar pariendo otro infierno como en Irak, Afganistán y Pakistán

El ímpetu inicial de los rebeldes parece haber sido neutralizado por las fuerzas militares y las milicias leales a Kadafi, lo que advierte una guerra civil costosa para definir el futuro del poder, el aplastamiento de la oposición sin el apoyo de tropas extranjeras en tierra, su victoria con el apoyo de los aliados y el fin aún incierto de Kadhafi e, incluso, el fraccionamiento del país con las zonas petroleras en manos de los rebeldes. Obama advierte que su país participa de una “acción colectiva”, maniatado para hacerlo bajo su propia bandera ante los fracasos en Irak y Afganistán, las próximas elecciones y el déficit fiscal que agobia la economía gringa. Junto con los presidentes de Inglaterra y Francia ya advirtió que van por Kadhafi hasta el final sin importar lo que diga la ONU.

¿Decidirán los pueblos?

El asunto libio también trastornó a la izquierda latinoamericana y mundial. Las corrientes ultra antimperialistas se niegan a cuestionar al líder libio puesto que el objetivo fundamental es defender la soberanía y desbaratar la estrategia de reposicionamiento imperial en el mundo. Fidel Castro advierte una maniobra para apropiarse de los recursos petroleros, reconoce hechos positivos de la revolución Libia, reserva sus opiniones sobre el régimen, le critica haber confiado en Occidente y asume la crisis, por obvias razones históricas, como un asunto interno que deben resolver los libios, al tiempo que Cuba condena en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU los ataques contra civiles pero rechaza cualquier intervención. Hugo Chávez, con una relación cercana a Kadhafi, intentó liderar una propuesta de mediación apoyada por los países del ALBA, sin eco. Daniel Ortega de Nicaragua, en solitario, declaró su apoyo irrestricto a Kadafi.

Un amplio sector que se expresa en páginas web, considera que es necesario cortar por la sano ya que ninguna razón táctica o estratégica justifica desentenderse de la represión, la corrupción y el autoritarismo y catalogar como revolucionario a un régimen que hace tránsito a la monarquía hereditaria tras una historia de contradicciones. En conclusión, que es hora para la izquierda de marcar la diferencia, hacer más relevantes los principios y recuperar legitimidad moral para ofrecer alternativas, sin dejar de manifestarse férreamente contra cualquier intervención e imposición de los países occidentales.

En Medio Oriente, incluida en su contexto propio Libia, los pueblos están hastiados de pobreza, represión, subyugación, falta de libertades y la opulencia de unos pocos pagada con el petróleo de todos y la indignidad del servilismo a Occidente, que consume sin medida combustibles fósiles a costa de la supervivencia del planeta . Si es esa fuerza la que se ha desatado de manera autónoma y consciente, habrá cambios positivos y de alcances inadvertidos. Si ha sido inducida, habrá una nueva fachada funcional para Occidente en los tiempos que corren. Los pueblos árabes le están mostrando al mundo el poder de la calle, de la protesta y de las redes sociales y nos están dando una lección de compromiso con su destino. Estados Unidos y Europa se mueven con cálculo para que la trama no se salga del libreto. Qué paradoja, en gran parte, el desenlace depende de lo que pase en Libia.

martes, 25 de enero de 2011

La Guaneña por Guillermo Segovia Mora

La Guaneña ¡Al frente va!

De entre la maraña se asoma una mujer trigueña de cabello negro, ataviada con blusa blanca y follón rojo y un pilche terciado en la espalda. Adelante de ella, un indio realista, quizá su marido, despide un fogonazo de su arcabuz. Más allá, el prócer Antonio Nariño dispara dos pistolas contra tres mestizos que lo embisten cabalgando.

En el suelo, al lado izquierdo, su caballo agoniza abaleado. Del otro lado, un patriota yace muerto. A la derecha, avanzan las tropas del rey, que también tienen sus muertos, y, tras de las cuales, se eleva una humareda en medio del combate en el vecindario de Pasto. Al fondo, en un claro, un insólito paseo en el pie de monte. Todo cubierto por un firmamento de nubes siniestras.

La mujer de la pintura es una voluntaria, una de las hembras que acompañaban a los combatientes en la guerra de independencia, generalmente sus maridos, sirviéndoles en tareas de apoyo (carga, alimentación, lavado de ropa, socorro, cocina, abastecimiento de municiones) y como parejas en el baile y el canto.

Contra la tenacidad de estas féminas no pudieron las órdenes de Bolívar ni de Nariño de impedir su compañía en el bando patriota. Por el contrario, cedieron a su valor y gracia.

Según la leyenda, en Pasto, donde apoyaban a los realistas, cuando los hombres demostraban cobardía, ellas les quitaban los pantalones, se los ponían y ¡a dar guerra señores!

La escena corresponde a la pintura del abanderado del precursor, José María Espinoza, Batalla de los Ejidos de Pasto (10 de mayo de 1814), la triste página que signó con la derrota la campaña de Nariño en el sur para rendir ante la república “el país de los pastusos”

La Guaneña en la historia

Al parecer, en homenaje a la mártir patriota Juana Escobar, natural de Gámeza (Boyacá), fusilada el 11 de junio de 1819 por orden del coronel español José maría Barreiro, derrotado semanas después, el 7 de agosto, en el puente del río Teatinos (Boyacá), las voluntarias comenzaron a ser llamadas “juanas” en las contiendas bélicas que sucesivamente se dieron en varias regiones del país tras la Independencia, y que fueron tan importantes en la Guerra de los Mil Días, como las adelitas en la Revolución Mexicana.

En lo que hoy es el Departamento de Nariño, las juanas fueron conocidas como juaneñas o guaneñas, en recuerdo de quienes se compuso la emblemática pieza musical que identifica al sur del país. Algunos aventuran que el apelativo podría provenir de un gentilicio peruano, ecuatoriano, chileno o, aún, de un sitio de la propia región.

También se alude a la posible relación con el huayno, género musical afín típico del Perú, o al huaynito ecuatoriano. Y hasta a la palabra huayco que refiere al clima templado. Lo cierto es que sólo aquí hubo guaneñas. Tanto así que el connotado compositor pastuso Luis Chato Guerrero advierte que a él no lo trajo al mundo la cigüeña sino La Guaneña.

El eco de los sonidos que animaban las danzas de los quillacingas en sus rituales y taquíes (fiestas), trascendió los tiempos, se mixturó con el instrumental europeo durante la Colonia, matizó al bambuco y nació La Guaneña, en homenaje a esas mujeres valientes y amorosas que acompañaron a los guerreros en el sur. Desde entonces, anima el combate, mora en los recuerdos, acompaña las penas o le inyecta ganas a la vida.

Sobre el autor de los compases y la historia de la inspiración hay versiones con nombre propio pero prefiero compartir el criterio de que son una conjetura. Lo cierto es que desde hace cerca de dos siglos se escuchan los acordes de La Guaneña, a los que con el tiempo se le agregaron coplas en honor a la ñapanga guerrera y a sus astucias amatorias.

Quizá la melodía animó a la pueblada realista de Pasto en sus encarnizados combates contra las tropas patriotas en defensa de su tierra, su religión y su amado rey. Silbando La Guaneña los hombres dejaban el azadón y las hembras la tulpa, se arremangaban pantalones y follones, cogían palos, piedras, cuchillos y, si los tenían, una pistola o un arcabuz, se juntaban y al mando de Agustín Agualongo se arrojaban a acabar con esos “infames, blasfemos e impíos”.

Sus notas seguramente acicatearon a las tropas de Basilio García enfrentadas a Simón Bolívar en la sangrienta Batalla de Bomboná, preludio de la capitulación realista en el sur de la actual Colombia. Es probable que La Guaneña haya fastidiado a Sucre en Guachí y a Bolívar en Ibarra, sitios del Ecuador en donde Agualongo, futuro Mariscal de los Ejércitos del Rey Fernando VII, venció y fue vencido.

Consolidada la Independencia, convertida Pasto al bando republicano y reclutados a las buenas o a las malas, bravos pastusos combatieron al mando de Antonio José de Sucre y José María Córdoba en la Batalla de Ayacucho sellando la independencia del Ande bolivariano, al tenor de La Guaneña, interpretada por los sureños esta vez como himno marcial de las tropas libertadoras en el ascenso victorioso al Condorcunca. Paradojas de este pueblo sorprendente y mágico.

En su biografía de Córdoba la historiadora Pilar Moreno de Ángel afirma:

"De repente los soldados escucharon la música evocadora de un bambuco que les trajo el encanto de la pieza más popular de Pasto. Era "La Guaneña" con sus notas claras, alegres y juguetonas que se elevaban al cielo para evocar en este rincón de los muertos el recuerdo de la patria lejana. Los soldados repitieron mentalmente la copla:

"Guay que si, guay que no
La Guaneña me engañó,
por tres pesos y cuatro reales
con tal que la quiera yo" .

Con motivo del sesquicentenario de la muerte del Libertador Simón Bolívar, el Patronato Colombiano de Artes y Ciencias, bajo la dirección del maestro Joaquín Piñeros Corpas, realizó la investigación histórica y encargó los arreglos musicales de piezas que fueron significativas en el período de la emancipación de España del que estamos conmemorando 200 años a partir del simbólico 20 de Julio de 1810.

En reconocimiento a su alcurnia histórica, ya que resonó a lado y lado de los bandos contendientes en la saga épica del sur hasta convertirse en el himno glorioso de los libertadores en Ayacucho, una versión de La Guaneña, con arreglos y dirección orquestal del maestro Blas Emilio Atehortua, fue incluida en el compilado La Música del Libertador Simón Bolívar.

De acuerdo con Don Joaquín:

“Teniendo en cuenta lo relatado por varios historiadores entre ellos el coronel Manuel Antonio López y siguiendo tradiciones sobremanera verosímiles, La Guaneña, bambuco de la región de Pasto que en el alba del siglo XIX ya era una canción sentida por el pueblo, fue factor decisivo del triunfo en la jornada épica del 9 de Diciembre de 1.824. Ciertamente, al tiempo que el general José María Córdoba se ponía al frente de sus huestes para tomar el Cerro del Condorcunca con la orden inmortal Paso de Vencedores, la banda encargada de motivar con música colombiana el sentimiento de los soldados comprometidos en la carga interpretó La Guaneña, como manifestación espontánea de los pastusos que integraban el Batallón Voltígeros”.

Volvería a sonar en Cuaspud para rechazar la invasión ecuatoriana de García Moreno al mando de Juan José Florez, en 1863. En la Guerra de los Mil Días, alentó a los gobiernistas conservadores del sur para derrotar a los rebeldes liberales, liderados por Benjamín Herrera y apoyados por Eloy Alfaro, en Colimba, Simancas y Cascajal. Y fue himno de guerra contra los peruanos derrotados en Güepí, gesta donde los pastusos hicieron sentir su tenacidad repeliendo a los invasores.

En Nariño, La Guaneña es imprescindible en campañas políticas y elecciones, fiestas y protestas populares, bautizos, matrimonios y velorios. Paradójico himno de todas las ideologías. Nota insigne de los Carnavales de Negros y Blancos del 5 y 6 de enero y canto de victoria del Deportivo Pasto.

En el protocolo nacional, es pieza obligada de la banda del Batallón Guardia Presidencial. El Grupo Juglares de Pasto, ganador del concurso Mono Núñez 2009, interpretando La Guaneña hizo delirar de patria a 20 mil caleños que se congregaron a festejar el Bicentenario de la Independencia en la capital del Valle, el 20 de Julio de 2010.

En los días de carnaval, las bandas de música de los municipios andinos irrumpen en la alborada con las notas de La Guaneña y no deja de escucharse en carrozas, murgas y comparsas, solares y tablados por doquier, hasta que el pueblo se agota de fiesta.

La letra más divulgada habla de la historia de una mujer muy pícara que burló a gusto a su pretendiente por un (dos, tres) peso y cuatro reales que con otro se los gastó por lo que las penas del alma con cuyes las mató. Otra elogia el temple y la bravura de la mujer pastusa en el combate: “La Guaneña al frente va, con un fusil en el hombro y alerta pa´disparar”.

Hace algunos años, la Alcaldía de Pasto hizo un concurso para motivar nuevas líricas y la Gobernación un foro sobre La Guaneña en el que la polémica giró sobre su caracterización como bambuco que hacen académicos del resto del país y la denominación de son sureño que se le da en Nariño a ese género por el instrumental, la coreografía y la forma particular de interpretación que tiene en los Andes nariñenses. Y, desde luego, para acentuar, como en tantas otras cosas, que somos diferentes.

La Guaneña en la música

En los años 60 del siglo XX, el maestro valluno Lubín Mazuera, quien fuera director de la Banda Departamental de Nariño, trajo a La Guaneña del recuerdo de las gestas patrias y así quedó incorporada en la Fonosíntesis Colombiana. Luego, el notable músico nortesantandereano Oriol Rangel hizo una magistral interpretación al piano con el Nocturnal Colombiano, acompañado de flautas, contrabajo y tambores, que la convirtió en patrimonio musical de la patria.

La Ronda Lírica, orquesta emblemática de Nariño, la grabó a finales de esa década con flauta, violín, guitarra, contrabajo y bombo, en la voz inolvidable de Bolívar Meza, con una letra, tal vez la más auténtica, de reminiscencia histórica, guerrera y heroica a la Guerra de los Mil Días:

"Cascajal, Cascajal
Se respira en mortandad
El respondo es La Guaneña
La Guaneña pa´morir"

En la serenata a Colombia, que ofreció desde la Plaza de Bolívar de Bogotá, en mayo de 1968, la Rondalla Nariñense (integrada por los tríos Martino, Los Caminantes y Condores del sur y el Dueto Arteaga y Rosero), se escuchó La Guaneña: el grito de los nariñenses indignados que reclamaban sus derechos ante un nuevo desplante centralista.

A finales de los años 70, en el marco de la cooperación internacional, la Misión Técnica y Cultural Holandesa, tras una investigación étnico musical a cargo de Bernard J. Broere y Sylvia G. Moore, se convirtió en mecenas de los magníficos y virtuosos músicos nariñenses con el patrocinio de varios álbumes de la disquera Phillips que testimoniaron el semillero artístico y la cultura en ese tapiz de retazos “donde el verde es de todos los colores”, al decir de Aurelio Arturo.

Entonces se conoció en el país a América Libre, el conjunto andino de la familia Aguirre Oliva, tan grata a los dones de Orfeo y una versión de La Guaneña a la altura de exponentes afamados del género como Inti illimani, Illapu o Quilapayún de Chile. El inédito y asombroso Coro Campesino de Providencia, distante y aislada vereda de Túquerres, dirigido por el profesor Luis Bravo Vallejo, grabó una versión coral de ensoñación y el conjunto labriego Chaimanarakúan hizo lo suyo en otro registro, antecedido por la presentación de Francisco Pachito Muñoz, auténtico y carismático animador radial pastuso.

Los Quimbaya interpretaron La Guaneña en trío y con guitarras en una letra que pasea por el Pasto antiguo. Humberto Monroy, fallecido rockero paisa, hizo una fusión pionera al frente del grupo Génesis. Chimizapagua, con la participación del pastuso José Chepe Aguirre, le dio su estilo en la onda de los Andes al igual que Los Hermanos Escamilla. Los Amerindios la adaptaron al folclor urbano. No hay agrupación de música andina que no la incluya en su repertorio.

Rumba Brava le puso salsa cuando en el interior de Colombia se despertó el furor por ese género y, en plena vigencia de la música tropical, Los Nada Que Ver hicieron bailar a sur y centro del país con La Guaneña, en la voz del prematuramente fallecido Henry XV, seguida de La culebra, de Arturo De la Rosa. La pieza comienza con Nariño Altivo, poema de De la Rosa en la voz de Alvaro Bermeo:

Nariño, tienes altivez en tu volcán Galeras
La belleza espiritual en tu Virgen de las Lajas
Alegría tumaqueña en sus playas bullangueras
Y en La Cocha, la hermosura hispana de las majas
Por eso, desde la profundidad milenaria del Chambú
Sale este agradecido grito:
Al crear Nariño ¡te sobraste Jesucristo!

Tan representativa joya del componente andino de la nacionalidad, es pieza indispensable en álbumes antológicos de la música colombiana y ha sido interpretada por todo tipo de agrupación musical: orquesta, rondalla, conjunto, big band, banda, sinfónica, filarmónica, tuna, quinteto, cuarteto, trío, mariachi. También se han realizado arreglos orquestales de gran calidad como los de los maestros Fausto Martínez, Julio Zarama, Ignacio Burbano y Lubín Mazuera

Hay versiones instrumentales en quena (Omar Flórez de Armas y del maestro pastuso Jesús Chucho Vallejo), guitarra (Luis Chato Guerrero), tiple (Pedro Nel Martínez), órgano (Gloria Belén) tiple, guitarra y bandola (el grupo nariñense Opus II Andino), en magistral sortilegio de viento de Equinoccio Todos Estrellas: la trompeta de Eduardo Maya, las dulzainas de Oscar Salazar y el saxofón de Luis Medina, acompañados en la percusión por el exitoso compositor Hugo Ortega (El trompo sarandengue y la Chaza), Alex Ramos en los teclados y Javier Martínez Maya en la guitarra. También las de la Orquesta de Instrumentos Andinos y América Libre & Banda Andina, con arreglos al mejor estilo de las big band de los 50.

El médico, compositor y músico de fantasías andinas Oscar Salazar, productor año tras año del compilado carnavalero Fuego de Volcán, ha incluido en sus distintas ediciones una decena de adaptaciones de La Guaneña, entre ellas una en la que se luce con su pareja de dulzainas, que interpreta al tiempo como pocos en el planeta, aleado a Alvaro Chicaíza, que con la marimba llama a la costa del Pacífico amalgamando las vertientes culturales del “país que sueña” del vate Arturo, a los que se suma Ferney Coral con el requinto.

La Guaneña ha sido asimilada a diversos géneros: bambuco, son sureño, sanjuanito, tropical, salsa, jazz y hasta el internacional child out, en versión electrónica suave de Fabián Quiroga, que acompaña el contoneo de los adolescentes en Ibiza y las más reconocidas discotecas del mundo, o al frenético y extrañó ska con el que la brinca la muchachada en las frías noches de Pasto.

En los países andinos de ascendencia común no han faltado interpretaciones en ofrenda, reconocimiento y hermandad, como las de Los Inkakenas y Aguamarina del Perú, Don Medardo y sus Player´s, la mejor orquesta, y Azucena Aymara del Ecuador, e incluso, una rara en Mariachi. Las más recientes versiones folclóricas colombianas las grabaron la Gran Rondalla Colombiana y los Niños Cantores de Prado (Antioquia).

En las obligadas grabaciones fiesteras para los Carnavales de Blancos y Negros, orquesta de moda que se respete, regional o nacional, le pone su estilo, tal como lo registran Wilson y sus Estrellas, la Afro Onda, la Parranda del sur, Taxi, Caramelo, Matecaña, entre muchas otras. Y no puede faltar en los toques de plaza, tablado o peña de Trigo Negro, Sol Barniz, Raíces Andinas, Dama Wa, y la Bámbara Banda. Algunos de sus compases son indispensables en mosaicos de música nariñense y tropical y como lujoso incruste melódico.

Con motivo de los 450 años de fundación de Pasto, el compositor, arreglista y director musical Raúl Rosero Polo realizó el álbum Música y paisajes de Nariño, con arreglos para gran orquesta, interpretado por músicos de las orquestas sinfónica y filarmónica de Bogotá y coros, donde se destaca soberbia La Guaneña.

La Orquesta Sinfónica de Bogotá, con arreglos del maestro Fabio Londoño y la dirección del maestro Alvaro Oviedo, incluyó La Guaneña en el cd número 7 de su seriado Memoria Musical de Colombia y en el álbum conmemorativo de los 40 años de la orquesta que obtuvo el Grammy Latino 2008 en su categoría.

Germán Villarreal, el excelente percusionista pastuso fogueado con Tito Puente, Guayacán, Tupamaros y Alquimia, creador de una la exitosa Mambo Big Band, uno de cuyos cortes fue incluido en una de las selecciones internacionales de Putumayo Records (Latin Party), en el propósito de actualizar la música tradicional de la Ronda Lírica creó Proyecto N. Con arreglos del maestro Julián Guerrero, acentuó la percusión y la guitarra acústica para acompañar la voz de Eder Ortega, con un timbre de digna recordación a Bolívar Meza. Por supuesto, La Guaneña tuvo su sitial de honor.

En la onda del latín jazz el afamado trompetista sandoneño Eduardo Lalo Maya, quien por 30 años ha hecho las delicias de los turistas en Aruba, junto con sus hermanos, el bajista Hernando y el sonidista Alvaro, realizó una brillante versión de La Guaneña en latin jazz, con una introducción expectante al estilo de Misión Imposible, en la que Lalo goza con solos de trompeta que pasean las notas de El Miranchurito y Sandóná, un son sureño fenomenal del Pote Mideros. Con su disco Sensations, Eduardo Maya fue una sorpresa en ventas en Holanda a mediados de los años 90 del siglo pasado. Uno de los cortes del cd es un mosaico de música andina que se despide con La Guaneña en un solo de trompeta alegrestálgico.

Para cerrar con broche de oro, por ahora, no podía faltar La Guaneña del destacado pianista, arreglista y compositor pastuso Edy Martínez, con un currículum de lujo en el mundo de la salsa y el jazz como partícipe de las orquestas de Ray Barreto, Mongo Santamaría, Patato Valdés y el Gato Barbieri, productor de Angel Canales, pianístico al lado del percusionista venezolano Gerardo Rosales e invitado de honor en la Cubop City del holandés Lukas Van Merjick (Homenajes a los cubanos Arsenio Rodríguez, Benny Moré y Chano Pozo), The Latin Jazz Coalition de Demetrios Kastaris e Irazu, de Raúl Gutiérrez, por solo mencionar algunas de sus ejecutorias.

Con motivo de una prolongada estadía en su patria chica, vinculado a la Universidad de Nariño y en homenaje a los 25 años del Departamento de Música, conformó una big band con músicos jóvenes y grabó un trabajo que incluye una estupenda versión suya de La Guaneña en jazz. En 2008, para su álbum Midnight jazz affair, nominado al Premio Grammy, recreó el himno popular de su tierra en una ejecución orquestal espléndida. El talentoso compatriota Hector Martignon en las notas discográficas destaca la Obra de Edy y los solos del virtuoso flautista boricua Dave Valentín quien se apropia nota a nota de la “majestuosa melodía incaica”.

Para el pastuso o el nariñense, escuchar La Guaneña fuera de su tierra es causa de añoranza y un largo suspiro. La Guaneña estruja el alma, exalta el amor patrio, nos lleva de viaje por el recuerdo hasta el olor de las naranjillas y los chilacuanes en el aire fresco, los muchos de los enamorados escondidos en el umbral, el sabor de un sorbo de hervido, la leña prendida en la tulpa, las manos de la abuela asando los cuyes en la brasa, el aletear del quinde chupando la flor, el miranchurito que parece que canta en el eucalipto y los destellos de los minacures en una noche de amor.

Nos trae del corazón las remembranzas de cuando el taita de guaguas nos llevaba de la mano a mirar los taitapuros en las gratas noches de Navidad, la quema de años viejos y las carrozas del 6 de enero. El café y el aguardiente de los velorios. Y la emoción incontenible cuando las guambras decían “te espero allacito”. Por eso digo con palabras de Aurelio Arturo, el poeta ecológico de América: “Por mi canción conocerás mi valle, su hondura en mi sollozo has de medirla” y, a la vez, que La Guaneña es “manantial de alegrías”.

Desde los recodos del alma, La Guaneña de mis amores, guerrera y querendona, perenne, inmortal.

9 de diciembre de 2010, 186 aniversario de la Batalla de Ayacucho.

sábado, 8 de enero de 2011

Carnaval Andino de Negros y Blancos: Fiesta y arte de Pasto para el mundo

Afiche Carnaval 2011, Iván Benavides

Para orgullo de Colombia el Carnaval Andino de Negros y Blancos de Pasto fue consagrado por UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Se reconoció así una de las manifestaciones más significativas de la inspiración colectiva, creativa, alegre, lúdica e irreverente de la comunidad ubicada al sur de Colombia, en el lomo de la indómita Cordillera de los Andes, celebrada en un entorno de contemplación, éxtasis, ingenio y misterio que debe preservarse como testimonio del carácter de los pastusos, para sí y para la aldea global.

De manera oficial, el carnaval se realiza del 2 al 7 de enero pero en realidad prolonga las fiestas de diciembre. En la vivencia de las comunidades de los barrios y familias de los artesanos es una ilusión permanente, puesto que la elaboración de las carrozas alegóricas que constituyen el evento central de las carnestolendas, el 6 de enero, copa buena parte del año desde que se concibe el motivo hasta la madrugada del día mismo en que se presentan ante un público expectante.

l Carnaval Andino de Negros y Blancos se realiza de manera formal desde hace 80 años, pero hunde sus raíces en los festejos, danzas y ritos agrarios precolombinos al sol y la luna de las tribus pastos y quillacinga (los taquíes o fiestas paganas que escandalizaron a los españoles) y recibe influencias del Calusturinda, el carnaval del pueblo Kamzá del Putumayo, lo que por esa vía lo avecina con el universo amazónico. En la música, los rituales, las costumbres, el lenguaje, la comida y el temperamento de los nariñenses está muy presente el legado de sus ancestros.

Las ruidosas celebraciones de los esclavos, originadas en los actuales departamentos de Antioquia y del Cauca, por el día franco que les reconocieron los amos en ofrenda del rey Melchor, o al obtener su libertad, se señalan como antecedente del Día de los Negros, el 5 de enero. Las procesiones, juras, fiestas reales, autos sacramentales, piezas teatrales, santos reyes y fastos impuestos por el imperio católico español en la conventual Pasto colonial, también imprimieron su huella perdurable en los festejos. De esas tres vertientes culturales es tributario el carnaval. Todo lo cual, tanto en su hibridación como en su diversidad, lo hace único y a la vez universal.

Festejo del pueblo, canto a la tierra

La víspera de negros y blancos se siente un estado colectivo de ansiedad, la pasión ígnea de los sureños reverbera alborotada aquí y allá. La primera semana de enero, el que atraviese el cañón del Juananbú hacia el sur, entra por la puerta mágica de la fantasía para vivir los días más alucinantes de su vida, caer en el éxtasis de la rumba, el licor y el juego, tras de lo cual le cuesta salir del trance. Siempre querrá regresar.

El Carnaval se inicia el 2 de Enero con la Alborada a la Virgen de las Mercedes, patrona tutelar de la Villaviciosa de la Concepción San Juan de Pasto por orden de su majestad desde los tiempos de la dominación española. En el atrio de la iglesia, una tuna eleva una ofrenda de gratitud, mientras cientos de indígenas y campesinos provenientes de los corregimientos de Pasto se santiguan y encomiendan para iniciar la fiesta.

En la noche, los jóvenes llenan la Plaza del Carnaval con rock, pop, funk, ska y otros géneros, algunos con interesantes fusiones con instrumental y sonidos andinos, al tiempo que en otros escenarios de la ciudad los adultos se dan cita el Festival internacional de tríos, el bolero y la balada. Se abren los tablados populares en los que orquestas nativas y foráneas amenizan una maratón de baile que culmina cuatro días después.

El 3 de enero temprano, el Alcalde de Pasto entrega el bastón de mando a las autoridades indígenas de los corregimientos adyacentes a la ciudad, en un tradicional reconocimiento de su mandato ancestral. Luego, las colonias de los municipios de Nariño que habitan en Pasto, organizadas en comparsas, desfilan por la ciudad exhibiendo la riqueza cultural y la diversidad étnica del departamento, desde la Costa Pacífica con sus marimbas y currulaos hasta las alturas de los Andes y sus aires de nostalgia. Al mediodía, los niños y las niñas hacen suya la celebración, asumiendo la herencia que les trasmiten los mayores para la pervivencia del jolgorio, festejan El Carnavalito.

Al atardecer, llega el Canto a la tierra. En homenaje a la madre eterna de la subsistencia (la Pacha Mama inca), un desfile de colectivos coreográficos masivo y multicolor atraviesa la ciudad interpretando rondas y cantos andinos, compitiendo por el primer lugar para ganar el honor de liderar el desfile magno del 6 de enero. En los años recientes sobresale Indoamericanto: hasta mil 500 personas danzando al tenor de quenas, capadores, zampoñas, sikuris, flautas y rondadores, ataviadas de manera similar con vistosos disfraces multicolores y antifaces relumbrantes con reminiscencias milenarias.

Con el desfile de La Familia Castañeda, el 4 de enero, se rememora el episodio de comienzos del siglo XX cuando una familia deambulaba extraviada por la ciudad en busca de la vía hacia el Santuario de las Lajas y recibió la atención y albergue de unos pastusos encopados. Pasaje que reivindica la hospitalidad reconocida a los pastusos y nariñenses. En el desfile se pasean escenas de la vida de la ciudad de antaño para el regocijo y la nostalgia. Al final de la parada, Pericles Carnaval lee un jocoso bando para recibir a la familia Castañeda, declarar oficialmente iniciado el festejo y dar rienda suelta a la algarabía. La música andina se toma por tres días consecutivos la Concha Acústica Agustín Agualongo con el Festival Pawari Runa (en quechua: el pueblo alzando vuelo).

Palenque lúdico, juego de blancos y desfile magno

Con la abolición de la esclavitud en 1851, el 5 de enero, tradicional día de asueto ofrecido por los amos, adquirió una connotación de refrendación libertaria. Iniciado en el vecino Cauca, el festejo se expandió al actual Departamento de Nariño, en cuyo litoral Pacífico vive población afrodescendiente sobreviviente de la explotación colonial en los aluviones auríferos de los ríos Güelmambí y Telembí.

Al comienzo, cuadrillas de 10 o más hombres negros, remembrando el cateo de oro, en bulliciosa correría, mediante el uso de tiznes, betunes y hollines embadurnaban el rostro de los blancos en confraternidad festiva. Despuntando el siglo XX, la población de Pasto se dio al goce de untarse mutuamente de negro, entregarse a la parranda y sublimarse a través de otro rostro. Al denominarlo Palenque Lúdico, en la actualidad se reivindica el sitio donde se ocultaban los negros cimarrones tras su huída, al juego como divertimento y aprendizaje, arma encantada para escapar de la rigidez convencional que sobrellevamos, y el componente afro de la cultura nariñense. ¡Una pintica por favor! es el ruego juguetón que se escucha por doquier. Las comunas se toman la ciudad.

El día de los blancos, o de reyes, sigue la secuencia. Según la anécdota, en la mañana del 6 de enero de 1912, Ángel María López y otros trasnochados empleados de una sastrería, aprovecharon el descuido de la mesera de una cantina, le quitaron el maquillaje, salieron a la calle y comenzaron a empolvar a los vecinos al grito de ¡Viva el blanquito! ¡Viva el negrito! Fue el bautizo de un acontecimiento surgido de las tradiciones festivas de origen español y, luego, de las fiestas patrias y públicas que se daban antaño.

Desde muy temprano, la gente se prepara para tomar lugar en los palcos pagados o en los balcones, ventanas, terrazas y calles ubicadas en la senda del jolgorio que va de la central Plaza del Carnaval hasta las afueras de la ciudad. Los amanecidos, aún con el rostro ennegrecido gritan ¡Viva el 6 de enero! y los transeúntes responden en coro ¡Viva! descargándose mutuamente talegadas de harina, talco y espuma carnavalera.

Comienzan a sonar las bandas y las murgas. Arde la verbena, el viento se atosiga de alhucema y burbujas, grandes y chicos ríen, cantan y bailan. Antes del mediodía, la ciudad es un gigantesco tapiz blanco: hasta 200 mil inmaculadas almas en el asfalto, gente nívea de pies a cabeza delira arrojando carioca (espuma) y talcos perfumados, hasta que aparece la procesión carnavalesca: el desfile magno.

Carrozas majestuosas y descomunales -20 metros de alto por 25 metros de largo- con motivos diversos y fantásticos, pintados en vivos colores sobre papier maché, cartón piedra, icopor, fibra de vidrio y polímeros ligeros; modeladas sobre estructuras de alambre, madera y varillas de hierro y parapetadas en planchones de camiones de gran tracción, avanzan pesada y lentamente.

Los escenarios y las figuras se mueven en forma mecánica debido a la habilidad e ingenio de sus creadores. Desde el interior, el artesano responsable -maestro creador- , su familia y los jugadores que se han ganado el derecho a estar allí por su colaboración, arengan al público con el visceral ¡Viva Pasto, carajo!, arrojan pirulíes y serpentinas y se contonean con el sonido de la música vernácula que interpreta la murga acompañante.

Son la obra cumbre del semillero de artesanos que mantienen viva la tradición prehispánica del moldeado de figuras en barniz (mopa-mopa) y tamo y el arte colonial del tallado en madera y el repujado en cuero. Labor apenas compensada por el estímulo de la organización del evento, el deseo de triunfar y la gratitud del público, pero que en el fondo se convirtió para los cultores en una cita obligada con el arte, con su pueblo y con la fiesta, con piezas espléndidas que días después desaparecerán como muestra de un arte espectacular pero efímero.

El desfile puede durar 5 o más horas. Mientras avanzan las carrozas, entre gritos y chanzas con la concurrencia, la gente comparte “un traguito”, chistes, besos, abrazos y caricias en corrillos a lo largo de la senda. A estas alturas los jugadores parecen extrañas esculturas de yeso meneándose al son de La Guaneña, el bambuco épico (como son sureño caracterizan los nariñenses éste género) que animó al ejército libertador en la Batalla de Ayacucho y desde entonces constituye el himno popular de la región. Aunque su imperio ha cedido en los últimos años frente al avasallamiento de géneros como el vallenato, en su versión más cursi, o la música mexicana con Vicente Fernández en concierto de cierre en 2010. Mucha gente así lo quiere y, como decía Goethe, el carnaval no es una fiesta que se le da al pueblo sino que el pueblo se da a sí mismo.

Después de la premiación, los concursantes estacionan las obras en sus barrios o en vías principales para que el público las aprecie en detalle mientras se desbaratan a la intemperie. El fandango continúa en tablados, clubes, calles y en los bailes familiares. La resaca del 7 de enero se cura en el corregimiento de Catambuco o en el Festival del Cuy y de la Cultura Campesina, evento final en el que miles de estos nobles roedores, conocidos en el mundo como “conejillos de indias” por su uso en la investigación, con probada fama de cualidades proteínicas, curativas y afrodisíacas desde los tiempos del imperio inca, hacen las delicias de la gente que ya empieza a añorar otro carnaval.

Es el carnaval. En Pasto, “una transversal cultural con expresión lúdica en el espacio urbano”. Consustancial a la historia de la humanidad. Ofrenda a los dioses y burla del poder. Un paréntesis alborozado a la rutina, a las prescripciones y a las limitaciones del vivir. Un momento de desahogo, de descarga, de purga y de insolencia. También, un acto de encuentro, de renovación, de creación y de esperanza. La celebración de que como pueblos y como individuos, estamos vivos.