La Navidad me gusta, como a muchísima gente, por la tradición familiar, la francachela con los amigos y amigas, la luminosidad y el festejo, la natilla y los buñuelos, los abrazos y regalos, las expresiones de solidaridad, generosidad y afecto, y el pretérito enigmático que la envuelve. No me gusta, como a tanta otra, por la retahíla de la novena, el sonsonete de los villancicos, la rezadera autómata, el festín de los mercachifles, las falsas promesas, las frases hipócritas y el embuste de gozársela como una costumbre idólatra simulando lealtad a una historia fraudulenta inventada y fomentada para mantener fiel al rebaño.
La Natividad, en su contenido
teológico, es una de las tantas invenciones, a través de los siglos, de los
“sumos pontífices”, “santos y santas” y curas y monjas para dar cuerpo
doctrinario a la religión católica. Sin certeza sobre la fecha de nacimiento de
Jesús, para ganarse a los pueblos paganos, adaptaron el 25 de diciembre,
momento del calendario en que por iniciarse el solsticio de invierno en el hemisferio
norte, estos celebraban al Sol victorioso, la fecundidad y la cosecha. Así,
comparte fecha de advenimiento con personajes mitológicos como Apolo en Roma,
Horus en Egipto, Harpócrates en Grecia, Mitra, Manú y Buda en la India,
Huitzilopochtli de los aztecas e Inti de los incas, y una madre virgen que da a
luz en el abrigo de un establo.
Las investigaciones dicen que no
es la única falsedad o treta oportunista que se convertiría en rito. La mayor
parte de los hechos que configuran la Navidad fueron ideados en el siglo IV
d.n.e. a partir de la suma de leyendas. Jesús no nació en Belén, la virgen
María perdió la virginidad y tuvo más prole -afirmación cuya cita le costó la
prohibición de escribir para el público al Padre Alfonso Llano; los tres reyes
no eran reyes, no eran magos, ni eran tres. No hubo día de los inocentes ni
estrella de David. A Melchor lo pintaron de negro en el siglo XVI para atraer a
la gente de esa raza del África mientras los reyes católicos eran bendecidos
por esclavizarla. Los tiernos villancicos surgieron de los no tan tiernos
cantos cortesanos. Francisco de Asís “vistió” por primera vez el pesebre en el
siglo XVII. De Castilla nos viene la religión, el idioma y lo villanos.
El día de las velitas (7 de
diciembre), es la particular celebración colombiana de la proclamación por Pio
IX del dogma de la “inmaculada concepción” -un verdadero milagro porque concibe
sin embarazo dos semanas después- y el inicio de la parranda navideña, que en Cali
y Medellín arranca el primero de diciembre abaleando el cielo, ya se sabe
porque. El fuego y la luz han sido
objeto ritual desde los albores de la humanidad. La novena, que se reza y
festeja en Colombia, la escribió el cura ecuatoriano Francisco Larrea y se le
agregaron los cantos o gozos de María Ignacia, una monja hija de Soledad Acosta
de Samper. El buñuelo y la natilla se impusieron con el tiempo. La pólvora es
un antiquísimo invento chino que por décadas cobró dedos y torturó animales hasta
que la razón ha impuesto su manejo responsable y la tecnología la sustituye,
aunque no pocos atorrantes y la subcultura narco insistan en el alboroto.
En otros tiempos, el “Niño Jesús”
traía los regalos, que aparecían de la nada la madrugada del 25 de diciembre,
tras la bebeta, comilona y bailata del 24, hasta que los niños descubrieron que
los colocaba el papá enguayabado en calzoncillos, antes junto al pesebre,
después al pie del pino lleno de luces, bolas y escarcha, costumbre importada
de Europa. Como el monje turco
disfrazado de rojo en EE.UU. por Coca Cola que vuela en trineo desde los polos arrastrado
por venados para colarse por las chimeneas, desplazando al “divino niño”, a
dejar los regalos impuestos por la industria de la juguetería y el
entretenimiento made in USA. Ahora San Nicolás, Santa Claus o Papá Noel, aparece
también vestido de verde o azul vendiendo celulares. Todas esas vainas llevaron
a García Márquez a hablar de la “Navidad siniestra”.
Como la Nochebuena, la catedral
católica está empedrada en fruslerías, falsedades, crímenes abominables,
pederastia, complicidades, boato, sangre, persecuciones, violencia, guerra,
aberraciones, robos, estafas y terror. Basta leer el ensayo La puta de Babilonia de Fernando Vallejo
o Las mentiras de la iglesia de Pepe
Rodríguez para repasar el horror que ha significado para buena parte de la
humanidad, para asombrarse de tanta mentira. No obstante, cada vez con menos
fuerza, Occidente sigue siendo religioso y mayoritariamente católico. La razón,
como lo sostiene Richard Dawkins, es que la arquitectura del poder
institucional, económico y social tiene esa matriz, y, además, es
ideológicamente funcional al capitalismo. Según el filósofo Michel Onfray, es
un poder construido sobre la represión al placer y el sofisma del libre
albedrío, por lo que aboga por liberar al hombre de esas ataduras que lo
sojuzgan.
No se pueden desconocer los
importantes aportes de las religiones a la preservación de la especie, la
cultura y el arte, la moral y la ética, y, algunas veces, a la cohesión de los
pueblos frente a riesgos catastróficos; tampoco las atrocidades extremistas de
los fundamentalismos, pero la
arqueología, historia, literatura fundacional,
bases conceptuales, preceptos, dogmas, conformación institucional y
formas de imposición y dominación del catolicismo han sido desnudadas,
rebatidas y hasta puestas en ridículo por el propio Dawkins, Cristopher
Hitchens y el científico Stephen Hawking en el debate reciente. Matthew Alper,
en Dios está en el cerebro, califica
la religión, las religiones, como un invento del hombre, un ingrediente
genético evolutivamente incorporado en la mente del ser humano, como antídoto
para enfrentar la siempre atormentante certeza consciente de la muerte, de la
finitud de la existencia y la acechanza permanente de los miedos.
Para Dawkins es un fenómeno
cultural arteramente inoculado y cuyas prácticas y creencias son transportadas
por los siglos a través de una especie de genes ideológicos. Califica al
catolicismo como una de las más absurdas y peores experiencias de la humanidad.
En perspectiva, el teólogo y filósofo valenciano Mariá Carbí, en un aporte erudito
y contundente, define las religiones como un hecho cultural que permitió
programar las sociedades preindustriales pero que ha perdido sentido en la
sociedad del conocimiento, por lo que llama a recoger lo mejor de ellas hacia
una espiritualidad laica. Sin creencias, sin religiones y sin dioses. Punto de
vista que comparto. No puede ser posible que una parte del mundo católico siga condenando
el homosexualismo, el aborto, la eutanasia y el sexo seguro, para agravar la
miseria, la discriminación y la violencia en el mundo, hechos que muestran un
odio atroz del Dios católico contra la especie humana, a la que la institución
mantiene fiel con amenazas apocalípticas, como sostiene Dawkins.
Así las cosas, no deja de ser
contradictorio que quienes abanderan procesos que se reclaman progresistas, ideológicamente sustentados en
el materialismo y por ende proclives al ateísmo, de repente, ante situaciones
personales dramáticas, promuevan rituales e invocaciones de la rancia tradición
católica. Pero es explicable. Es el caso de Latinoamérica y El Caribe, donde
las mayorías -a pesar de la competencia de las iglesias y sectas en boga- profesan
el catolicismo, herencia colonial castellana impuesta a rajatabla y, en buena
parte de nuestra historia, corresponsable, desde el poder, de las injusticias,
la represión, el sojuzgamiento y el atraso de nuestros pueblos. Sin embargo,
millones de personas siguen orando a diario, encomiendan a sus seres queridos a
Dios, van a misa los domingos y comparten rituales que en colectivo son
vivencias de fe y esperanza, así el día a día reniegue con su dureza lo que en
la capilla es una ilusión. No en todos los casos, desde luego. Si el creyente es
“exitoso” más razones tiene para creer. Pregúntenselo a un sicario o un traqueto.
También hay coincidencias entre
los postulados del socialismo con la práctica religiosa comprometida en la
lucha contra la injusticia y por la equidad en una lectura liberadora de los
evangelios, con ejemplos históricos desde las catacumbas romanas hasta las
paupérrimas veredas del Tercer Mundo. Ese encuentro fue el que advirtió Fidel
Castro para matizar la contundente afirmación marxista de que la religión es
“el opio del pueblo” -que lo es como aparato de dominación-, exaltar páginas
memorables de la historia del cristianismo, llevar por buen camino las
relaciones con las iglesias de su país, encomiar las labores de beneficencia de
los laicos y el clero y saludar el compromiso de cientos de creyentes con el
cambio social. Reflexiones y realidades consignadas ampliamente en la larga
entrevista con Gianni Mina, "Fidel y la religión".
En esa corriente militaron Torres,
vida segada por una muerte estúpida; Gaspar García Laviana y Oscar Arnulfo
Romero, asesinados por católicos al servicio de los poderosos, en Nicaragua y El
Salvador; Fernando y Ernesto Cardenal -increpado grotescamente por el Papa Juan
Pablo II, orientado por Joshep Ratzinger, por su papel en la Revolución
Sandinista-; Sergio Méndez Arceo en México, Pedro Casaldáliga en Brasil,Monseñor Leonidas
Proaño en Ecuador y tantos sacerdotes de a pie a lo largo del continente y el
mundo. La Iglesia de los Pobres, de Gerardo Valencia Llano, René García y Golconda; Medellín y Puebla, las
Comunidades Eclesiales de Base y la Teología de la Liberación, teorizada por
Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Paolo Richard, Enrique Dussel, Ignacio
Ellacuria, Fracoise Hutard, Frey Beto e Ignacio Martín Baró y sus compañeros de
luchas (asesinados por militares en El Salvador).
Los aportes cristianos para la liberación
del periodismo concientizador que en
Solidaridad y Utopías hicimos con
la orientación de Héctor Torres. El catolicismo solidario y humanista de Camilo
Torres Restrepo, Francisco De Roux, Mario Peressón, Javier Giraldo, René García,
y los mártires Alcides Jiménez, Héctor Gallego, Bernardo López Arroyave,
Teresita Ramírez, Yolanda Cerón, Sergio Restrepo, Guillermo Céspedes, Nevardo
Fernández, Luz Stella Vargas, Mario Calderón, Elsa Alvarado, el sacerdote de
origen nasa Álvaro Ulcué y Antonio
Hernández Niño, nuestro compañero de Solidaridad,
acribillado de rodillas “por confusión” en la guerra sucia que tantos aún
añoran en lugar de compartir un pan.
Esa savia que alimenta la nueva espiritualidad basada en
principios y valores de amor a la humanidad, defensa irrenunciable de la plena
vigencia de los derechos humanos, respeto absoluto a la diversidad y el
pluralismo, acogimiento a la soberanía, autodeterminación e independencia de los pueblos, búsqueda
permanente de la paz y práctica constante de la solidaridad. Principios
vapuleados por el neoimperialismo y el sionismo en la atormentada y
ensangrentada Gaza, la Palestina que vio nacer al Jesús por estas calendas motivo
de tantos festejos, mientras masacran a su pueblo.
Verdaderos “milagros” se atribuyen a la
conjunción de humanismo, energía y espiritualidad, que la creencia popular
adjudica a manifestaciones divinas, pero que son una demostración del poder del
afecto de los seres que habitamos este punto del universo. Así lo explicó, en
forma sugestiva, ese costeño fascinante que en vida llevó el nombre de Jaime
Bateman Cayón: “Si una persona es absolutamente sentida, constantemente
querida, si en ella se dan cita una cantidad de afectos fuertes, el afecto de
la mamá, de las hermanas, de la amante, de los amigos, esa cadena de afectos lo
defiende de la muerte, del peligro, lo vuelve casi inmortal…Porque el amor es
la certeza de la vida. Es la sensación de la inmortalidad.” Ya es hora de
superar la ilusión de que “Dios es amor” por la vivificante afirmación, el amor
es mi dios.



