miércoles, 24 de diciembre de 2025

Navidad, catolicismo y nueva espiritualidad



La Navidad me gusta, como a muchísima gente, por la tradición familiar, la francachela con los amigos y amigas, la luminosidad y el festejo, la natilla y los buñuelos, los abrazos y regalos, las expresiones de solidaridad, generosidad y afecto, y el pretérito enigmático que la envuelve. No me gusta, como a tanta otra, por la retahíla de la novena, el sonsonete de los villancicos, la rezadera autómata, el festín de los mercachifles, las falsas promesas, las frases hipócritas y el embuste de gozársela como una costumbre idólatra simulando lealtad a una  historia fraudulenta inventada y fomentada para mantener fiel al rebaño.

La Natividad, en su contenido teológico, es una de las tantas invenciones, a través de los siglos, de los “sumos pontífices”, “santos y santas” y curas y monjas para dar cuerpo doctrinario a la religión católica. Sin certeza sobre la fecha de nacimiento de Jesús, para ganarse a los pueblos paganos, adaptaron el 25 de diciembre, momento del calendario en que por iniciarse el solsticio de invierno en el hemisferio norte, estos celebraban al Sol victorioso, la fecundidad y la cosecha. Así, comparte fecha de advenimiento con personajes mitológicos como Apolo en Roma, Horus en Egipto, Harpócrates en Grecia, Mitra, Manú y Buda en la India, Huitzilopochtli de los aztecas e Inti de los incas, y una madre virgen que da a luz en el abrigo de un establo.

Las investigaciones dicen que no es la única falsedad o treta oportunista que se convertiría en rito. La mayor parte de los hechos que configuran la Navidad fueron ideados en el siglo IV d.n.e. a partir de la suma de leyendas. Jesús no nació en Belén, la virgen María perdió la virginidad y tuvo más prole -afirmación cuya cita le costó la prohibición de escribir para el público al Padre Alfonso Llano; los tres reyes no eran reyes, no eran magos, ni eran tres. No hubo día de los inocentes ni estrella de David. A Melchor lo pintaron de negro en el siglo XVI para atraer a la gente de esa raza del África mientras los reyes católicos eran bendecidos por esclavizarla. Los tiernos villancicos surgieron de los no tan tiernos cantos cortesanos. Francisco de Asís “vistió” por primera vez el pesebre en el siglo XVII. De Castilla nos viene la religión, el idioma y lo villanos.

El día de las velitas (7 de diciembre), es la particular celebración colombiana de la proclamación por Pio IX del dogma de la “inmaculada concepción” -un verdadero milagro porque concibe sin embarazo dos semanas después- y el inicio de la parranda navideña, que en Cali y Medellín arranca el primero de diciembre abaleando el cielo, ya se sabe porque.  El fuego y la luz han sido objeto ritual desde los albores de la humanidad. La novena, que se reza y festeja en Colombia, la escribió el cura ecuatoriano Francisco Larrea y se le agregaron los cantos o gozos de María Ignacia, una monja hija de Soledad Acosta de Samper. El buñuelo y la natilla se impusieron con el tiempo. La pólvora es un antiquísimo invento chino que por décadas cobró dedos y torturó animales hasta que la razón ha impuesto su manejo responsable y la tecnología la sustituye, aunque no pocos atorrantes y la subcultura narco insistan en el alboroto.

En otros tiempos, el “Niño Jesús” traía los regalos, que aparecían de la nada la madrugada del 25 de diciembre, tras la bebeta, comilona y bailata del 24, hasta que los niños descubrieron que los colocaba el papá enguayabado en calzoncillos, antes junto al pesebre, después al pie del pino lleno de luces, bolas y escarcha, costumbre importada de Europa.  Como el monje turco disfrazado de rojo en EE.UU. por Coca Cola que vuela en trineo desde los polos arrastrado por venados para colarse por las chimeneas, desplazando al “divino niño”, a dejar los regalos impuestos por la industria de la juguetería y el entretenimiento made in USA. Ahora San Nicolás, Santa Claus o Papá Noel, aparece también vestido de verde o azul vendiendo celulares. Todas esas vainas llevaron a García Márquez a hablar de la “Navidad siniestra”.

Como la Nochebuena, la catedral católica está empedrada en fruslerías, falsedades, crímenes abominables, pederastia, complicidades, boato, sangre, persecuciones, violencia, guerra, aberraciones, robos, estafas y terror. Basta leer el ensayo La puta de Babilonia de Fernando Vallejo o Las mentiras de la iglesia de Pepe Rodríguez para repasar el horror que ha significado para buena parte de la humanidad, para asombrarse de tanta mentira. No obstante, cada vez con menos fuerza, Occidente sigue siendo religioso y mayoritariamente católico. La razón, como lo sostiene Richard Dawkins, es que la arquitectura del poder institucional, económico y social tiene esa matriz, y, además, es ideológicamente funcional al capitalismo. Según el filósofo Michel Onfray, es un poder construido sobre la represión al placer y el sofisma del libre albedrío, por lo que aboga por liberar al hombre de esas ataduras que lo sojuzgan. 

No se pueden desconocer los importantes aportes de las religiones a la preservación de la especie, la cultura y el arte, la moral y la ética, y, algunas veces, a la cohesión de los pueblos frente a riesgos catastróficos; tampoco las atrocidades extremistas de los fundamentalismos, pero  la arqueología, historia, literatura fundacional,  bases conceptuales, preceptos, dogmas, conformación institucional y formas de imposición y dominación del catolicismo han sido desnudadas, rebatidas y hasta puestas en ridículo por el propio Dawkins, Cristopher Hitchens y el científico Stephen Hawking en el debate reciente. Matthew Alper, en Dios está en el cerebro, califica la religión, las religiones, como un invento del hombre, un ingrediente genético evolutivamente incorporado en la mente del ser humano, como antídoto para enfrentar la siempre atormentante certeza consciente de la muerte, de la finitud de la existencia y la acechanza permanente de los miedos.

Para Dawkins es un fenómeno cultural arteramente inoculado y cuyas prácticas y creencias son transportadas por los siglos a través de una especie de genes ideológicos. Califica al catolicismo como una de las más absurdas y peores experiencias de la humanidad. En perspectiva, el teólogo y filósofo valenciano Mariá Carbí, en un aporte erudito y contundente, define las religiones como un hecho cultural que permitió programar las sociedades preindustriales pero que ha perdido sentido en la sociedad del conocimiento, por lo que llama a recoger lo mejor de ellas hacia una espiritualidad laica. Sin creencias, sin religiones y sin dioses. Punto de vista que comparto. No puede ser posible que una parte del mundo católico siga condenando el homosexualismo, el aborto, la eutanasia y el sexo seguro, para agravar la miseria, la discriminación y la violencia en el mundo, hechos que muestran un odio atroz del Dios católico contra la especie humana, a la que la institución mantiene fiel con amenazas apocalípticas, como sostiene Dawkins.

Así las cosas, no deja de ser contradictorio que quienes abanderan procesos que se reclaman  progresistas, ideológicamente sustentados en el materialismo y por ende proclives al ateísmo, de repente, ante situaciones personales dramáticas, promuevan rituales e invocaciones de la rancia tradición católica. Pero es explicable. Es el caso de Latinoamérica y El Caribe, donde las mayorías -a pesar de la competencia de las iglesias y sectas en boga- profesan el catolicismo, herencia colonial castellana impuesta a rajatabla y, en buena parte de nuestra historia, corresponsable, desde el poder, de las injusticias, la represión, el sojuzgamiento y el atraso de nuestros pueblos. Sin embargo, millones de personas siguen orando a diario, encomiendan a sus seres queridos a Dios, van a misa los domingos y comparten rituales que en colectivo son vivencias de fe y esperanza, así el día a día reniegue con su dureza lo que en la capilla es una ilusión. No en todos los casos, desde luego. Si el creyente es “exitoso” más razones tiene para creer. Pregúntenselo a un sicario o un traqueto.

También hay coincidencias entre los postulados del socialismo con la práctica religiosa comprometida en la lucha contra la injusticia y por la equidad en una lectura liberadora de los evangelios, con ejemplos históricos desde las catacumbas romanas hasta las paupérrimas veredas del Tercer Mundo. Ese encuentro fue el que advirtió Fidel Castro para matizar la contundente afirmación marxista de que la religión es “el opio del pueblo” -que lo es como aparato de dominación-, exaltar páginas memorables de la historia del cristianismo, llevar por buen camino las relaciones con las iglesias de su país, encomiar las labores de beneficencia de los laicos y el clero y saludar el compromiso de cientos de creyentes con el cambio social. Reflexiones y realidades consignadas ampliamente en la larga entrevista con Gianni Mina, "Fidel y la religión".

En esa corriente militaron Torres, vida segada por una muerte estúpida; Gaspar García Laviana y Oscar Arnulfo Romero, asesinados por católicos al servicio de los poderosos, en Nicaragua y El Salvador; Fernando y Ernesto Cardenal -increpado grotescamente por el Papa Juan Pablo II, orientado por Joshep Ratzinger, por su papel en la Revolución Sandinista-; Sergio Méndez Arceo en México,  Pedro Casaldáliga en Brasil,Monseñor Leonidas Proaño en Ecuador y tantos sacerdotes de a pie a lo largo del continente y el mundo. La Iglesia de los Pobres, de Gerardo Valencia Llano, René García  y Golconda; Medellín y Puebla, las Comunidades Eclesiales de Base y la Teología de la Liberación, teorizada por Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Paolo Richard, Enrique Dussel, Ignacio Ellacuria, Fracoise Hutard, Frey Beto e Ignacio Martín Baró y sus compañeros de luchas (asesinados por militares en El Salvador).

Los aportes cristianos para la liberación del periodismo concientizador que en Solidaridad y Utopías hicimos con la orientación de Héctor Torres. El catolicismo solidario y humanista de Camilo Torres Restrepo, Francisco De Roux, Mario Peressón, Javier Giraldo, René García, y los mártires Alcides Jiménez, Héctor Gallego, Bernardo López Arroyave, Teresita Ramírez, Yolanda Cerón, Sergio Restrepo, Guillermo Céspedes, Nevardo Fernández, Luz Stella Vargas, Mario Calderón, Elsa Alvarado, el sacerdote de origen nasa Álvaro Ulcué y  Antonio Hernández Niño, nuestro compañero de Solidaridad, acribillado de rodillas “por confusión” en la guerra sucia que tantos aún añoran en lugar de compartir  un pan.

Esa savia  que alimenta la nueva espiritualidad basada en principios y valores de amor a la humanidad, defensa irrenunciable de la plena vigencia de los derechos humanos, respeto absoluto a la diversidad y el pluralismo, acogimiento a la soberanía, autodeterminación  e independencia de los pueblos, búsqueda permanente de la paz y práctica constante de la solidaridad. Principios vapuleados por el neoimperialismo y el sionismo en la atormentada y ensangrentada Gaza, la Palestina que vio nacer al Jesús por estas calendas motivo de tantos festejos, mientras masacran a su pueblo.

 Verdaderos “milagros” se atribuyen a la conjunción de humanismo, energía y espiritualidad, que la creencia popular adjudica a manifestaciones divinas, pero que son una demostración del poder del afecto de los seres que habitamos este punto del universo. Así lo explicó, en forma sugestiva, ese costeño fascinante que en vida llevó el nombre de Jaime Bateman Cayón: “Si una persona es absolutamente sentida, constantemente querida, si en ella se dan cita una cantidad de afectos fuertes, el afecto de la mamá, de las hermanas, de la amante, de los amigos, esa cadena de afectos lo defiende de la muerte, del peligro, lo vuelve casi inmortal…Porque el amor es la certeza de la vida. Es la sensación de la inmortalidad.” Ya es hora de superar la ilusión de que “Dios es amor” por la vivificante afirmación, el amor es mi dios.

viernes, 19 de diciembre de 2025

Bolívar descrito con saña

Centenario de “Estudios sobre la vida de Bolívar” de José Rafael Sañudo

En memoria de Julián Bastidas Urresty



José Rafael Sañudo, nació y murió en Pasto, su ciudad natal (1872-1943). Fue un caballero a la antigua, de finos modales, bien hablado, católico ultramontano, intelectual de quilates, independiente de partido pero de espíritu conservador; labrado en la autoformación en lenguas clásicas, derecho, historia y literatura, lo que le generó gran reconocimiento y aprecio local y del poder central del país, para desempeñar altos cargos judiciales, magisteriales y la primera presidencia de la naciente Academia de la Historia de Nariño, a comienzos del siglo XX. Por su carácter reservado y modesto, rechazó varias distinciones y, en una rectitud encomiable, como abogado, asumía las costas si el error era suyo.

Publicó la primera novela conocida en el actual departamento de Nariño, “La expiación de una madre”, a finales del siglo XIX; elaboró una ambiciosa historia de la ciudad de Pasto, de la que alcanzó a imprimir tres volúmenes, tan detallada y colmada de datos, que fue admirada por intelectuales connotados. También concibió una “Filosofía del Derecho” que, dicen testigos, fue texto en facultades de Argentina y recibió elogios del mismísimo jurista Giorgio Del Vechio, en Roma. En su libro “Otro panamismo”, en forma valiente, condenó los supuestos lesivos arreglos limítrofes con Ecuador, del Ministro de Relaciones Exteriores, Marco Fidel Suárez.

Pero el escrito suyo que desató furias, y algunos aplausos, fue “Estudios sobre la vida de Bolívar” publicado en octubre de 1925, unas décadas después de que Carlos Marx, su antípoda ideológica, también cometiera graves errores de apreciación sobre la acción del Libertador, el “bellaco embaucador”. Un libro hecho con rabia. Con la saña de Sañudo, sinónimo de feroz e iracundo.  

“Desde la sangre que corría por sus venas, hasta la misma agonía. Su vida, un tejido de crímenes, en que actuaron la vanidad, la traición, la crueldad, la envidia, la lujuria, el engaño, la soberbia, y cuantas pasiones y vicios hacen de un hombre un ser abominable.”

Otra cosa dice la historia: Simón Bolívar (24.7.1783, Caracas, Venezuela, 17.12.1830, Santa Marta, Colombia) peleó en 447 batallas, siendo derrotado sólo 6 veces. Cabalgó 123 mil km., recorrió 10 veces más que Aníbal, 3 veces más que Napoleón y el doble de Alejandro Magno. Venció al imperio más poderoso de su tiempo, ganando la libertad para cinco naciones, entre ellas Colombia, según resumen de BBC de Londres, año 2000. 

La bronca corresponde, en parte, a la indignación, frente a las conminaciones indeseadas, las imposiciones, los insultos, los ataques, los destierros y la violencia ejercida por las tropas patriotas, por más de una década, tratando de atraer a la república a los indómitos y leales monarquistas pastusos. Es el repudio por la “La Navidad Negra” del 24 de diciembre de 1823, cuando el ejército republicano, al mando de Antonio José de Sucre, ebrio por los fragores de la guerra, dio rienda suelta a la ira y la venganza contra la resistencia realista, ocasionando cientos de muertos, violaciones, robos, saqueos y destrucción. 

Por supuesto, a Sañudo le era imposible analizar que, si bien el ejército libertador tuvo un rapto de desquicio, ganar a Pasto fue un paso fundamental para liberar al Perú y de esa manera consolidar la Independencia. Bolívar consideraba que el fin de la dominación colonial llegaría con la derrota de ejército realista allá. Pasto, en el trayecto, se opuso a toda conminación y pagó caro el precio de su obstinación. 

En lo militar, no le halla mérito alguno. Cuando triunfa, es por disponer de mayor número de tropa y le increpa crueldad por el número de bajas enemigas. Le achaca la “Guerra a muerte”, que alineó a los americanos en la causa ante el horror impuesto por los españoles. Sañudo prefiere decir que la Independencia fue el fruto desafortunado y a destiempo, de los levantamientos liberales en España. En sus escarnios, no le da chance para rebajarlo:

“En el cuerpo de esta historia habrán notado sus cualidades de guerrero, desde luego que en el Pantano de Vargas, si no es por Rondón, se hubiera consumado la derrota de los republicanos; que Boyacá fue un asalto; que en Carabobo tenía una extraordinaria superioridad sobre Latorre; que en Bomboná fue rechazado, y que en Junín fue un encuentro fortuito de caballerías, sin ordenamiento alguno de su parte”.




No advierte las diferencias en el objetivo de la lucha, entre Bolívar y otros líderes rebeldes (Santander, Páez, Flórez), más interesados en conquistar su pedazo que en forjar una Patria Grande. Compara y reduce al Libertador frente a otros, asimilando episodios incomparables, sin contemplar las razones tácticas y estratégicas que lo obligaron a imponerse en contradicciones y desavenencias o arriesgar en la distracción o la felonía. Decisiones que, casi siempre, le dieron la razón. Para Sañudo, Bolívar es impasable:

“Amén de la falacia. No era óbice a sus propósitos el culto de la verdad; porque, ora por su natural hiperbólico, ora por cálculo, mentía desaforadamente. Conté antes, varios casos de falsificación y seria largo relatar todas las mentiras o por lo menos exageraciones, que profería su relato”.

Imposible para un hombre enclaustrado, patriarcal y misógino, entender la vida pasional de Bolívar. La más escandalosa, la más hermosa, la más revolucionaria, la aventura a la que le convidó la quiteña Manuelita Sáenz, quien fue su amante, su confidente, su libertadora. La que le salvó la vida en la conspiración septembrina. La mujer que en armas, en Ayacucho, se ganó el grado de Coronel de los Ejércitos Libertadores de América. Ahí, Sañudo, hombre de su tiempo, de rosarios y reprobaciones: 

“Sobre su conducta licenciosa, basta solo referir, para darle una justa reprobación y por ser tan conocido el hecho, que vivía en el Palacio Presidencial de Bogotá, con la adúltera Manuelita Sáenz esposa del inglés Thorne por cuyos sucesos dice Palma, sus generaciones tenían que agachar la cabeza”. 

Sañudo escribió sobre Bolívar, desde la visión de un nostálgico de la Colonia, la monarquía y la herencia hispánica; desde la fe de un fundamentalista católico; desde una moral rígida, ascética e intransigente; desde la indignación de un pueblo aferrado a sus creencias y sometido a la fuerza a cambiarlas; desde el dolor de la memoria de la “Navidad sangrienta”; desde la convicción de que cada hecho debe esperar su tiempo; desde “¡La ira que brota naturalmente de la piedad de un hijo, por los insultos a su patria!”, como gritó, citando a Cicerón.  

 “Y es el caso que los hechos de Bolívar, están contados, casi siempre con fidelidad en las historias de Colombia; pero sin que los historiadores, se hubieran preocupado de compararlos con un criterio moral; de modo que pásmase uno, de que hasta graves crímenes, queden sin sanción, de compararlos con un criterio moral; de modo que, pásmase uno, antes sean asunto de alabanzas y encarecimiento”.

En la introducción a los “Estudios sobre la vida de Bolívar”, Sañudo expone su teoría de la expiación por la que, según la Biblia, debe transitar el hombre el camino de arrepentimiento, que deberán también recorrer los descendientes, hasta la tercera y cuarta generación, para la redención del pecado original. Las sociedades cargan con los errores de sus líderes, como las rebeliones, y los pagan con desastres naturales, sufrimientos y castigos -la guerra, entre ellos, frente a la cual no hay opción porque es designio de la providencia. En la medida en que el hombre y la sociedad logran acercarse a la perfección divina, purificados por el dolor, avanzan en la senda del progreso. 

Detestaba a Bolívar por irreligioso y perjuro, motivos insuperables de antipatía para un fanático moralista como él. Preso de sus supercherías, vio en el terremoto de 1812 en Venezuela el látigo del “creador” por la desobediencia al orden monárquico, “las provincias rebeldes fueron las que padecieron más, y se libraron de sus estragos las realistas”. Por el contrario, Bolívar aceptó el reto a la condición humana: “¡Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca!”. 

No obstante, lo que por los antecedente se pudiera creer, la primera publicación de los “Estudios” tuvo una recepción negativa en los medios intelectuales y académicos de Pasto, con la solidaria excepción de algunos intelectuales. La Academia Colombiana de Historia lo reprobó y la Sociedad Bolivariana, sobre la base de criterios mezquinos, cometió el desatino de aprobar una proposición que declaraba a Sañudo “Hijo indigno de Colombia”, descalificación que rezumaba sectarismo y discriminación. 

La publicación de los “Estudios” y las posiciones expresadas por Sañudo en columnas de prensa, desataron una intensa polémica con Sergio Elías Ortiz, reconocido historiador, etnólogo y lingüista pastuso, miembro de la Academia Colombiana de Historia y autor de importantes obras, entre las cuales, la precursora “Agustín Agualongo y su tiempo”, incidida por sus afectos terruños pero leal a los hechos. La controversia bolivarismo y antibolivarismo, fue desplegada a través de la revista “Ilustración Nariñense”, entre 1925 y 1928. Fue publicada en 1999, con el título “Dos visiones sobre la vida de Bolívar”, por el humanista Edgar Bastidas Urresty.

La vida de Sañudo, entrañablemente ligada a su ciudad natal y admirada con veneración por ella; dedicada al estudio serio y profundo y a contribuir al conocimiento de su “patria chica” y los sucesos de la nación, con independencia de su credo y óptica, era y es digna de reconocimiento y exaltación, no obstante que con Bolívar no se comportó, ni como historiador ni como polemista, con sano criterio. Se fajó como vengador equivocado y obsesionado.

Honrar su calidad intelectual y ciudadana fue el loable propósito del abogado e historiador, Vicente Pérez Silva, también nariñense, con una disertación sobre “La vida y obra de José Rafael Sañudo”, en el centenario de su nacimiento, en 1972, en la Academia Colombiana de la Historia. En un nuevo hecho inaudito, le fue impedido, lo que llevó al autor a renunciar al honor de ser miembro de la institución, decisión respaldada por prestigiosos intelectuales, ante una burda censura.

El libro de Sañudo y el artículo despreciativo de Marx sobre El Libertador sirvieron de sustento, in extenso, a la novela “La carroza de Bolívar” (2012) que escenificada en Pasto, desarrolla una tragicómica trama, con la que, según el autor, Evelio Rosero Diago, pretende contribuir a desmitificar al héroe. Algo similar intentó Carlos Riverth Insuasty con la majestuosa carroza “El colorado” en 2018. Pero, como ha sido demostrado, la malquerencia a Bolívar no puede sostenerse de forma certera, ni en Marx ni en Sañudo. 

Si bien los “Estudios”, y la forma que narran la vida de Bolívar y las luchas de Independencia, incidieron en la percepción adversa de un sector de la opinión pública pastusa -y pesan aún- sobre esos sucesos y su impronta histórica, no es la corriente predominante en la historiografía de autores nariñenses. Eduardo Zúñiga Erazo (“El realismo pastuso y su aversión a Simón Bolívar”), Edgar y Julián Bastidas Urresty, Vicente Pérez Silva, Jorge Luis Piedrahita, Carlos Bastidas Padilla, entre otros, sin ignorar los excesos y desmanes de que fue víctima el pueblo pastuso, reivindican el legado del Libertador, desde una perspectiva siempre honesta y progresista.  

En ese lugar se colocó el poeta pastuso Alfonso Alexander: 

“Así fue como apareció -Bolívar de América- y así fue como vivió y amó y sufrió, padeciendo muerte infamante también este inconmensurable Centauro; este Creador admirable; este Poeta de la Espada; este predilecto de la Tempestad; este símbolo de la Gloria y la Amargura; este Padre Nuestro hecho en barro y luz y hierro y diamante y bronce y oro y fuego y cenizas y carcajadas y blasfemias y lágrimas. Este -Simón Bolívar- este casi infinito Libertador.”

jueves, 4 de septiembre de 2025

La Carta de Jamaica y los sueños de la patria grande

                                                                            

En 1815,en momentos críticos para el proceso independentista de las colonias de la monarquía española en América, ante la derrota de la Segunda República en Venezuela, la restauración de Fernando VII en el trono con el respaldo de la Santa Alianza -tras el revés de Napoleón Bonaparte en Waterloo-, y la invasión de tropas realistas al mando de Pablo Morillo a Venezuela y Nueva Granada, Simón Bolívar llega a Cartagena para sumarse a la resistencia patriota, pero las rencillas internas y el rechazo de algunos  dirigentes locales lo obligan a instalarse en Jamaica para gestionar apoyos a la causa, con mala fortuna. Después siguió a Haití y allí le dio la mano el rebelde gobernante negro Alexander Petión, triunfante contra el ejército colonial de Napoleón, el imperio del momento.
 

En Jamaica, Bolívar padeció grandes dificultades económicas para un hombre de origen mantuano -los ricos en la Venezuela de entonces- como no tener con qué pagar la pensión donde se hospedaba. Angustias que comunicaba urgido a su amigo y mecenas Maxwell Hyslop. También enfrentó las acechanzas de los sicarios pagados por sus perseguidores españoles, de uno de cuyos intentos, a manos de un dependiente suyo sobornado, logró salvarse al abandonar el lugar de residencia para disfrutar de la compañía de su amiga Julia Corbier, en otro lecho. Su amigo Félix Amestoy, vencido por el sueño y para guarecerse de la lluvia, ocupó la hamaca del huésped y fue asesinado a puñaladas.

 Acosado por las carencias y riesgos, el Libertador, ante la petición del ciudadano de origen canadiense Henry Cullen, de conocer los pormenores de la lucha independentistas en América del sur, concibe la "Carta de un caballero meridional a un ciudadano de esta isla", para la posteridad Carta de Jamaica, considerada, con los antecedentes Manifiesto de Cartagena y Manifiesto de Carúpano, y el fundacional Discurso de Angostura, uno de los escritos fundamentales de su pensamiento.

Dictada por Bolívar a su escribiente, el coronel Pedro Briceño Méndez, la sesuda y anticipatoria epístola, contentiva de un extraordinario análisis de la coyuntura mundial y continental, las razones y condiciones para la independencia ante el sojuzgamiento por España y las posibilidades de un futuro promisorio con la unidad de Nuestra América, fue culminada y suscrita por el Libertador en Kingston, el 6 de Septiembre de 1815, y prontamente traducida al inglés por el voluntario canadiense Jhon Roberston.  La primera copia en ese idioma, fue impresa en 1818 por la "Jamaican Quaterly and Literary Gazzette" y se encuentra, por cosas del destino, en el Archivo Nacional de Colombia. 

 La primera versión publicada en español data de 1833, incluida en la Colección de "Documentos Relativos a la Vida Pública de El Libertador", reunida por Francisco Javier Yánez y Cristóbal Mendoza. El hallazgo de una copia del original en castellano, localizada en el archivo histórico del ministerio de Cultura del Ecuador, una vez verificada su autenticidad, fue anunciado por el gobierno de ese país junto con el de Venezuela el 5 de noviembre de 2014, con la advertencia de la falta del último folio que debería contener la firma de Bolívar.

 con reflexiones personales de Bolívar, quien expone las razones de las derrotas que permiten el retorno de los españoles, describe las luchas de los patriotas a lo largo del continente, analiza las condiciones de los pueblos dominados por la monarquía, sus fortalezas y  debilidades, reivindica el pasado prehispánico; justifica el esfuerzo libertario y demanda solidaridad de Europa y Estados Unidos, éstos últimos observadores pasivos en una tramposa neutralidad que les permitió apoyar a las tropas monárquicas mientras dificultaban la labor de los rebeldes.

 Con vehemencia denuncia la violencia, el aniquilamiento de los pobladores originarios y sus dignidades, la expoliación, la anulación de emprendimientos, posibilidades y libertades,  y el humillante sojuzgamiento a que están sometidos los hijos de esta tierra : “Los americanos, en el sistema español que está en vigor, y quizá con mayor fuerza que nunca, no ocupan otro lugar en la sociedad que el de siervos propios para el trabajo, y cuando más el de simples consumidores; y aun esta parte coartada con restricciones chocantes (…). Pretender que un país tan felizmente constituido, extenso, rico y populoso, sea meramente pasivo ¿no es un ultraje y una violación de los derechos de la humanidad?"

 Describe con prosa bella la angustia del momento y llama a la acción, “El velo se ha rasgado, hemos visto la luz y se nos quiere volver a las tinieblas. Se han roto las cadenas; ya hemos sido libres, y nuestros enemigos pretenden de nuevo esclavizarnos. Por lo tanto, América combate con despecho; y rara vez la desesperación no ha arrastrado tras sí la victoria”. 

 No obstante, que ese deseo chocaba con la realidad de unas provincias que día tras día regresaban al dominio hispano en medio de una cruenta represión, suscribe la irreversibilidad de la revolución, “El suceso coronará nuestros esfuerzos porque el destino de América se ha fijado irrevocablemente”. Con certeza afirma a su destinatario, que la fórmula para “expulsar a los españoles y de fundar un gobierno libre: “es la unión, ciertamente; más está unión no nos vendrá por prodigios divinos sino por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos”.

 Así mismo, razona sobre la inconveniencia de la monarquía porque “los americanos ansiosos de paz, ciencias, arte, comercio y agricultura, preferirían las repúblicas a los reinos”, y del federalismo “por ser demasiado perfecto y exigir virtudes y talentos demasiado superiores a los nuestros”, advirtiendo el atraso intelectual y político de las mayorías, por lo que defiende un gobierno fuerte y centralizado para enfrentar las demandas de la guerra y sentar las bases de las repúblicas soberanas.

 Con claridad acerca de las fuerzas en pugna en un proceso revolucionario y la inexorabilidad del cambio, señala dos partidos en las guerras civiles: “conservadores y reformadores”. Los primeros son más porque la fuerza de la costumbre produce “el efecto de la obediencia a las potestades establecidas”; los reformadores “menos numerosos aunque más vehementes e ilustrados”. Postula que el equilibrio así establecido, entre fuerza física y fuerza moral, prolonga la contienda y sus resultados son inciertos, pero concluye para la causa emancipatoria, “Por fortuna, entre nosotros, la masa ha seguido a la inteligencia”

 Si bien comparte el sueño de un solo gran país conformado por las comarcas liberadas: “Es una idea grandiosa pretender formar de todo el mundo nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión (…)”, también señala los límites, “mas no es posible porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes, dividen a la América.”

 Con extraordinaria lucidez advierte las dificultades de ese propósito y, como alternativa a las ambiciones de las grandes potencias, hondea su enseña política y cultural en favor de la patria grande de manera diáfana: “Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande Nación del Mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria".

 Aconseja que se creen estados de menor tamaño pero sólidos en Centroamérica y la unión de la Nueva Granda (incluido Ecuador) y Venezuela con el nombre de Colombia como reconocimiento al navegante que nos dio a conocer al resto del mundo. En 1819, en el Congreso de Angostura, su deseo se cumple con la creación de la República de Colombia, pero las ruindades y dificultades que había advertido, hicieron añicos el deseo del Libertador a poco más de una década de haber nacido.

 En la Carta, predijo casi que con precisión el mapa político de Latinoamérica a constituirse, en su criterio, por unos 17 estados regidos por gobiernos republicanos. Cuba y Puerto Rico, que continuaban siendo colonias -de hecho hoy la primera asediada y el otro “Estado libre asociado”-, fueron motivo de sus preocupaciones, planes y gestiones para liberarlas del yugo español y juntarlas libres con Nuestra América. No por nada, el movimiento conspirativo que se conformó en la más grande de las Antillas para lucha por la emancipación, con la participación de una legión de latinoamericanos, entre los cuales muchos colombianos, se llamó “Soles y rayos de Bolívar”.

 También fue visionario al destacar la importancia de Panamá para abrir una vía interoceánica y, previendo que algún día las naciones necesitarían de una sede para un foro planetario, postuló a ese país para tan noble causa, anticipándose a la Sociedad de Naciones y a la actual Organización de las Naciones Unidas, que no a la Organización de los Estados Americanos, promovida por Estados Unidos como escenario de imposición de sus políticas respecto de América Latina y El Caribe, “El ministerio de colonias yanquis” de que hablara el canciller de la Cuba Revolucionaria, Raúl Roa Kouri. En la Carta de Jamaica, Bolívar da las primeras puntadas para la convocatoria a un congreso de la América libre que permitiera la constitución de una poderosa confederación de repúblicas con respeto en el mundo.

 Nueve años después, el 7 de diciembre de 1824, dos días antes de sellarse en Ayacucho la libertad de los Andes, convocaba a los gobernantes de la América independiente con entusiasmo, al Congreso Anfictiónico de Panamá, “El día que nuestros plenipotenciarios hagan el canje de sus poderes, se fijará en la historia diplomática de América una época inmortal. Cuando, después de siglos, la posteridad busque el origen de nuestro derecho público y recuerde los pactos que consolidaron su destino, registrarán con respeto los protocolos del Istmo. En él encontrarán el plan de las primeras alianzas, que trazará la marcha de nuestras relaciones con el universo. ¿Qué será entonces del Istmo de Corinto comparado con el de Panamá?” Pero el sueño fracasó, escamoteado por egoísmos, chauvinismos y las movidas del naciente imperialismo de los Estados Unidos.

 Correspondería al patriota cubano José Martí valorar el alcance de la gesta bolivariana y sobre su senda elevar otra pieza magistral de ovación a la heredad, su gente, su cultura y la unidad como factor fundamental de soberanía e independencia: Nuestra América. Ante lo que todavía nos ata al atraso, con los ojos mirando la hazaña del Libertador y advertido de los obstáculos puestos por quienes siempre añorarán la condición de súbditos, plasmó un reto para los siglos: “Lo que Bolívar no hizo está por hacerse todavía”

 Convocatoria que asumiría en 1929 el General de Hombres Libres Augusto César Sandino al mando del Ejercito Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua, un “pequeño ejército de locos”, al decir de Gabriela Mistral, que en una gesta heroica le enseñaron al mundo la dignidad de un pueblo frente a la agresión de los marines yanquis. Rescatando el llamado de Bolívar y Martí, Sandino le dictó a su secretario personal, el pastuso Alfonso Alexander Moncayo, el “Plan para la realización del Supremo Sueño de Bolívar”, propuesta para un encuentro nuestro americano que condujera a un pacto para la defensa y la integración, que desoyeron la mayoría de los mandatarios latinoamericanos arrodillados al norte, como después diría Jorge Eliécer Gaitán.

 Transcurridos doscientos diez años de la carta profética que expresó uno de los deseos más sentidos de Simón Bolívar, como fue la unión de la Nueva Granada y Venezuela, éstas intentan andar juntas en medio de cuestionamientos y acechanzas. Los esfuerzos por la unidad de Latinoamérica y El Caribe, florecen y marchitan al vaivén de las fuerzas “reformistas” o “conservadoras”, como diría Bolívar.  Un homenaje digno y justiciero para el hombre que condujo los ejércitos que nos dieron la Independencia, en una de las gestas más heroicas del género humano, es que, guiados por el pensamiento germinal, altivo y fraternal del Libertador, persistamos: “Para nosotros, la Patria es América”.