lunes, 12 de octubre de 2026

Para Piero lo que es de Piero



 

Mis recuerdos de Piero se remontan a finales de los años sesenta, cuando aquel italo-argen-colombiano humedeció los ojos de millones de familias latinoamericanas con un retrato tan nostálgico como agradecido: “Es un buen tipo mi viejo, que anda solo y esperando. Tiene la tristeza larga, de tanto venir andando”. Desde ese momento, aquel flaco melenudo y de gafas, con la guitarra colgada al hombro y calzando unos tenis gigantes, se coló no solo en nuestros corazones, sino en el epicentro de nuestros estallidos sociales.
En 1970 —si la memoria no me traiciona—, durante su debut en Colombia, los servicios de seguridad lo sacaron a las carreras. ¿Su pecado? Haberse trepado a una tarima junto a María Eugenia Rojas, la hija del general Rojas Pinilla, en una manifestación de apoyo a la ANAPO que desafiaba la excluyente alianza del Frente Nacional. Rojas era el eco de ese populismo que en Argentina representaba Juan Domingo Perón en su ala izquierda, una corriente con la que simpatizaba el entrañable "Tano".
Años después, la muchachada ansiosa quería llevarlo a la Universidad Nacional para corear a todo pulmón sus himnos irreverentes: “Y todos los días los diarios publicaban porquerías”, “Ellos nacen ancianos y van enniñeciendo... los americanos”, “Pasa un agente de policía gritando: ¡mijito, no hay más plusvalía!” o “Pedro venía con la mañana a cuestas buscando a la Juana para la siesta”. Sin embargo, una policía nerviosa, cumpliendo órdenes superiores, se lo impidió. El concierto tuvo que mudarse al potrero que entonces era El Salitre, desatando una monumental trifulca a lo largo de la Avenida Eldorado. Lo mismo ocurrió en los predios de la Universidad de Antioquia. La consigna oficial parecía ser una sola: ¡Piero para afuera!
En el 75, la disquera CBS lanzó en Colombia un álbum que reunía los éxitos románticos de Piero y Leonardo Favio. Ellos, junto a Leo Dan, Sandro, Palito Ortega o Los Ángeles Negros, encendían pasiones con melodías "cortavenas". De Favio sonaban Fuiste mía un verano o Ella ya me olvidó. Del Tano escuchábamos Tomamos un café o Las cosas que pasan. Era música para poner el vinilo en el tocadiscos y apurar un trago de vino o de aguardiente. Pero, en contraste, en cada mitin político que se armaba, lo que retumbaba eran sus canciones de lucha: Que se vayan ellos, Coplas de mi país y Para el pueblo lo que es del pueblo.
Por aquellos días, Pinochet y la CIA habían ensangrentado el proyecto socialista de Salvador Allende en Chile. Media Latinoamérica padecía los horrores del "Plan Cóndor", una estrategia ejecutada con saña por militares al servicio de las élites que sembraba la miseria en los hogares de obreros, estudiantes y campesinos. Resistiendo la represión y burlando un exilio inmimente, Piero viró hacia el folclor (Luna tucumana, Merceditas, El humahuaqueño) y, en un giro sorprendente, se fajó un álbum de música infantil con letras de un sacerdote amigo: Sinfonía inconclusa en el mar. Fue un éxito rotundo que le permitió cantar sin zozobras en varios países de Nuestra América, sin dejar de colar sus mensajes de protesta y conciencia social.
Poco a poco, entre conciertos y complicidades, Piero de Benedictis se arraigó en Colombia. Sumó su entusiasmo a los esfuerzos de paz del gobierno de Belisario Betancur, una ilusión que terminó en un doloroso fracaso. En noviembre de 1985, la Plaza de Bolívar, donde utópicamente se habían pintado palomas de la paz, se convirtió en el escenario de la brutal toma y retoma del Palacio de Justicia. Para colmo de males, días después el lodo sepultó a Armero y, en diciembre, la demencia de las armas masacró a más de un centenar de indígenas en Tacueyó, Cauca.
En medio de semejante tempestad vio la luz su álbum Qué país este, mi hermano (que muchos recuerdan por el impacto de su época). El disco incluía la sátira mordaz de Milonga de lo peor y el desgarrador tema Por ti Colombia: “Qué país de veloriantes locos. Rara forma de vivir la vida... Colombia, vos tenés que renacer. ¡América también!”. En esa misma línea de amor por el Caribe, se consolidó la complicidad con el Cuarteto Imperial al ritmo de El regalao —una fascinación tropical que también compartieron Leonardo Favio al versionar Las Lavanderas y La Zenaida, y Leo Dan al cantarle a Escalona—.
Desde entonces, el compromiso de Piero con las causas sociales y la paz del país fue inquebrantable. Se convirtió en una figura clave del Movimiento por la Vida, impulsado por Ana Teresa Bernal, justo cuando el paramilitarismo celebraba su orgía de sangre. Canalizó su labor ecológica y solidaria a través de la Fundación Buenas Ondas, hasta que la mezquindad humana le plantó un enredo judicial del que casi no sale librado. Judas hay en todas partes. Aun así, no se detuvo. Se movilizó por Urabá, Nariño, el Meta y el Guaviare para acompañar a las víctimas. Animó la cruzada por los acuerdos de paz con las FARC en el gobierno de Santos y, ya con la nacionalidad colombiana otorgada formalmente en los años noventa, votó "Sí" en aquel plebiscito de 2016 que perdimos de forma inaudita.
En 2017, la editorial Ediciones B publicó Piero, mi querido Piero, una biografía detallada y afectuosa escrita por Maureén Maya. Allí se revela todo sobre El Tano: su infancia y juventud de vocación sacerdotal, sus amores, sus destierros, su espiritualidad y sus entrañables amistades con Mercedes Sosa, Pablo Milanés, Caetano Veloso o el general Torrijos. También se narra su amistad con Daniel Samper Pizano, con quien negoció en España un lote con un molino abandonado para acampar en el exilio. El libro contenía, de ñapa, América, un trabajo conciso y madurado en letras y melodías en el que ofreció un homenaje a Oswaldo Guayasamín, quien en cosa de horas plasmó su retrato en acrílico.
También se constata una anécdota que hace años circula entre izquierdistas y salseros. A finales de los ochenta, un tímido Piero se acerca, en su casa en Panamá, a Rubén Blades —quien ya hacía nombre como uno de los más importantes cantautores de Latinoamérica en clave de Caribe y Nueva York— para ofrecerle la letra de Pedro Nadie. Rubén, que grabaría y haría un éxito de Pablo Pueblo, se negó a registrarlo con una contundente razón:
—Grábalo tú. Así seremos dos enviando el mensaje.
Palabras sabias.
Durante años quise conocer a Piero personalmente. Lo vi en teatros y escuché sus canciones en mi adolescencia hasta el amanecer, pero conservaba la ilusión de darle un abrazo que la vida nos había negado. Curiosamente, el encuentro no ocurrió en Colombia. Sucedió en diciembre de 2006 en La Habana, durante los emotivos homenajes organizados por la Fundación Guayasamín. Pablo Milanés abrió la noche con su Canción para la Unidad Latinoamericana, seguido por Silvio Rodríguez con El necio y Ojalá. El cartel era histórico: Illapu, Los Van Van y tantas otras voces emblemáticas de la patria grande.
En la zona de invitados yo compartía mesa con el combativo periodista argentino "Coco" López. Conociendo la mística de las noches habaneras, Coco me advirtió que la velada se extendería hasta el amanecer y que pronto sería el turno de Piero. Nos colamos tras el escenario. Allí estaba el Tano, visiblemente nervioso. Coco nos presentó y yo, emocionado, le expresé mi admiración de tantos años. Nos asomamos juntos a contemplar la marea humana que llenaba el lugar.
—Fuerte esto —me dijo, conmovido.
—¿No habías estado antes aquí? —le pregunté.
—No me lo vas a creer, pero nunca en un escenario así —confesó, justo antes de salir a escena.
Arrancó con Los americanos y siguió con Mi viejo. El coro fue atronador, un eco nostálgico que flotaba sobre el mar de La Habana. La multitud coreó cada estrofa y estalló cuando, en sus versos sobre la identidad de nuestro suelo, se escuchó el estribillo: “Latinoamérica unida tiene fuerza natural... Y la esperanza es nuestra ya, y se viene a quedar”. Al bajarse de la tarima, el Coco me tomó del brazo:
—Esto va para largo. ¡A descansar!
Horas después, tras un breve sueño, me atrajo una animada conversación en un rincón del Hotel Nacional. Allí encontré, trasnochados y alegres, a Piero junto a los chilenos de Illapu. Roberto Márquez, líder del grupo, le reclamaba indignado a un camarero que pretendía cobrarle de más en la cuenta del minibar:
—¡En Cuba, hermano! —gritaba con incredulidad.
El transporte hacia el aeropuerto José Martí ya nos afanaba, así que nos fundimos en unos abrazos de despedida entrañables. Nos dijimos adiós en medio de la mañana, conscientes de haber compartido un instante con los hombres que musicalizaron la historia viva, fulgurante y dramática de nuestra América Latina: Piero, los de Illapu, “Pancho Villa” de Chile, las memorias de César Isella… y Cabas.
Pasaron unos tres años antes de que el destino nos volviera a cruzar. Yobani Montilla, director de educación de la cooperativa de docentes Canapro, me tentó con una invitación irresistible: ver desde la platea a Piero, a quien había contratado para una celebración de Amor y Amistad con los maestros y maestras. 
Allí estaba yo de nuevo, esta vez en el camerino, donde el Tano descansaba acompañado por Maureén Maya, su biógrafa y amiga —quien ha escrito libros valientes e imprescindibles como La vida de la oligarca rebelde, el proceso por el asesinato de Manuel Cepeda Vargas y, en coautoría, crónicas e investigaciones sobre los derechos humanos en el país—.
Mientras intentaba evocar en su memoria los pormenores de aquella mítica noche en La Habana, una sonrisa de nostalgia cruzó su rostro.
—Estuvo fuerte aquello —repitió con suavidad.
Mientras hablábamos, tomó un bolígrafo y firmó la fotografía que le extendí, el testimonio físico de nuestro fugaz encuentro cubano, escribiendo sobre ella un simple pero poderoso: "Por la paz". Luego, abrió la primera página en blanco del libro Piero, mi querido Piero, y con letra firme, selló para siempre aquel abrazo postergado con una dedicatoria que guardo como un tesoro: "¡Guille, una aventura por un continente! Con amor, Piero".



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