sábado, 24 de diciembre de 2016

El baile del recuerdo

Por cerca de medio siglo la música tropical gobernó el ánimo fiestero de los colombianos y hoy es obligada nostalgia decembrina. Un homenaje al querido Chucu Chucu.

La muerte de Gustavo “El loko” Quintero el 18 de diciembre de 2016 parece el cierre aplazado de una época que se niega a desaparecer por la sobrevivencia de tres generaciones que vivieron bajo los influjos sabrosones del fiestero Chucu chucu, de pronto, como lo insinúan investigaciones recientes, responsable de que nos consideremos un país feliz sobreaguando en las tragedias. Este año, el 26 de octubre, también nos dejó el barranquillero Nelson Pinedo, voz insigne de la Sonora Matancera y de la música tropical, antecedente de la época Quintero, con la que en conjunto representan la historia de la música tropical, ese género tan identitario de esta parte de América.

De la Costa vino la nota
A finales de los años 50 del siglo XX, la región andina colombiana, superando las distancias con el Caribe, había sucumbido ante el sabor de las grandes orquestas y las parejas llenaban salones para bailar cumbias, porros y fandangos con “Lucho” Bermúdez (“Colombia tierra querida”, “Carmen de Bolívar”, “Salsipuedes”, “Tolú”, “Aguardiente”, Navidad negra”, “San Fernando”, “Te busco”) “Pacho” Galán (“Cosita linda”, “Librada”, “Boquita salá”, “Plinio Guzmán”, “Joselito Carnaval”, “Tina”, “Alántico”), José María Peñaranda (“El boga y el bote” y “La mujer de Toño”), Edmundo Arias (“Ligia”, “Diciembre azul”, “Cumbia candelosa”, “Alma Quibdoseña”, “El mecánico”) y Alex Tovar (“Pachito e´che”).

Trascendía los años la música costeña con cuerdas de Guillermo Buitrago, rey desde entonces de todos los diciembres (“Que criterio”, “El brujo de Arjona”, “El grito vagabundo”, “Las mujeres a mí no me quieren” y la inmortal “Víspera de año nuevo”), Bovea y sus vallenatos con las populares composiciones de Rafael Escalona (“La maye”, “La casa en el aire”, “El viejo Migue”), Luis Carlos Meyer con la orquesta del mexicano Rafael de Paz (“La historia”, “La puerca”, “El gallo tuerto”) y Tony Camargo (“El año viejo”, “La llorona loca”, “Bandolera”). Perseveraban en el recuerdo Benny Moré en “La Múcura”, “Pachito e´che” y “San Fernando”, Tito Rodríguez con “La pollera colorá”, Don Américo en el “Guere guere” y “La mujer de Roberto” con la voz “Caballito” Garcés y éste con su conjunto en “La muy indina” y “El canalete” y  Jorge Torres y Los Alegres Vallenatos en la capital del país (“Pomponio”, “Los camarones” y “El aguacero”).

A comienzos de los 60 eran favoritas en las fiestas de la  Costa y comenzaban a incidir en el interior con porros, cumbias y vallenatos, agrupaciones como La Sonora Curro (“Suena la timba”, “Bocachica”, “Carnavaleando”, “Que toque Rufo”), La Sonora Cordobesa (“El breu”, “San Carlos”, “El pájaro picón”), Rufo Garrido (“Ten con ten”, “Compadrito”, “Falta la plata”), Abel Antonio Villa, Juancho Polo Valencia (“Lucero espiritual”), Cristobal Pérez (“La negra Celina”) Crescencio Salcedo (“Yo no olvido el año viejo”), Luis Enrique Martínez (“El Cantor de Fonseca”), Lito Barrientos, Pedro Salcedo (“La pollera colorá”), Manuel Villanueva (“La estereofónica”), Guido Perla, José Barros y Los Trovadores de Barú, “Pello” Torres, Noel Petro (“Me voy pa´l salto”, “Cabeza de hacha”), la orquesta de Juancho Torres y Los hermanos Martelo. La mayoría llevadas al acetato por las disqueras Fuentes, Curro y Tropical.

Con ellos competían Pedro Laza y sus Pelayeros (“La negra caliente”, “Viva la vida”, “La buchaca, “La boquillera”, “Pie pelu´o”, “El breu”, “El cebú”), Clímaco Sarmiento (“Bombo y maracas”, “La cigarra”, “El tirabuzón”,), Ariza y su combo (“Descarga en saxofón” y “Gózala”), Alejo Durán (“Alicia adorada”, “Fidelina”, “Cachucha vacana”) y otros grandes de la música de la costa que hicieron las fiestas de los años 50 y 60. Por el sur, el golpe de currulao de Peregoyo y su Combo Vacaná con la voz de Marquitos Micolta (“Mi Buenaventura”, “La pluma”, “Así es mi tierra”) y desde Nariño el sonsureño de la Ronda Lírica, cantando Bolívar Meza, y la Orquesta de Tomás Burbano.

En tiempo del Chucu Chucu
Aspectos como el afincamiento de la industria fonográfica en la capital antioqueña con el traslado de la emblemática casa Discos Fuentes de Cartagena a Medellín en los 50 en decisión visionaria de José María y “Toño” Fuentes y la fundación de los sellos Codiscos, Sonolux y Victoria,  el desplazamiento, por ésta razón de los músicos de la Costa y sus músicas -acercando a esa región al país-, la herencia del vallenato con guitarra de Buitrago y sus muchachos, Bovea y sus vallenatos, Aníbal Fernández y de la música parrandera paisa, de una parte,  la atracción del rock y el estilo de Elvis Presley y Los Beatles y el rompimiento cultural de los 60 en el mundo, por la otra, sumados al talento e idiosincrasia paisa convergieron en la irrupción de un nuevo fenómeno musical, cultural y comercial.

En ese escenario surge una música de fiesta, pegajosa para fines comerciales y con mayor posibilidad de expansión geográfica, con la sonoridad suficiente para gustar a pesar de rebajar la calidad frente a la riqueza interpretativa y los matices de la música costeña, vestida e instrumentada con los estilos de la nueva ola, sencilla  y conformista en sus líricas. Los arreglos del guitarrista puntero Pedro Jairo Garcés (“Los Golden Boys”), las guitarras eléctricas, órganos y sintetizadores y cobres, en distintas agrupaciones, se impusieron.

Así despuntan Los Teen Agers, que luego serían “Los 8 de Colombia” (“La cinta verde”, éxito auroral con Gustavo Quintero, “Color de arena”, “Isla de San Andrés), conjunto precursor tras el cual aparecieron con sede en la “bella villa”, Los Golden Boys con las voces de Pedro Juan Garcés, Bobby Montes y Miguel Velásquez (“El elevao”, “Si tú me quieres”, “Rubiela”,  “Pirulino”, “La chichera”, “Locutor loco”), Los Falkons (“Aquellos diciembres”, “Liliana”), Los éxitos (“La pecosa” con Jorge Juan Mejía), Los Claves (“Mirándote así”, “Boquita de Primavera”), Los rockets, Los Monjes, Los Black  Stars (“Violencia”, “La piragua”, de Jóse Barros, éxitos en la voz de Gabriel Romero) y Los Hispanos del que se desligaría el cantante Gustavo Quintero para fundar Los Graduados.

Bajo ese influjo surgieron Los Univox en Bogotá (“Turmeque”, “Año nuevo”), Los Bobby Soxers en Palmira (“Don Martín”) y Los Be Bops en Bucaramanga. Para que no quede duda de la extraña mixtura que se tomó las fiestas caseras de entonces ahí está en “Very very well”, interpretado por Carlos Roman con el acordeón de Morgan Blanco, grabado a solicitud de Discos Fuentes para competirle con sabrosura a  la ola rocanrolera, éxito en los 60 relanzado un cuarto de siglo después promovido por su inclusión en una telenovela, junto con el “Pirulino” al que la vueltecita arrastrada con meneada de cola de Miguel Varoni revivió con fiebre en las tarimas.

El nuevo “sonido paisa”, que se ajustó reduciendo la incidencia rocanrolera y la experimentación foránea, acentuando en los ritmos costeños y asumiendo el formato orquestal, competía por espacio frente a Los Corraleros de Majagual con su descarga papayera, venero de grandes artistas tropicales como Calixto Ochoa, Alfredo Gutiérrez, “Chico” Cervantes, Julio Erazo, Lucho Argain, Eliseo Herrera, Julio Estrada “Fruko”, Lizandro Mesa, Armando  Hernández, que impusieron temazos como “Suéltala pa´ que se defienda”, “La burrita de Eliseo”, “La yerbita”, “La bonga”, “El ascensor”, “La pikina”, “La adivinanza”, “Charanga internacional”, “Los sabanales” y un largo etcétera.

Con “Fantasía nocturna”, Gustavo Quintero inició una larga carrera de éxitos discográficos y de afectos con un público que aplaudió y bailó sus temas y gozó con sus excentricidades. De punta a punta de Colombia, en fiestas y carnavales, en el vecindario, en “los miamis” y “los yores” y mas allá, se raspó piso con “Carita de ángel”, “La pelea del siglo”, “Quinceañera”, “El matrimonio de Drácula”, “Ese muerto no lo cargo yo”, “La cañaguatera”, “El aguardientosky”, “Alumbra luna”, “Lucerito”, “El goterero” (versión del clásico parrandero del paisa Agustín Bedoya), “El 20 de enero”, “El tren de seis”, “los gansos”, “Cumbia negra” (“Ahí vienen los negros bailando su bamboleo, ahí vienen los negros con las esperm’a en los dedos”), y tantas mas. En los 60 Quintero se trepó en la tarima y no paró de cantar, loquear y hacer bailar familias y amores. Se fue en este diciembre el mes en el que más se escucha y seguirá sonando.

Suerte parecida corrieron Los Hispanos con los que la voz  del magangueleño Rodolfo Aicardi, que robado de la música carrilera, el bolero y la balada (“La pena de mi viejo”, “El eco de tu adiós”, “Charly”) impuso números inolvidables desde “Así empezaron papá y mamá”, “Hace ocho días”, “Tírame la pelotica”, “Macondo”, “Adonay”, “Masculino y femenino” y “Feliz Nochebuena” hasta “Olvidemos el pasado”, “Vagabundo soy”, “Tabaco y ron”, “Ojitos hechiceros”, “Boquita de caramelo”, “Se va la vida” y “Cariñito”. Otro rey de las navidades. Aicardi precedió al “Loko” nueve años en la partida, después de medio siglo de repartirse al público y hacer gozar a Colombia.

La sabrosura del hermano pueblo
Pero la efervescencia de la música tropical de los 70 y 80 no solo se vivía en nuestro país, incidió al lado. En Venezuela, la tradicional orquesta de baile del dominicano Billo Frometa recobraba bríos en competencia con Los Melódicos de Renato Capriles y las voces de Víctor Piñero (“Veneración”, “Quiero  verla esta noche”, “Nostalgia campesina”, “Negrura”), “Perucho” Navarro (“La tamborera”, “Amparito”), Verónica Rey (“María Morena, “Cumbia sobre el mar”) y “Chico” Salas, la voz del “Emigrante Latino” de Antonio Del Vilar.

Los Melódicos repitieron el invento de Billo Frómeta de incluir al final de sus grabaciones un salpicón de trocitos de temas alegres y boleros de gran aceptación. Uno de los mejores, Recuerdos 21, “Cerca del camino real hay un hombre aparecido…donde come, donde duerme, donde vive la langosta”. Su incidencia llegó hasta los años 90 desmejorada de la mano del tecnomerengue en la voz de Divenana y Liz.

En la Billos, la impecable, elegante y cadenciosa interpretación de “Cheo” García hizo bellezas con la cumbia colombiana con “Cumbia caletera”, “Tres perlas”, “Yo soy Cartagena”, “La casa de Fernando”, “El minero”, “Raza”, “Yo soy Cartagena”, “Palmira Señorial”, “La flor del trabajo”, entre tantas, mientras que su compañero “Memo” Morales cobraba su estilo y salero en “Rumores”, “Manola”, “La rubia y la trigueña”, “Linda mujer”, “Juanita bonita”, “Luz del alma mía”  y la hermosa “Alborada Guajira”. Y ambos alternaron en los sensacionales mosaicos del maestro Billo (en los que en los 60 participaron José Luis Rodríguez y Felipe Pirela), obligados en las fiestas. En las dos orquestas tuvo su época de oro “El ciclón antillano” Manolo Monterrey a quien se recuerda por el famoso “que la baila el pompo, que la baila el pompo, mira mira, mira mira, mira ma”.

A ellos se sumaron Emir Boscán y Los tomasinos, voz y autor de “Soy parrandero”, “Yolanda”, “Carmenza”, “Herencia gitana”, en la onda moruna, “El gavilán pollero”, “El burrito de Belén” y “Cubita la Bella” - oda suya a la isla sin conocerla- y el “Homenaje a Víctor Piñero”. En esta  agrupación se inició Pastor López (“El palomo” y “Caimito”). El Combo de Willy Quintero pegó con su grupo “La prima”, “El tizón”, “Can can”, “Senderito de amor”. Orlando y su combo se hicieron querer de los bailarines con “Luna barranquillera”, “Comborerías costeñas” y un álbum dedicado a la música colombiana del interior con arreglos bailables. También se oían La Sans Souci, Los Megatones de Lucho y Chucho Sanoja y su orquesta.

Nelson Henríquez con su elegante voz afectada por el tiempo irrumpió aclamado con el “Festival Vallenato” del fonsequero Francisco Eugenio ‘Geño’ Mendoza, que a pesar de ser un reclamo contra un "quillero” hizo que “curramba” lo consagrara Congo de oro en el 73: “Acabó con los Buendía, ahora a dónde irá a parar, parece que allá en el Cesar, le quedan poquitos días”. A ese hit sumó varios golpes de autores colombianos como “Mi vieja Barranquilla”, “Muchacha de 15” “Toros y corralejas”, “Nube Viajera”, además de “Zaguate Cumbia”, que modernizada en arreglos reflejó las influencias matanceras y el bello “Baión de Madrid”. En la voz del adolescente Pastor López, Nelson logró imponer “La gaita de Venezuela”, “La Batea”, “El Fiestón”, “Tierra Linda”, “Playa Blanca”, “la Hamaca Rayá” y “Playa Colorá”.

El maracucho Pastor López se creció  y mandó por casi tres décadas desde aquél sentido mano a mano con Willy Quintero en el 73, del que pegó “Recuerdos del festival” (“Llevo en el recuerdo la fecha de mi partida al saber lo lejos que estaré del Festiva, porque al recordar forma parte de mi vida ese cielo azual que cubre a Valledupar”), “El eco de tu adiós”, “Callate corazón” y “Corazón apasionado déjame tranquilo que me estoy tomado un trago”.

Sus versiones de temas de autores venezolanos, peruanos,  ecuatorianos y colombianos (en este caso paseos, cumbias y vallenatos a los que se entregó con amor) constituyeron una  racha de éxitos: “Traicionera”, “Golpe con golpe”, “Pecadora”, “El hijo ausente”, “Tempestad”, “El cantor de Fonseca”, “La verdad”, “Juancho Polo  Valencia”, “Las bonitas no son fieles”, “Árbol sin hojas”, “Solitario”, “No voy a Patillal”. En su voz el “Las limeñas” adaptada  como homenaje a “Las caleñas” sigue sonando en discotecas y balnearios.

Pastor tropicalizó a Julio Jaramillo en un álbum con las canciones rompecorazones del ecuatoriano arregladas para el baile y a Leonardo Favio con “Mas que un loco”, repitiendo el éxito de la balada en toque raspa, como también con “Tu cárcel” de Los Bukis, aceleró varias rancheras en sus mosaicos y se dio aires flamencos en “El gitano señorón”. En la voz de Tonal Gutiérrez popularizó “Mujer sublime”, “Flor de primavera” (“Tu vives en verano yo vivo en un invierno…”), “Noviecita mía” “Semillas de dolor” y “Las maracas de Cuba”. Hasta hace poco, cuando las afectaciones de salud recortaron su actividad, era obligado en las fiestas y carnavales de nuestro país.

También hizo parte de esta pléyade Nelson González y sus Estrellas, orquesta nacida bajo la influencia del boogaloo y la salsa pero que d e la mano de un director creativo y revolucionario en la experimentación sonora impuso su estilo.  Familiarizada con Colombia se contagió de porro y San Juanero con una versión inigualable de la pieza de Anselmo Durán. En la voz de Luis Felipe González, la agrupación pegó temas como “Bailaderos”, “Llorándote”, “El porro”, “Payaso”, “La sirena”, “Canción india”, “Quédate con tu mujer”, “Londres”, “Luna del río”, “Pascua de navidad”, una fenomenal adaptación de bolero en salsa de “Llora corazón” y “Siete cartas” y homenajes “A Fusagasugá” y “Para ti caleña”, entre otras, aun infaltables en una fiesta de recordación.

Inolvidable, ese sonido tan especial y la dulce voz de Luis Felipe: “La noche aquella que fuiste a buscar la leña al río, todo el mundo presagiaba un sentimiento sombrío. La florecita del pueblo fue a buscar la leña al río y como ya está de noche se escuchan muchos reproches” (“El Forastero”). Separado de su hermano algunos años, con la Pirafónica, Luis Felipe impuso “La saporrita”, del barranquillero Juvenal Viloria. Pero las glorias fueron de los González juntos. Ambos se radicaron en Colombia y viven de la nostalgia de su música recorriendo el país que los acogió con entusiasmo en aquellos años.

Otra orquesta inolvidable y tributaria de los compositores costeños fue el Supercombo Los Tropicales, donde la barranquillera Doris Salas se hizo sentir con “Sabes”, “Valledupar”, “Las marionetas”, “El arenal”, “Queja negra”, “Yo me llamo cumbia” y “Caimanes y Galinazos”, y don Chelo Navarro, por su parte, impuso “La pelota caliente”, “Josefa Matia” y “El baile del Muñeco”.  Son infaltables los hermanos Blanco de Maracaibo con la característica voz  de “Cheo” Matos en “Cumbia sabrosa”, “Volando”, “Morena consentida”, “Siguiendo el ritmo”,  “Merengue a lo Blanco”, “Amor, amor”, y “Te olvidé”, La Playa con “Cumbia marinera” y “Promesas de cumbiambera”, La Tremenda “Amargo y Dulce” en la voz de Doris Salas, “Cheché” Mendoza con “Pensando en ti” y el arpa de Hugo Blanco (“Agua fresca”, “La chispita). Y como solista, Tania, grande y eterna, “Parranda de Navidad”, “Enamorada”, “Campesino, “Playas de mi tierra”, “Por tus recuerdos”. Oscar De León y la “Dimensión Latina” con Llorarás hacen parte del capítulo de la salsa.

Los años dorados de la música tropical
En el documental “Afrosound: cuando el chucuchucu se vistió de frac” producido por el Instituto Técnico Metropolitano de Medellín en 2013, como parte de un plausible trabajo de arqueología del género que etiquetó a Colombia en el exterior y la identificó dentro de sus fronteras, Julio Ernesto Estrada, el fenomenal “Fruko”, cuenta como ante la preocupación de “Toño” Fuentes por la avalancha imparable de las orquestas venezolanas ante el declive de la primera ola de “sonido paisa”, su modesto aporte daría pie al viraje que llevó al rescate de la iniciativa y a la modernización y diversificación de la música bailable en el país.

De allí nacieron, en una estrategia ganadora y muy inteligente, sobre una misma planta orquestal pero adaptando la instrumentación a distintos ritmos y melodías: Fruko y sus Tesos, la matriz, grande  en la salsa, e inevitables si se habla de goce, con las voces de “Joe” Arroyo y Wilson Saoco (“El preso”, “El ausente”, “El caminante”, “Manyoma”, “El negro chombo”), The Latin  Brothers con “Piper” Pimienta y “Joe” Arroyo (“Buscándote”, “Patrona de los reclusos”, “Duelo de Picoteros”, “Las cabañuelas”), Wganda Kenya (“Homenaje a los embajadores”) para satisfacer el público cartagenero mas incidido por la música africana, Afrosound (“El pesebre”, “Tiro al blanco”, “Cumbia árabe”) en la línea de la cumbia “chicha” peruana, Anán en la organeta (“La perra), el Sexteto Miramar (“Carruseles”), Los Líderes con música ecuatoriana (“La bocina”, “El enterrador” y “El canelazo” en la voz de Jaime Ley), Los Bestiales comodín de versiones y Los Diplomáticos, estilización para escucha pasiva.

Se potenció la Sonora Dinamita que con la voz de Lucho Argaín y Meliyará popularizó “Se me perdió la cadenita”, “Ay Chave”, “Las brujas”, “Los mechones”, “Las velas encendidas”, “Soy getsemanisense” y tantos mas, como a Los Corraleros del Majagual con la voz de Armando Hernández (“Caballo viejo”), quien luego haría una seguidilla grandes éxitos bailables (“Que voy a hacer sin ti”, “El guayabo”, “Celos de amor”, “Loquito por ti”, “Sin alma y sin corazón”) al igual que Hernán Hernández (“La Zenaida”, “Tanto amor”, “Falso amor”). El Combo Candela con la voz de “Piper” Pimienta le puso sabor a la “La guagua” y “El carbonero” del chocoano Senén Palacio. Separado de “Fruko”, viene la primera época de “Joe” Arroyo con “La rebelión”, “En Barranquilla me quedo”, “Mary”, “La noche”, “Tumbatecho”… La era de oro de Fuentes quedó plasmada en 14 Cañonazos bailables variado de fin de año que desde 1961 impuso la música bailable por décadas. En justo homenaje Caracol Televisión produjo en 2015 el documental “Candelazos Tropicales”.

También en Medellín, impulsado por Codiscos nace “Combo de las Estrellas” con la estupenda voz de Jairo Paternina que llevó al éxito viejas tonadas españolas y composiciones de paisas en esa línea como “Limosna de amores”, “Te lo juro yo” y “La bien paga”, junto con “Plegaria vallenata” la protesta de Gilberto Montoya, “El tiburón comelón” y otros éxitos, orquesta que aun anima bailes y grabaciones con la voz de Fernando González (“En silencio te amaré”). También hicieron parte de ese momento, el Combo Nutibara (“Managua Nicaragua”, “El revoliático”), Marianella (“Amor estudiantil”) y Gabriel “Rumba” Romero (“Plena española”, “La subienda” y “Las lavanderas”).

Pero la música oriunda de la Costa con sus connotados compositores en sus diversas variantes jamás dejó de estar presente en el ambiente tropical. Aparte del Vallenato, que progresivamente -salvo excepciones como Alejo Durán “Cuerpo cobarde”- fue perdiendo raíces para ceder a la demanda mercantil para su internacionalización, guarachas, cumbias y paseos seguían gustando y animando fiestas con Aníbal Velásquez (“Un poquito de cariño”, “Caracoles de colores”,“El desfile”, “Sal y agua”) Lisandro Meza (“Matilde Lina” del gran Leandro Díaz, “La matica”, “Miseria Humana”, “El guayabo de la ye”, “Las tapas”), Aniceto Molina (“Remolino”), Nafer Durán (“Sin ti”), Andrés Landero (“La pava congona”, “El clarín de la montaña”), Adolfo Pacheco y sus cumbiamberos (“Santo Domingo”, “Al amanecer”),Lucho Cuadros(“Te están matando los años”),Germán Carreño.

Otros de la época,  Policarpo Calle (“La porra caimanera”, “La negra petrona”, “Mi canoita”), Efraín González (“El tres cienaguero”), Alfredo Gutiérrez (“Si me quisiste tanto”, “Cabellos cortos”, “Anhelos”, “Festival en Guararé”, “El solitario”) Calixto Ochoa (“Charanga campesina”, “La empanadita”) El Cuarteto Imperial, Los Wawancó y Los Wuarahuaco con la voz del cartagenero Hernán Rojas (“El canoero”, “El pescador de Barú”, “He nacido para amarte”, “Enamorando”), “La cantaleta” de Los rivales y “Con paso fino” de Manduko, triunfaban tanto aquí como en el sur del continente y en México. Uno de los temas más hermosos de entonces es “Amaneciendo” de Adolfo Echeverría (también compositor de “Las cuatro fiestas”): “Esta noche tengo ganas de bailar y de ponerle a mi negra serenata”.

El vecindario andino no se quedó atrás. Tras convertir en ídolos a Los Hispanos y Los Graduados en Perú y Ecuador surgieron o se trasformaron agrupaciones juveniles que con sello propio comenzaron a impactar en nuestro país. Con la guitarra eléctrica como elemento estelar llegaría “Caminito serrano” (Los Destellos), “Sombras”, “Taita Dios”, “Tres Marías” (Los Betas) “La Danza de los Mirlos”, “La danza del petrolero” (Los Mirlos), “Carnaval en Arequipa”, “Bailando con la Dolores” (Los cariñosos), “La marcha del Pato”, “Cumbia india”, “La danza del mono” (Los Orientales) “Malambo” (Los Diablos Rojos), “Mi gran noche” (Aniceto y su combo). Del Ecuador, la emblemática orquesta de Medardo y sus Players, Manuel Mantilla y El Combo Palacio (“Colegiala, “La revancha” “Por favor olvídeme”, “El negro José”). En esa onda se hicieron sentir Los nada que ver, colombianizando el sonsureño nariñense (“La Guaneña”, “La Guandera”, “La culebra” y “Los Parientes”).

Tiempo después, desde Nariño asomó fugaz la deliciosa combinación de instrumentos andinos y arreglos tropicales para temas del folclor, versiones de música bailable de antaño y composiciones vernáculas de Hugo Ortega con Sol Barniz (“La chaza” y “El trompo sarandengue”, triunfador en la Feria de Cali) y Trigo Negro, del destacado quenista “Chucho” Vallejo. Al pie del Galeras en época decembrina y carnavales, desde hace un cuarto de siglo, pastusos y nariñenses gozan al ritmo de aires tradicionales compilados en “Fuego de volcán”, el titánico esfuerzo discográfico anual del médico, compositor e intérprete eximio de quenas y dulzainas, Oscar Salazar.

Todo tiene su final
Entrados los años 80, con total justicia, el país gozón y rumbero caía a los pies de “Joe” Arroyo y La Verdad, Jairo Varela y Niche, Aléxis Lozano y Guayacán, La Misma Gente, Los Niches, Yuri Buenaventura desde Francia, Diomedes Díaz, El Binomio de Oro y otros, imponiéndose la salsa de mayor elaboración y los últimos juglares del vallenato, como también una insoportable tendencia “rancherizante” y romanticona, con pocas excepciones. En los 90, Carlos Vives revivía la música de Escalona y los clásicos de la provincia vallenata en rescate de “la tierra del olvido”, con arreglos modernos y gran éxito.

La industria disquera y del espectáculo advertida de la presencia de la música tropical en los hogares colombianos lanzó proyectos de actualización de temas icónicos de aquella época con el vestido del Tropipop, con relativo impacto de audiencia y comercial, con grupos y solistas como, entre otros, “Café Moreno”, “Barranco”, que produjo Ídolos acompañando a varias glorias (Matilde Díaz, Alfredo Gutiérrez, Aníbal Velásquez, Lisandro Meza, Noel Petro y Gustavo Quintero), “Madremonte”, “Ivan y sus ban ban”, Los Tupamaros, Tulio Zuluaga y Moisés Angulo.

A comienzos del siglo XXI la pervivencia tozuda del Chucu Chucu motiva otro envión y surgen orquestas con formato tropical para ligar mosaicos de recordación con  un gran éxito los fines de año que a estas alturas parece llegar a la saturación (Majagual All Stars, el reencuentro modernizado de los viejos Corraleros), Taxi, Matecaña, Los canoeros, Caramelo, Banda Fiesta, Son de Fiesta, Sol Caribe, Los 50 de Joselito).

Hoy, musicalmente hablando, Colombia es otra. En la onda de rescate de nuestras raíces, creatividad y proyección surgen promisorias nuevas músicas con La 33, Chocquibtown, Herencia de Timbiquí, Bahía, La República, Mojarra Eléctrica y muchas agrupaciones más. Nuevas sonoridades proyectadas a la aldea global desde los pueblitos aun sin asfaltar. Con la influencia de las grandes corrientes musicales del mundo pero orgullosos de llevar lo nuestro a cualquier lugar del planeta.

Hasta aquí este ejercicio de recordación sumido en la nostalgia, que hace tiempo quería hacer y no había logrado. Con la muerte de Gustavo Quintero me animé a sacar elepés y cd, escucharlos, revisarlos y atrapar por un instante momentos gratos que regresaban fugaces. Desempolvé “Que viva el Chucu Chucu”, una compilación de crónicas bien logradas de Rafael España, funcionario de Fenalco, publicado en 1995, con el que me identifico plenamente en su adoración por esa música que marcó nuestra infancia, adolescencia y parte de los años “serios” y que sigue metida ahí, en el fondo del alma.

La música bailable, que junto con la balada, la denostada “plancha”,  nos acompaña así no haya remedio, la que bailamos y cantamos alborozados aunque nos digan “cuchos”, la que gritamos a pulmón para animar los desvaríos, achantes y verraqueras. No están todos los que son, no era el propósito, pero se identifica a la mayoría con lo mejor de su obra. Luego de leer este repaso apurado espero que el lector se anime a ir a buscar los discos que le recordó, escuchándolo se apure un ron y sin pena arrastre las chancletas y grite conmigo: ¡Que viva el Chucu Chucu!

Como bálsamo a los cambios profundos, positivos y traumáticos, que se han dado en el país en el último medio siglo, a la vez que una parte de sus territorios siguen anclados en el pasado, la sociedad colombiana le agregó a la celebración decembrina, expresión del paganismo y la religiosidad imbricados por siglos de historia de la humanidad, un ingrediente especial: la música, que con los años se fue fundiendo en el recuerdo y la memoria y que en la pausa temporal y vital que representan las fiestas de Navidad y Año Nuevo resurge espléndida para llevarnos a los tiempos idos y añorar ebrios de entusiasmo un futuro de prosperidad y paz para nuestras familias, amigos y patria. Y para decir, ya nadie me quita lo bailado.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Las ciudades también ganan con la paz


El análisis sobre lo que ha implicado el conflicto armado y los requerimientos y expectativas frente al  Acuerdo de Paz Gobierno-Farc  indudablemente  va mucho más allá de la atención a las repercusiones que el desplazamiento provocado por la violencia en el campo ha tenido para los más grandes centros urbanos del país, a lo que lo circunscribe el diario El Tiempo en su editorial del pasado domingo 18 de septiembre.

Desde luego que esa es una problemática desbordante en su impacto sociocultural y presupuestal. Los costos que para las arcas de Bogotá D.C. y otras de las grandes urbes, si no todas las capitales de departamento, derivados de la atención, así sea precaria, de 6 millones de personas en situación de desplazamiento, la mitad o más niños y jóvenes, con su demanda de servicios públicos y sociales, son ingentes y acuciantes.

En Bogotá fueron significativos los esfuerzos de la Administración Petro por desarrollar una política pública que respondiera desde una visión humanitaria y prioritaria a la población en situación de desplazamiento que podría llegar al medio millón de personas. Creó la Alta Consejería para las Víctimas del Conflicto, arbitró importantes recursos y se abrieron centros de atención. Pero la situación de inestabilidad y carencias está ahí a la espera de los lineamientos del Gobierno Peñalosa.

Los acuerdos, con el cumplimiento de los aspectos atinentes, podrían crear posibilidades para que miles de desplazados y víctimas de la violencia, retornen a sus lugares de origen, recuperen las tierras de las que fueron expulsados a sangre y fuego, encuentren alternativas de sustento, crédito, asistencia, mercadeo y puedan solventar las demandas de sus familias en materia de salud, educación, vías y diversos servicios de los que hoy se carece en el sector rural pero son parte de lo acordado. Como contrapartida, los citadinos nos beneficiaremos de una mayor oferta y menor costo de alimentos. A la larga, de seguridad alimentaria.

Poco a poco se desactivará, en gran parte, el  acumulado explosivo que constituye en las ciudades el desempleo, la carencia de ingresos, las dificultades diarias que mantiene en límites de sobrevivencia a familias de todo origen geográfico, en la mendicidad, la informalidad y, en los casos más críticos, en riesgo de criminalidad y delincuencia. Para los urbanos insensibles terminará un período de incomodidad al soportar una tragedia que nunca quisieron ver y siempre  temieron como amenaza. No son por ello desdeñables los impactos que las negociaciones de paz tendrán frente al  drama del desplazamiento.

Pero hay más. El pie de fuerza de las Fuerzas Armadas, en particular del ejército, que supera  el  medio millón, está constituido, en su gran mayoría, por muchachos de sectores populares que por obligación legal deben prestar el servicio militar, por lo general en las denominadas zonas de orden público. La necesidad de mantener la tropa ha llevado incluso a la práctica de las denunciadas y odiadas batidas por el ejército en los barrios populares que deberá cesar.

No más vida joven para la guerra
Es de esperarse que con la desmovilización de la fuerza guerrillera se dé una significativa reducción del personal en armas de la fuerza pública, liberándose así miles de muchachos pobres de campo y ciudad del riesgo de la muerte o la mutilación en combate, como se constata a partir del cese al fuego decretado por  las Farc y el  protocolizado conjuntamente por orden del Presidente de la República.

Fue la oferta de un trabajo lo que sirvió de anzuelo a mandos medios y altos para atraer cerca de 4 mil jóvenes de distintas zonas del país, para darles muerte, presentarlos  como bajas en combate y  cobrar las compensaciones que fueron establecidas por el gobierno Uribe para este tipo de resultados militares, que trajeron como consecuencia los mal llamados “falsos positivos” por los que hoy son procesados también varios cientos de miembros del ejército.

De otra parte,  librarse del riesgo de perder la vida o de una discapacidad en combate o por efecto de las minas antipersonal, gracias a resultar no apto, estar en alguna causal de excepción, el “favor” de un conocido o la suerte, implica en la actualidad, de todas formas, una carga muy significativa para la economía familiar. Los hogares de estrato 3 y 4 pueden llegar a pagar por  la cuota de compensación militar hasta $ 20 millones de pesos y  las familias beneficiarias del Sisben no se liberan de pagar hasta medio salario mínimo, es decir todo el ingreso de un mes, algo inhumano.

En Colombia, miles de objetores de conciencia han visto negada su opción de no usar las armas, ni agredir a otro, no participar en  actos violentos ni en guerras, no obstante los derechos constitucionales a la libertad de pensamiento, opinión y expresión, debido a la imposición de la obligatoriedad del servicio militar, incluso muchos de ellos han sufrido represión y cárcel por defender y ejercer su opción humanista.  La paz ahora les da la razón.

Tanto guerrilla como paramilitares han constituido en las ciudades redes de abastecimiento, apoyo y financiación, que adelantan acciones delincuenciales como secuestro, extorsión,  narcotráfico, contrabando, sicariato, lavado de divisas, tráfico de armas, visibles en grandes centros de mercadería ilegal o de concentración popular y con alto efecto en las cifras de criminalidad y muerte. Estos fenómenos también deben presentar reducciones importantes resultantes de la disminución del conflicto armado. Como también los niveles de corrupción de la policía derivados de la tolerancia con esas actividades ilegales.

Las ciudades han sido también escenarios del conflicto armado. Bogotá, en particular, constituye un mapa de lugares de memoria en donde han rendido su vida cientos de personajes públicos y luchadores sociales y populares a lo largo de más de un siglo. De Uribe Uribe a Gaitán, de Guadalupe Salcedo a Carlos Pizarro, de Guillermo Cano a Jaime Garzón, de Luis Carlos Galán a  Álvaro Gómez, de Rodrigo Lara a Eduardo Umaña, del Palacio de Justicia  al Club El Nogal. Cientos de jóvenes que levantaron su voz y su rebeldía contra la miseria y la discriminación, encontraron la muerte o fueron desaparecidos en décadas de martirio en Ciudad Bolívar y el sur.  A no dudarlo el fin de la confrontación armada tendrá que sentirse en las calles y barrios de la ciudad.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Carta de Jamaica: La Patria Grande de Bolívar

Batalla de Araure, Tito Salas.

























En 1815, en momentos críticos para el proceso independentista de las colonias de la monarquía española en América, ante la derrota de la Segunda República en Venezuela, la restauración de Fernando VII en el trono con el respaldo de la Santa Alianza, tras el revés de Napoleón Bonaparte en Waterloo, y la invasión de tropas realistas al mando de Pablo Morillo a Venezuela y Nueva Granada, Simón Bolívar llega a Cartagena para sumarse a la resistencia patriota, pero las rencillas internas y el rechazo de algunos  dirigentes locales lo obligan a instalarse en Jamaica para gestionar apoyos a la causa.

En la isla caribeña padeció increíbles dificultades económicas para un hombre de origen mantuano -los ricos en la Venezuela de entonces-, entre otras, no tener con qué pagar la  pensión donde se hospedaba, angustias que comunicaba urgido a su amigo y mecenas Maxwell Hyslop. También enfrentó las acechanzas de los sicarios pagados por la comandancia de las tropas imperiales, de uno de cuyos intentos, a manos de un dependiente suyo sobornado, logró salvarse  al abandonar el lugar de residencia para disfrutar de la compañía de Julia Corbier en otro lecho, pero su amigo Félix Amestoy, vencido por el sueño y para guarecerse de la lluvia, ocupó la hamaca de Bolívar y fue asesinado a puñaladas,

Acosado por las carencias y riesgos el Libertador concluye el documento titulado "Carta de un caballero meridional a un ciudadano de esta isla", para la posteridad Carta de Jamaica, considerada, con los antecedentes Manifiesto de Cartagena y Manifiesto de Carúpano, uno de los escritos fundamentales de su pensamiento.

Dictada por Bolívar  a su escribiente, el coronel Pedro Briceño Méndez, la sesuda  y anticipatoria epístola, contentiva de un extraordinario análisis de la coyuntura mundial y continental, las razones y condiciones para la independencia y las posibilidades de un futuro promisorio, fue culminada y suscrita por el Libertador en Kingston el 6 de Septiembre de 1815 e inmediatamente traducida al inglés por el voluntario canadiense Jhon Roberston.  La copia más antigua está en inglés, fue impresa en 1818 por la "Jamaican Quaterly and Literary Gazzette" y se encuentra  en el Archivo Nacional de Colombia. 

La primera versión impresa en español data de 1833, incluida en la Colección de "Documentos Relativos a la Vida Pública de El Libertador", reunida por Francisco Javier Yánez y Cristóbal Mendoza. El hallazgo de una copia del original en castellano, localizada en el archivo histórico del ministerio de Cultura del Ecuador, una vez verificada su autenticidad, fue anunciado por el gobierno de ese país junto con el de Venezuela el 5 de noviembre de 2014, con la advertencia de la falta del último folio que debería contener la firma de Bolívar.

El documento  tenía como propósito dar contestación posiblemente al ciudadano de origen canadiense  Henry Cullen, aunque también especialistas sostienen que se trató de una proclama hacia el universo con un destinatario simulado. En ella, Bolívar expone las razones de la derrota que permite el retorno de los españoles, describe las luchas de los patriotas a lo largo del continente, analiza las condiciones de los pueblos dominados por la monarquía, sus fortalezas y  debilidades; justifica el esfuerzo libertario y demanda solidaridad de Europa y Estados Unidos, éstos últimos observadores pasivos en una tramposa neutralidad que les permitió apoyar a las tropas monárquicas mientras dificultaban la labor de los rebeldes.

Con vehemencia denuncia la violencia, el aniquilamiento de los pobladores originarios y sus dignidades, la expoliación, la anulación de emprendimientos, posibilidades y libertades,  y el humillante sojuzgamiento a que están sometidos los hijos de esta tierra : “Los americanos, en el sistema español que está en vigor, y quizá con mayor fuerza que nunca, no ocupan otro lugar en la sociedad que el de siervos propios para el trabajo, y cuando más el de simples consumidores; y aun esta parte coartada con restricciones chocantes (…). Pretender que un país tan felizmente constituido, extenso, rico y populoso, sea meramente pasivo ¿no es un ultraje y una violación de los derechos de la humanidad?

Describe con prosa bella la angustia del momento y llama a la acción, “El velo se ha rasgado, hemos visto la luz y se nos quiere volver a las tinieblas. Se han roto las cadenas; ya hemos sido libres, y nuestros enemigos pretenden de nuevo esclavizarnos. Por lo tanto, América combate con despecho; y rara vez la desesperación no ha arrastrado tras sí la victoria”. 

No obstante que ese deseo chocaba con la realidad de unas provincias que día tras día regresaban al dominio hispano en medio de una cruenta represión, suscribe la irreversibilidad de la revolución, “El suceso coronará nuestros esfuerzos porque el destino de América se ha fijado irrevocablemente”. Con certeza afirma a su destinatario que la fórmula para “expulsar a los españoles y de fundar un gobierno libre: es la unión, ciertamente; más está unión no nos vendrá por prodigios divinos  sino por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos”.

Así mismo, razona sobre la inconveniencia de  la monarquía porque “los americanos ansiosos de paz, ciencias, arte, comercio y agricultura, preferirían las repúblicas a los reinos”, y del federalismo “por ser demasiado perfecto y exigir virtudes y talentos demasiado superiores a los nuestros”, advirtiendo el atraso intelectual y político de las mayorías, por lo que defiende un gobierno fuerte y centralizado para enfrentar las demandas de la guerra y sentar las bases de las repúblicas soberanas.

Con claridad acerca de las fuerzas en pugna en un proceso revolucionario y la inexorabilidad del cambio, señala dos partidos en las guerras civiles: “conservadores y reformadores”. Los primeros mas numerosos porque la fuerza de la costumbre produce “el efecto de la obediencia a las potestades establecidas”; los reformadores, “menos numerosos aunque mas vehementes e ilustrados”. Postula que el equilibrio así establecido, entre fuerza física y fuerza moral, prolonga la contienda y sus resultados son inciertos, pero para la causa emancipatoria concluye que, “Por fortuna, entre nosotros la masa ha seguido a la inteligencia”

Si bien comparte el sueño de un solo gran país conformado por las comarcas liberadas al decir: “Es una idea grandiosa pretender formar de todo el mundo nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión (…)”, también señala los límites, “mas no es posible porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes, dividen a la América.”

Con extraordinaria lucidez advierte  las dificultades de ese propósito y, como alternativa a las ambiciones de las grandes potencias, hondea su enseña política y cultural en favor de la patria grande de manera diáfana:  “Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande Nación del Mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria".

Aconseja que se creen estados de menor tamaño pero sólidos en Centroamérica y la unión de la Nueva Granda y Venezuela con el nombre de Colombia como reconocimiento al navegante que nos dio a conocer al resto del mundo. En 1819, en el Congreso de Angostura, junto  con Ecuador y por menos de una década su deseo se cumple con la creación de la República de Colombia, pero las ruindades y dificultades que había advertido hicieron añicos el deseo del Libertador.

En la Carta, predijo casi que con recisión el mapa político de Latinoamérica a constituirse,  en su criterio, por unos 17 estados regidos por gobiernos republicanos. Cuba y Puerto Rico, que continuaban siendo colonias  luego de la Independencia de América del Sur, fueron motivo de sus preocupaciones, planes y gestiones para liberarlas del yugo español y juntarlas libres con Nuestra América. No por nada, el movimiento conspirativo que se conformó en la más grande de las Antillas para lucha por la emancipación, con la participación de una legión de latinoamericanos, entre los cuales muchos colombianos, se llamó “Soles y rayos de Bolívar”.

También fue visionario al destacar la importancia de Panamá para abrir una vía interoceánica y previendo que algún día las naciones necesitarían de una sede  para un foro planetario, postuló a ese país para tan noble causa, anticipándose a la Sociedad de Naciones y a la actual Organización de las Naciones Unidas. En la Carta de Jamaica, Bolívar da las primeras puntadas para la convocatoria a un congreso de la América libre que permitiera la constitución de una poderosa confederación de repúblicas con respeto en el mundo, intento escamoteado por intereses personalistas, chauvinismos y las movidas del naciente imperialismo  de los Estados Unidos: el malogrado Congreso Anfictiónico de  Panamá.

Correspondería al patriota cubano José Martí valorar el alcance de la gesta bolivariana y sobre su senda elevar otra pieza magistral de ovación a la heredad, su gente, su cultura y la unidad como factor fundamental de soberanía e independencia: Nuestra América. Ante lo que todavía nos ata al atraso, con los ojos mirando la hazaña del Libertador y advertido de los obstáculos puestos por quienes siempre añorarán la condición de súbditos, plasmó un reto para los siglos: “Lo que Bolívar no hizo está por hacerse todavía”

Convocatoria que asumiría en 1929 el General de Hombres Libres Augusto César Sandino al mando del Ejercito Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua, un “pequeño ejército de locos”, al decir de Gabriela Mistral, que en una gesta heroica le enseñaron al mundo la dignidad de un pueblo. Rescatando el llamado de Bolívar y Martí, Sandino le dictó a su secretario personal, el pastuso Alfonso Alexander Moncayo, el “Plan para la realización del Supremo Sueño de Bolívar”, propuesta para un encuentro nuestro americano que condujera a un pacto para la defensa y la integración, que desoyeron la mayoría de los mandatarios latinoamericanos ante la mirada severa desde la frontera norte. Nuevos intentos distantes y cercanos han tenido lugar para que Indoamérica se junte frente al mundo y en ello no debe cejar pese a los instigadores y disociadores.

Hoy, cuando se conmemoran 200 años de la carta profética que expresó uno de los deseos más sentidos de Simón Bolívar, como fue la unión de la Nueva Granada y Venezuela, serias discrepancias las enfrentan. Un homenaje digno y justiciero para el hombre que condujo los ejércitos que nos dieron la Independencia, en una de las gestas más heroicas del género humano, será que mediante el diálogo constructivo y el respeto, los presidentes de los dos países, con el acompañamiento de las naciones latinoamericanas, acuerden las salidas al actual problema fronterizo guiados por el pensamiento germinal, altivo y fraternal  del Libertador: “Para nosotros, la Patria es América”. 

jueves, 11 de junio de 2015

"Juan´pa" ¡métale pueblo a la paz!

Tomada de Pulzo.com
Los acuerdos con las Farc implican, además de desactivar un factor de inestabilidad,  modernización rural y compromisos sociales con los pobres del campo.

Contra viento y marea avanzan las negociaciones de paz Gobierno-Farc. La emboscada al ejército en acción de guerra en el Cauca con el consecuente  rompimiento de la tregua unilateral por esa guerrilla y la reiniciación de bombardeos, tras la orden del Presidente Santos de levantar la suspensión que había declarado en reciprocidad, hechos que -sumados a una decena de insurgentes caídos en Chocó- dejaron más de 50 muertes, entre ellos dos de los negociadores rebeldes, pusieron en vilo el proceso.

La simultánea acción conjunta ejército-guerrilla de pilotaje en Antioquia para el programa de desminado, los simbólicas expresiones de las partes -Santos al reclamar no más anonimato para guerrilleros muertos y “Timochenko” al invocar respaldo político al Presidente frente a los enemigos de la paz- y el anuncio del acuerdo para la creación de la Comisión de la Verdad, al finalizar la ronda 37 de negociaciones el 4 de junio, parecen indicar que, a pesar de los traspiés, la negociación ha logrado una dinámica que da espacio al optimismo no obstante los riesgos de conversar, como se acordó, en medio de los tiros para presionar al adversario y los trinos apocalípticos  de los enemigos de las conversaciones, mientras la lógica indica que todo iría mejor con un cese al fuego bilateral. Desde luego ese ambiente no es el que expresan las encuestas, reflejo de los titulares de noticias en la gente.

¿Qué se gana con la paz?
No le falta razón al connotado periodista y analista inglés Jhon Carlin, quien, en columna publicada en el diario El País de Madrid, llama la atención sobre la incapacidad del Presidente Santos de “vender” los acuerdos de paz a los colombianos, mientras que su ahora opositor Álvaro Uribe ha sido muy hábil en convencer a una parte de la población -contra le evidencia histórica-, que la surgida de estas negociaciones será una claudicación frente a un contradictor moribundo al que no le queda alternativa que la entrega incondicional o el tiro de gracia y un aliciente para la expansión de un pseudo enemigo nebuloso al que denomina “castro-chavismo”, contra el cual se ha coludido con la reacción ultraconservadora latinoamericana y de EE.UU., que busca  retrotraer al continente a las épocas de las democracias de fachada al servicio de las oligarquías, las castas y el imperio.

Ahondando en el asunto, es de advertir que la volátil opinión pública -vasalla del poderoso aparato mediático- se inclina emocionalmente hacia las reacciones que los enfoques y énfasis de los medios imponen, no pocas veces instigados por los opositores acérrimos e incluso desde instancias del propio Estado adversas al proceso. La ideología de la “seguridad democrática” sigue alimentando la narrativa de los medios a pesar de que se llegó a un acuerdo para una negociación, lo que supone concesiones y simetría de las partes en la mesa. Impera  la matriz del enemigo terrorista derrotado -la opción del exterminio para que  la violencia nunca acabe-  y no del insurgente legitimado como contraparte. Se informa con el afán de la rendición, no con la paciencia que implica el desarrollo de la agenda pactada y la divulgación y seguimiento al cumplimiento de los acuerdos.

Al no reconocérseles status a los beligerantes tampoco se les da alcance de compromiso a lo convenido. Entréguense y se acabó es el mensaje entrelíneas de los medios, la derecha y los negociantes de la guerra. Ahí la verdadera razón del cuestionamiento a los acuerdos. No porque haya entrega alguna al comunismo, como malintencionadamente y estrambóticamente se publicita, sino porque lo pactado y lo pendiente concretan, al menos en el papel, una básica agenda reformista que constituiría los mínimos para la modernización rural de Colombia; sector  que mediante el atraso, la explotación y marginación de campesinos y colonos, la concentración y engorde de tierras, la informalidad e ilegalidad de títulos y tenencia, la violencia y la represión contra la protesta, controla el rancio latifundismo que se expresa políticamente en la oposición a las negociaciones.

Y el gobierno no ha sido capaz de comunicarlo y denunciarlo. Se ha dejado enredar en los episodios militares del proceso, en los infundios, tergiversaciones y fabulaciones demoniacas del uribismo, en la tribuna internacional, pero no ha tenido la audacia -por temor a sus opositores o por precaución frente al cumplimiento de los compromisos- de contarle al país, a las mayorías que lo eligieron, a  la Colombia rural y pobre, en palabras sencillas y convocantes, en una campaña masiva, sistemática y poderosa, los cambios acordados en la mesa de los que serían beneficiarios, más allá de las Farc.

De algo sirve la sacudida en el acto del Día del Campesino donde Santos no recelo de su convergencia con las Farc frente a la problemática del trabajador rural -lo que señala con inquina la reacción como complicidad-, repudió los ataques al proceso y agresiones a líderes de la restitución de tierras y llamó a la gente a defender los acuerdos. Volvió por la senda de la movilización que iniciara en Valledupar en los albores de la negociación, pero en el gobierno ese es un recurso de emergencia y desesperación, no una estrategia para sacar adelante la reforma integral en el campo. Se advierte el temor de anticipar lo que, si se logran controlar los dispositivos de la muerte al servicio de la geofagia, será la reactivación de un vigoroso movimiento social dispuesto a hacerse sentir por sus reivindicaciones en democracia.

De lo que se trata es de promover los atractivos de ganar la paz para la gente de a pie, no tanto los que sugiere Carlin, dirigidos a atraer turismo e inversión extranjera, aunque también porque se superaría un obstáculo para potenciar  estos factores de la economía, o la libre circulación y tranquilidad para los pudiente -a ello tienen derecho- sino los que tienen que ver con la vida diaria de los campesinos y el cambio de las condiciones en que han tenido que nacer, mal vivir y morir muchas generaciones.

Si los ricos y sectores de la clase media adoran a Uribe porque les limpió las carreteras para ir a la finca o a la costa saludando con el pulgar levantado a los soldados, sin importar el costo en derechos, cómo sería la movilización de campesinos y desplazados sensibilizados, informados y seguros del compromiso de que se restituirán sus tierras y  habrá una segunda oportunidad en el campo. Pero no se publicita el beneficio directo que emociona (qué gano yo) sino, de manera timorata, las bondades de una paz abstracta y de la idílica convivencia  -también necesarias, claro-, dejándole a la oposición perversa la oportunidad para que envenene esos logros sociales como concesiones a las Farc.

Paz con la guerrilla, justicia con el campo
Cómo podrían estar en contra los colombianos y qué comunismo puede ser la modernización del catastro rural para poner la lupa, mapear y georreferenciar 4 millones de predios, precisar sus límites y dueños -lo que permitiría imponer los impuestos debidos-, constatar y sanear propiedades, restituir títulos a los despojados, verificar la debida explotación, garantizar tierras para el campesinado, inventariar baldíos e identificar tierras susceptibles de constituir un fondo para adjudicaciones a los que carecen de ese medio de producción. Desde luego, esta tarea sería un golpe a los usurpadores y terratenientes beneficiarios de la contrarreforma agraria paramilitar de las últimas décadas, por ende enemiga no disimulada de las conversaciones de La Habana.

Qué otro calificativo distinto a hacer justicia con las gentes del campo puede tener la implementación de los planes acordados respecto de  vías terciarias, distritos de riego, educación rural, salud rural, electrificación, mejoramiento de vivienda, crédito y asistencia técnica, generación de ingresos de la economía campesina, familiar y comunitaria, promoción de la comercialización de la producción campesina, fortalecimiento y legalización de las zonas de reserva campesina, protección social y garantías de derechos de los trabajadores rurales y creación de un sistema especial de soberanía alimentaria y nutricional para la población del campo, y de contera de la ciudad. Todo lo que contribuiría a reducir la dramática desigualdad vigente en el campo colombiano con sus implicaciones urbanas, aunque por otra parte, en el Plan de Desarrollo neoliberal, vía alianzas productivas y subordinación se abren las puertas de la eliminación de facto del campesinado.

Quién puede estar en desacuerdo con una participación real y veeduría de las comunidades en el ciclo de desarrollo de los planes acordados -con excepción de los gamonales que se han beneficiado de la intermediación clientelista- o que a aquellas -incluidas las FARC desmovilizadas- se les faciliten condiciones para la participación electoral y el ejercicio del voto fortaleciendo la democracia, entre otras la trasparencia y asignación en equidad de la pauta publicitaria oficial, acceso a medios institucionales y posesión de medios de comunicación comunitarios y alternativos. Será un exabrupto que se ofrezcan garantías e incentivos para la oposición y el surgimiento legal de fuerzas alternativas o que exista un Circunscripción Especial de Paz en la Cámara de Representantes que permita a líderes de los movimientos sociales  de  las zonas de conflicto llevar la voz y promover soluciones para la población marginada.

No es deber del Estado, pretermitido y violentado hasta ahora, garantizar el derecho a la participación, la protesta, las libertades de pensamiento, opinión y expresión a lo que apunta el Sistema Integral de Seguridad para el Ejercicio de la Política acordado, que proteja a la oposición del paramilitarismo y la represión propia de la concepción de seguridad nacional y orden público aún imperante en el actuar castrense y la mentalidad de la clase política tradicional y señorial, con  el recuerdo del genocidio de la UP y el liderazgo sindical y popular y los “falsos positivos” aun fresco y en la impunidad.

Carece acaso de realismo y no sería un alivio, un nuevo enfoque de la política antidrogas que entorno al  acuerdo sobre cultivos ilícitos plantea una reforma integral y participativa para las zonas de cultivo de coca, que saque del narcotráfico a las Farc y a los pobres “raspachines”, permita combatir la criminalidad organizada en todos sus frentes, ofrezca alternativas de ingresos a los cultivadores y cosechadores misérrimos y  rescate las zonas afectadas con aspersión de glifosato, cuya suspensión por el gobierno constituye una plausible determinación de salud pública y un guiño al proceso, ante la torva y mentirosa reacción de la derecha.

Serán cómplices de alguna conspiración internacional los más 7 millones de víctimas inscritas en los registros oficiales por haber sufrido alguna afectación del conflicto arbitrariamente limitado en su inicio al año 1985, entre ellos 4 millones de desplazados, miles de dolientes de asesinados en operativos sicariales y espantosas masacres, más de 30 mil desparecidos, en una de las más bestiales estrategia contrainsurgente de que tenga noticia la humanidad. Es justicia negarles la reparación del Estado con argumentos fiscales, como lo hizo la Administración Uribe, mientras se malgasta la tercera parte del presupuesto nacional en la meta de aplastar a la insurgencia sin tocar las raíces sociales históricas y vigentes de su nacimiento.

Aunque a decir verdad, 80 mil hectáreas restituidas a 15 mil campesinos de 4 millones usurpadas y 500 mil ciudadanos reparados en cuatro años, véanse desde la crítica de las organizaciones sociales y la izquierda o desde la justificación académica y de gobierno, son una muestra muy precaria de la voluntad de reparación, más aún cuando el proceso no ha estado exento de víctimas y los enemigos acechan ante la debilidad del Estado para garantizar la vida de los líderes y sus comunidades.

La verdad grita, que se sepa
Ante la  tragedia histórica vivida, documentada en decenas de investigaciones y denuncias de organizaciones nacional e internacionales e incluso instancias creadas por el  propio gobierno como el hoy Centro de Memoria Histórica, con antecedente en Ley de Justicia y Paz del primer mandato  Uribe, que ha divulgado más de 20 estudios sobre masacres y el informe ¡Basta ya! que contextualiza y evidencia 30 años de barbarie, o el argumento mayoritario de la Comisión Histórica del Conflicto y su Víctimas, acordada e al mesa de La Habana, acerca del carácter social de las causas de la guerra y la ineludible responsabilidad institucional y de importantes sectores del país, es evidente que cuestionar el proceso porque supuestamente conduce a la impunidad de la guerrilla, señalada como único responsable, es mezquino y oportunista.

Por eso la fórmula de la Comisión de la Verdad parece apropiada al determinar que no tendrá competencias judiciales pero establecer un  “sistema integral de verdad, justicia, reparación y no repetición”, para el que las partes acuerden alcances, mecanismos y sanciones, con lo que se asegure conocer qué pasó, sus responsables, el reconocimiento y reparación de las víctimas  y la garantía de que no se volverá a incurrir en las conductas que ocasionaron este holocausto.

Así dejaremos de engañarnos sobre un pasado fabricado de coartadas a favor de los determinadores de la violencia para construir una memoria con el relato libre de condicionamiento de víctimas y victimarios, que permita enfrentar el futuro sabiendo de dónde venimos y para dónde vamos. Con este acuerdo se da un gran paso en el avance de la agenda, a pesar de quienes persisten en atacar estas tratativas por el temor de saberse responsables, aunque intuyen que su táctica les ofrecerá de rebote la impunidad que reniegan para otros.

Serán algo menos que cinismo y ardid defensivo las voces que cuestionan la puesta en marcha de una Comisión de la Verdad que desnude, y que en gran medida ratificará, la responsabilidad del Estado y prominentes y  emergentes sectores de la sociedad en una estrategia de contención social que tuvo en la guerrilla y sus errores y desmanes la excusa perfecta para diezmar el liderato y la organización popular a lo largo y ancho del país y para impedir una democracia real, abierta e incluyente.
El uribismo confía en que su capacidad de incidencia pública le garantiza el peso suficiente para imponer condiciones favorables a su séquito encartado en investigaciones criminales, que le permitan un acuerdo que cobije a todos los actores de la violencia, aunque los califica de concesiones para la impunidad mientras no favorezcan a  su entorno e, incluso, al mismo senador Uribe, que entonces se avendrá a los acuerdos. Y con todo, eso también es necesario para llevar al país a desactivar el conflicto social armado y confrontar manifestaciones de criminalidad contemporáneas que azotan al mundo.

Cómo no va a ser inteligente y sensato poner fin a una confrontación que según el Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (Cerac) y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD),  impidió que la economía creciera  8,7 por ciento cada año desde el 2001, en lugar del 4,3 por ciento registrado, y que el ingreso por habitante fuera  de 16.700 dólares en el 2013, 5.500 dólares más que el obtenido. Sin conflicto armado, el crecimiento del producto interno bruto (PIB) sería casi el doble en los últimos 12 años y el ingreso promedio de cada colombiano habría aumentado en cerca del 50 por ciento en el mismo periodo.

Si los gobiernos, éste y el de Uribe, no obstante la relatividad de las cifras por distintas razones, muestran como uno de sus logros la reducción de la pobreza fruto del crecimiento y las políticas sociales paliativas, cuál no habría sido el resultado sin guerra y si la misma lógica de erradicar la pobreza hubiera imperado en la dirigencia. No hay duda, por donde se le mire, la paz es un proceso gana-gana, más aún cuando el Instituto para la Paz Global, analizando 22 indicadores institucionales, sociales y políticos, coloca al país en el puesto 150 de 162 con las peores condiciones para lograrla. Algo pasa para que gran parte de Colombia no identifique la paz como un propósito nacional. El gobierno Santos está en la obligación de lograr revertir esa situación en aras de rodear de legitimidad el Acuerdo para poner fin al conflicto y para una paz estable y duradera.

* “Juan´pa”: Contracción equívoca del nombre del Presidente Juan Manuel Santos, expresada por una simpatizante en junio de 2014, durante la campaña por la reelección.