sábado, 9 de marzo de 2013

Los abriles de Pizarro

¡Nos robaron! gritó indignada doña Alicia, de visita en la casa de mi familia ese 19 de abril de 1970, para seguir las elecciones pegados a una radiola Zenith, cuando al entrar la noche las emisoras dejaron de informar sobre los resultados de la votación para elegir Presidente de la República. Al otro día, los periódicos confirmaron la trampa: en los cómputos de la Registraduría ganó el conservador Misaél Pastrana, en el corazón de millones de colombianos “mi General” Rojas Pinilla. A la gente no le importaba que la “gran prensa” le restregara los meses anteriores, que, Rojas, al que la dirigencia conservadora y liberal acogió con entusiasmo en 1953 como el salvador de la patria, ante la horrenda hemorragia que habían desatado y no podían parar tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, y echó a las patadas en el 57 cuando se les quiso quedar, había sido un corrupto y execrable dictador. Le bastaba recordar, la leche y las mogollas que Sendas repartía en los pueblos, que había inaugurado la televisión, que había hecho el aeropuerto Eldorado, y decía que “la oligarquía le tenía miedo” porque iba a gobernar para el pueblo. El Presidente Lleras mandó a todo el mundo a dormir temprano. Rojas se refugió en su casa y la gente se cansó de gritar ¡fraude! Parecía que no había pasado nada. Según la costumbre del poder en Colombia, un estadista como Lleras no hace trampa y si la hace se le disimula.

Parecía. Porque con esa fecha triste se bautizó una guerrilla populista y nacionalista que sumó gente del ala de izquierda de la Anapo, partido del General, cristianos radicalizados, disidentes de las FARC y exmilitantes comunistas, identificados en que a su proyecto de toma del poder por la vía de las armas había que ponerle pueblo y acelerador para instaurar un “socialismo a la colombiana”. El Movimiento 19 de Abril, tras esporádicas y espectaculares actuaciones, se convirtió en el dolor de cabeza del gobierno del liberal Turbay Ayala, quien le dio licencia a las Fuerzas Armadas, servicios de inteligencia y organismos de investigación judicial, para que le pusieran su “tatequieto” a los subversivos, cruzada en la cual se ensañaron con todo aquel que hablara de derechos humanos o cambio social. Sin embargo, el “eme” se metió en el alma popular y crecía imparable. El gobierno de Don Belisario Betancur tuvo que “cogerle la caña” al audaz comandante general del M-19, Jaime Bateman, de indultar a los presos políticos y amnistiar a los combatientes e iniciar negociaciones para pactar reformas políticas, económicas y sociales, propuesta a la que se acogieron otras agrupaciones insurgentes.

Pero Colombia estaba viche para ese tipo de acuerdos. Belisario quiso quitarle a la guerrilla las banderas y la guerrilla conejeó al gobierno al hacer de la tregua un espacio táctico para escalar la guerra. El Presidente había anunciado en la posesión que en su gobierno “no se derramaría una sola gota más de sangre colombiana” y al finalizar parecía cierto porque el país quedó anémico por el desangre, pues con ese cuerpo famélico se ensañaron guerrillas, militares, sicarios del floreciente narcotráfico, y las reactivadas autodefensas al servicio de la contrainsurgencia que, luego de expandirse y estructurarse a nivel nacional, financiadas por mafiosos y hacendados con el beneplácito de políticos ultraderechistas y estamentos militares, fueron identificadas como grupos paramilitares. La Unión Patriótica, movimiento político surgido de los acuerdos con las Farc, perdió más de 3 mil militantes a manos de sicarios. Diezmados por los golpes militares y presionados por los cambios geopolíticos de finales de los 80, algunos de los grupos insurgentes optaron por la desmovilización negociada que ofreció en 1986 el liberal Virgilio Barco y proseguiría César Gaviria.

En el Departamento del Cauca, en la verede de Santo Domingo, a donde se llegaba y se sigue llegando por carreteras destapadas que serpentean la cordillera, los vientos estremecen y el frío se nota en los rostros cuarteados, durante meses se instaló el campamento donde se concentró el M-19 para las negociaciones. Allí visité a Carlos Pizarro León-Gómez, comandante general de esa organización, para una entrevista y luego regresé un par de veces acompañando a Rafael Pardo Rueda, director del Plan Nacional de Rehabilitación y los demás miembros del equipo negociador del gobierno. No es sino revisar las primeras fotos de los encuentros de Pizarro y Pardo para advertir que iba a pasar algo como efectivamente pasó a comienzos del 89 con la firma de los acuerdos que llevaron a la desmovilización definitiva del M-19, acuerdos que supo honrar y defender aún cuando la nefasta clase política tradicional intentó trampear para dejar sin base los compromisos, condicionando el trámite legislativo de algunos de los asuntos a que le dejaran colar arreglos a favor de la mafia. Lo de siempre.

Sonrisa cálida, mirada altiva, buenas maneras aprendidas en cuna aristocrática, atractivo y encantador para las mujeres, simpático y cordial con los hombres, pensando siempre en perspectiva, soñador, enigmático y magnético, una forma de hablar muy particular con énfasis al final de las palabras que se volvió moda, como el sombrero blanco que llevó durante sus últimos años en la montaña, y una prosa recursiva y emotiva, era difícil entender cómo ese joven estudiante de la Universidad Javeriana, hijo de militar y amigo de los ricos de Bogotá y Cali, fue a parar a la Juventud Comunista, a las Farc y después al M-19 y quiso hacer realidad su ideal de cambio, justicia y democracia a través de la lucha armada.

Pero así como fue intransigente en su determinación insurgente también fue terco en imponer contra la oposición de muchos su decisión de acordar la desmovilización. Determinado el contenido del pacto, llegó con su gente a Tacueyó y en un acto solemne pronunció unas palabras, desenvolvió su revólver, envuelto en la bandera tricolor, y lo tiró al arrume de armas que habían hecho sus compañeros, ante el llanto incontenible de Vera Grabe. Luego viajó a Bogotá, llegó al palacio presidencial y estampó su firma en el documento junto a la del Presidente de la República para renunciar a las armas a cambio de reformas y seguir en le lucha política por los canales institucionales.

Unos meses después, estuvo en el Museo del Chicó para la presentación de un libro compilado por Jesús Antonio Bejarano, asesor de Pardo, asesinado unos años mas tarde. Vestía una camisa de seda blanca de cuello redondo que le daba un aura especial. Estaba muy contento con la sorpresiva votación que había obtenido como candidato a la Alcaldía de Bogotá, inscrito a última hora, y con la simpatía que comenzaba a despertar su candidatura presidencial, aunque se le notaba la preocupación por el riesgo inminente de un atentado en su contra, más aún cuando semanas atrás habían asesinado al carismático candidato de la UP, Bernardo Jaramillo.

De las cenizas del colosal error que constituyó la toma y la monstruosidad de la retoma del Palacio de Justicia y en medio de la racha de terror desatada por el narcotráfico y el paramilitarismo, la terca izquierda convergía y se insinuaba posibilidad de cambio. La tensión no le impidió a Pizarro contarnos, en medio de risas, el episodio reciente en la Universidad Nacional, donde se había bajado de la tarima en la Plaza Che Guevara, arremangándose la camisa para desafiar a  unos saboteadores que le gritaban traidor. Se retiró del evento en el museo,  luego de una copa de vino porque al día siguiente debía viajar temprano a Barranquilla en desarrollo de la campaña.

El 26 de abril de 1990, alertado por el alboroto y los murmullos recorrí a prisa los pasillos del edificio donde funcionaba el Plan Nacional de Rehabilitación y entré a las oficinas de la Consejería Presidencial para la Paz. Allí imperaba un ambiente de desazón y la mala noticia se advertía. ¿Qué pasó? Le pregunté a Ricardo Santamaría, asesor de Pardo, y enjugándose el llanto me contestó: ¡Lo mataron! En la confusión y la tristeza regresó a mi mente la imagen del día anterior, la camisa blanca de Pizarro. Un sicario lo acribilló en pleno vuelo y la escolta oficial del DAS a su servicio ultimó al asesino para sepultar cualquier confesión que pudiera llevar a los responsables: la alianza de narcotraficantes, paramilitares y el organismo de seguridad estatal, que ensangrentó al país en esos años en desarrollo de un plan de exterminio de la izquierda en auge y de cuyas andanzas criminales dan cuenta todavía hechos recientes.

Miles de personas fueron a darle el adiós al Capitolio Nacional donde fue velado. La marcha fúnebre lo acompañó a la Quinta de Bolívar para hacerle un homenaje en la casa que habitó el Libertador, su personaje más admirado. La muchedumbre lo llevó por la Avenida calle 26 hasta el Cementerio Central, donde, dicen algunos, que lo escuchan y que hace milagros. Para dar fé del compromiso del “eme”, Antonio Navarro siguió la campaña con el lema ¡Palabra que sí!

En la Constitución de 1991, hija de la reacción del país bueno contra el exterminio y por sus derechos, quedaron plasmadas algunas de las ideas que motivaron su lucha.

Cuatro fechas de abril marcaron la vida de Pizarro: la del asesinato de Gaitán, la del accidente que la causó la muerte a Bateman, la de un fraude y la de su asesinato. En Colombia, formas históricas de truncarle los sueños a la gente.

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