domingo, 24 de marzo de 2013

Bolívar a la carta


Pasto, exótica, histórica, amable, pero distante, incomprendida y, a veces, ironizada ciudad andina a los pies del volcán Galeras, en la frontera sur de Colombia, merecía ser escenario de una gran novela. La carroza de Bolívar, reciente creación del escritor de origen nariñense Evelio Rosero Diago, publicada por la editorial Tusquets de Barcelona, cumple ese propósito con creces y confirma al autor como uno de los mejores escritores colombianos.

Luego de una seguidilla de premios nacionales, Rosero obtuvo, en  2006,  el de novela de Tusquets con Los Ejércitos, una narración magistral, bella  y novedosa de un tema trillado, sempiterno y lacerante, y por eso difícil de asumir: la violencia como trasfondo del amor y las virtudes humanas. En 2009, el diario The Independent la premió como la  mejor obra de ficción traducida al inglés y en 2011 lo hicieron escritores y editores daneses. A  la fecha, Los Ejércitos se lee en 19 idiomas. El autor es elogiado por la crítica literaria en Europa, EE.UU. y Latinoamérica.

La obsesión irreverente
 
La carroza de Bolívar narra las peripecias del ginecólogo Justo Pastor Proceso López durante los Carnavales de Negros y Blancos de Pasto de 1966. Disfrazado de simio el Dia de los Inocentes previo, para asustar a su mujer y gozarse la fiesta, el protagonista comienza un agitado itinerario de vivencias que evidencia  las veleidades, el adulterio y la displicencia de su esposa, la indiferencia de sus hijas, los aprovechamientos y deslealtades de sus amigos, sus infidelidades y su obsesión investigativa por demostrar que el Libertador Simón Bolívar fue un canalla. Propósito, éste último, que encuentra una imprevista oportunidad en la ira arrebatada del ricachón de la ciudad contra el artesano que construye una carroza para burlarse de su ordinariez.

El trasfondo histórico va de la mano del catedrático Arcaín Chivo, que aburre y duerme a la mayoría de sus alumnos y se gana la tirria de algunos de ellos, de izquierda y miembros de una célula guerrillera, por su constante retahíla antibolivariana -fundamentada en el  lamentable perfil que del Libertador hizo Carlos Marx y en los Estudios sobre la vida de Bolívar, la iracunda y desmesurada semblanza del erudito pastuso José Rafael Sañudo publicada en 1922-, razón por la cual, luego de lograr su expulsión de la universidad, lo someten a una paliza vindicativa.

Antes de que el ricachón  destruya a tiros la carroza, que lleva como motivo su perfil burlesco agigantado, y acabe con la vida del artesano creador, el ginecólogo, al constatar el tremendo parecido de aquél con Bolívar, propone y logra la salomónica solución de variar la figura y su entorno para mostrar la verdad histórica sobre el “hombrecillo”. El grupo de constructores, gracias a la intervención justificadora de la esposa del artesano creador -para quien, en la novela,  Bolívar fue “un gran hijo de puta”- pasa de la negativa, por respeto al Libertador, a la colaboración entusiasmada para ilustrar las andanzas mezquinas del “Napoleón de las retiradas”.

Todos estos personajes y algunos más, retratados al mínimo detalle en su catadura física y humana, se entrecruzan en una trama divertida, dramática, expectante, descrita de manera impecable, con un encadenamiento perfecto pero siempre sorpresivo, no exento de los ineludibles episodios de violencia propios de nuestra realidad.

 Un atrevimiento mortal

De nada sirven las advertencias del profesor, el obispo y el alcalde a Justo Pastor, sobre la provocación y el irrespeto de mostrar al  “Padre de la Patria” en una faceta apocada y ruin,  distinta a la propalada por la historia oficial, en las visitas a su casa en las que aprovechan para burlarse de él con la complicidad de su mujer, a la que el profesor Arcaín corteja en sus narices. Tampoco lo disuade el asalto de advertencia al taller donde se arma la  carroza y el robo de varias piezas o el posterior intento de un grupo de encapuchados de dinamitar el carromato, que al fallar, amenazan con hacerlo en pleno desfile del 6 de enero.

 El Día de los Blancos, sin embargo, el interés del médico por la carroza reveladora se diluye ante sus cuitas adúlteras y las ganas de que su mujer lo quiera. Disfrazado de simio muere jugando en la senda del carnaval, pateado por dos de los estudiantes revoltosos, disfrazados a mitades de asno, que así  castigan  su osadía reaccionaria.

Luego, un poeta humanista, miembro de la célula subversiva –puesto a prueba asesinando a un  policía-, es “ajusticiado” a tiros por sus compañeros por desobedecer las órdenes del comando. En la misión de vigilar a Justo Pastor para ubicar el coche alegórico, tras seguir sus recorridos libidinosos, arrepentido,  le advierte que lo van a matar y fracasa en dar con el sitio donde se “viste” la carroza, para destruirla.

El comandante del ejército, y amante de la mujer del ginecólogo, tampoco logra el propósito de no dejarla exhibir pues, luego de que un destacamento militar la decomisa por orden suya para desbaratarla, los artesanos artífices atacan a los soldados, la rescatan y la esconden  en el fondo de la tierra, “a la espera del carnaval del año que viene”.

 Es la síntesis de una portentosa novela, en la que la maestría narrativa de Evelio nos lleva de la comedia al drama  con generosos recursos del lenguaje, prosa lúcida  y  derroche de creatividad simbólica.

 Bolívar ¿héroe o villano?

Alineado en el  antibolivarismo que profesan aún parte de la sociedad pastusa y algunos monarquistas criollos, insostenible en un análisis histórico amplio, integral, veraz y comprensivo, el autor hace explícito su propósito de  desmitificar a Bolívar, no humanizándolo, al estilo de de El General en su laberinto de García Márquez, sino tratando de disecar una alimaña y exhibir sus purulencias.

 Pasto, es verdad, tiene mucho que lamentar de la presencia del ejército libertador  -e incluso de la República-  tal como se narra en palabras de Sañudo  -a quien el autor  apela como fuente- y en las propias de Rosero, sobre la base de algunos hechos ciertos, como la Navidad Negra de 1822, cuando la ciudad sangró a manos de Sucre por orden de Bolívar. La feroz resistencia del pueblo pastuso a los ejércitos patriotas en nombre del Rey y Dios, que coadyuvó a aplazar por años la emancipación andina, fue castigada con saña, lo que, junto con el abandono oficial posterior, sembró rencor.

 Bolívar como ser humano tuvo defectos y desatinos y sobre  la Independencia caben distintas valoraciones. Pero mucho va de ello a reducir esa colosal obra y su artífice a una sucesión de episodios signados por  el oportunismo, la insania, el crimen  y la mentira, interpretados en forma sesgada con la lente de una moralidad arcaica como la de Sañudo, no obstante su solvencia intelectual. En época de bicentenarios, es hora de tender puente desde las dos orillas.

 No obstante, “para saber si una novela es buena o mala, genial o mediocre - indica Vargas Llosa-, no hace falta saber si fue fiel o infiel al mundo verdadero, si lo reprodujo o lo mintió. Es su intrínseco poder de persuasión, no su valor documental, lo que determina el valor artístico de una ficción”. Valorada en estos términos, La carroza, hipnotiza. 

 Una visión ecuánime de Bolívar y su obra se encuentra en las biografías  de Jhon Lynch y David Bushnell, entre las recientes, y en los puntos de vista de Sergio Elías Ortiz, otro insigne historiador pastuso, en la polémica que sostuvo con Sañudo. Nemesio Rincón, también oriundo de la capital nariñense, en el libro El Libertador Simón Bolívar en la Campaña de Pasto, ganadora del concurso por el centenario de la Batalla de Bomboná, ofrece argumentos y documentos para una apreciación objetiva del resultado y del significado estratégico de ese episodio ridiculizado por Sañudo.

 Pasto y sus fiestas a plenitud

 La carroza de Bolívar es un gran homenaje al Departamento  de  Nariño, a Pasto y su gente, en particular,  que a través de ella  será conocida en todo el mundo con sus barrios, sus calles, sus iglesias, el legado colonial,  y la belleza imponente del volcán Galeras, varias veces nombrado, una de las cuales como Urcunina, montaña de fuego en quechua, vocablo que ha ganado aceptación por leal a los ancestros.

De la mano de Rosero vuelve a Europa el “conejillo de indias”, ahora como provocativo cuy asado que se puede saborear en Catambuco, en las afueras de la ciudad, de camino a la bella Cocha (laguna en quechua) del Guamuez, acompañado con un par de anisados y de postre un quimbolito (envuelto de maíz). De pronto, las menciones a Sandoná, pueblo famoso por sus músicos, los sombreros de paja toquilla y la panela en tapas, ayuden a descifrar los misterios de su nombre, que bien podría tener origen chibcha, quechua o francés.

 El Carnaval de Blancos y Negros, declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, se goza página tras página con toda su carga emotiva y simbólica. Desde el 28 de diciembre, Día de los Inocentes, que en la época de la trama era el día del juego con agua y en el que en la actualidad se rinde culto al arco iris,  al 31 con las calles tomadas por los años viejos. Luego, el carnavalito de los niños, el  3 de enero, la llegada de la Familia Castañeda, el 4, el Día de los Negros -la pintica del 5-, y el 6,  Día de los Blancos, el “polvito” y las carrozas majestuosas.  Aguardiente, serpentina, talco, cosméticos y música. La fiesta en el telón del drama.

Evelio hace sonar  La guaneña una y otra vez y también El miranchurito, El son sureño y Viejo dolor de Luis E. Nieto. Menciona, en homenaje postrero, a Luis “Chato” Guerrero, el gran compositor terrígeno (Cachirí, Jodidos y contentos, y  Agualongo) fallecido en 2011, y al poeta ecológico de América, Aurelio Arturo. Agualongo reaparece como adalid y héroe regional, más que por su defensa de la causa realista, por representar  la dignidad y la valentía de un pueblo. Leyendo La Carroza de Bolívar,  el Carnaval se vive. Pasto se siente.

 

 

2 comentarios:

  1. "Bolívar como ser humano tuvo defectos y desatinos y sobre la Independencia caben distintas valoraciones. Pero mucho va de ello a reducir esa colosal obra y su artífice a una sucesión de episodios signados por el oportunismo, la insania, el crimen y la mentira, interpretados en forma sesgada con la lente de una moralidad arcaica como la de Sañudo, [...]"En efecto, siendo ésta la consigna proclive de los bolivarianos, ninguna revisión certera puede sacarse. Las distintas valoraciones, en mención, resultan de necesidades sistemáticas, a saber, la estructuración del estado-nación moderno, una historiografía consecuente y una sociedad homogénea. Nótese que el revisionismo norteamericano ha elucidado la conducta de Washington, sin generar traumas perentorios. Es de advertir en Sañudo, la consideración a los errores, pues son común disposición humana. No es entendible, en cambio, que sean deliberación del espíritu y lleven a perpetrar actos atroces. Perú de Lacroix, Guitiérrez, O'Leary, entre otros cronistas ibarreños, testifican la participación de Bolívar en la hecatombe de Ibarra, situación hórrida, que, a causa de su ebriedad en el campo, lo sumió en trance, y, así, heridos postrados fueron ultimados por éste. De ser ello un error, y no un crimen cobarde, debe dispensarse al ejercito rojo por acceder carnalmente a las alemanas en su arribo a Berlín, porque habianlas algunas en servicio, que se explica por una de las divisiones femeninas de las SS. Por tanto, según tu criterio, halla justificación esto último. Esto para observar el absurdo, no obstante, hechos superiores en crueldad y culpa de Bolívar. Sañudo era conservador, de linaje malagueño, asaz leal a su credo y convicciones. No hay pastuso, tal como yo hago, que excuse su interpretación mediante la Lex expiationis, conforme a esto anterior, pero no es motivo de suponer incorrección en su moral, antes bien, una moral elemental dicta no proceder con comunidad civil como se hizo con facción beligerante. Y el escritor subraya esto. Así mismo, mandar apresar a una púber de 15 años, con objeto de pervertir su castidad, no es acción loable ni bondadosa. Ver historia de la estirpe Santacruz. La moral de Sañudo se substrae, sí, de preceptos de la cristiandad, que él explique las justas dolencias de Bolívar ante su muerte, con eso de sus maldades anteriores, no implica que la lectura de su libro merme en cualidad, puesto que la perístasis de éste es la vida de Bolívar; será el lector quien convenga cuando las barbaries son morales, si las hay...

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