jueves, 11 de junio de 2009

Por toda la música que llevan en sus almas

A Evelio Rosero Diago y William Ospina

William Ospina acaba de ganar el Premio Internacional Rómulo Gallegos por su novela El país de la canela, lauro que se agrega a muchos reconocimientos a su estatura intelectual, su compromiso humanista y su calidad literaria. Semanas antes, Evelio Rosero Diago, de raíces y afectos nariñenses, obtuvo el premio del diario "The Independent" al mejor libro de ficción traducido al inglés durante el último año (2008) por su novela "Los Ejércitos", que ya había sido galardonada con el II Premio Tusquets Editores de Novela en 2006, otros de sus libros han recibido también merecidos reconocimientos y en 2006 el autor el del mérito literario de MinCultura.

De los hechos narrados en Los Ejércitos, Evelio dijo en 2007 en España, "son totalmente reales, están tomados de recortes de periódicos, noticias de televisión y testimonios de desplazados, sobre todo a la ciudad de Cali. Este conjunto de acontecimientos verídicos son los que han dado forma y han consolidado el argumento de la obra…es una historia de desapariciones e injusticias en un pueblo ficticio llamado San José que podría ser cualquier lugar de Colombia, donde el enfrentamiento de los ejércitos y el fuego cruzado aparecen como motor y fondo de toda la trama de la novela”. Leyendo Los Ejércitos uno va llevado por la mano maestra y la narración elegante de Evelio a apreciar desde fuera la tragedia de nuestra historia, nuestros dramas y los ajenos, las insólitas justificaciones que llevan a unos cuantos a anegar en sangre hogares y campos, y en el trasfondo la realidad social que ha cultivado tanta locura, descrita con humor e ironía:

“Yo iba a despedirme cuando volvimos a oírlo:
- En este país – dijo, relamiéndose el escaso bigote-, si uno pasa lista, presidente por presidente, todos la han cagado.
Nadie repuso nada a sus palabras. Lesmes, que se veía con muchas ganas de hablar, se respondió a sí mismo:
- Sí -dijo-, a la hora del té cada presidente cago las vainas, a su buena manera. ¿Por qué? Yo no lo sé, ¿quién va a saberlo? ¿Egoísmo, estupidez? Pero la historia descolgará sus retratos. Porque a la hora del té…
- Cuál té, maldita sea –se exasperó chepe-, café, por lo menos.
- A la hora del té –siguió Lesmes, impertérrito, deslumbrado de sus mismas palabras-, nadie tiene fe”

Los Ejércitos, Editorial Tusquest.


William Ospina, poeta, novelista, ensayista e intelectual comprometido con un futuro digno para Colombia, hizo para el centenario del poeta nariñense Aurelio Arturo un apasionante perfil en la revista Número, en el que describe en forma fascinante las tierras del sur:

“Esta tierra donde es dulce la vida

La de Nariño es una extraña tierra. Tal vez a ninguna parte del país le es más aplicable esa observación de pintor que Arturo le dedica a su patria: «... bellos países donde el verde es de todos los colores...».
Mesetas y llanuras llenas de verde y de frío, esa región está lejos del resto de la patria, y lo estaba mucho más a comienzos de siglo. Áridos y desolados cañones la separan, verdaderos desiertos donde aún ahora sobreviven, en lo alto de unas sierras pobres y ardientes, caseríos miserables asomados a campos amarillos de maíz. En el esplendor y la delicadeza de sus colores, honduras donde el llano se vuelve rojizo y las mesetas verdosas y azules, y donde a veces, como espuma, una bruma espesa resbala sobre las formas caprichosas de las montañas, habita una raza sin destino, desamparada y sucia de pobreza, que asoma a las puertas de casas vacías unos ojos inmóviles que parecen interrogar pero que en realidad sólo miran al mundo sin esperanza. Perdido en esos yermos, yo he vivido noches espectrales en las que el cielo parecía mucho más cierto que la tierra. Su firmamento nocturno está lleno de estrellas fugaces, y bajo las constelaciones, como un conjuro, fluye en la sombra la voz pausada de los campesinos, «contando historias».
Un famoso episodio de nuestro pasado común tiene por escenario esas tierras. A la cabeza de un ejército vacilante, rico en traidores, Nariño avanzó entre el polvo y el fuego, hacia el sur, para anexar a Colombia el más grande fortín de los españoles. Muchos días y muchas noches padecieron esa geografía malvada, diezmados por los cuchillos de los indios y por incesantes deserciones. Cuando al fin, arrastrado por su terquedad y por su conciencia del peligro de la reconquista, Nariño llegó al sur, había sobrevivido a tantas conjuras, había dejado atrás tantos peligros acechando, e iba tan traicionado y tan solo, que solamente pudo entrar sin escolta y entregarse a los enemigos que pensaba destruir.
Ese mismo camino recorrió el poeta, pero en sentido contrario, y padeciendo rigores análogos, cuando se alejaba de su tierra natal buscando un futuro para su vida y para su poesía. Lo encontró, malamente, pero nunca dejó de sentir que al cruzar el cañón del Patía, yendo hacia el norte, dejaba atrás los momentos más luminosos de su vida y que para recuperarlos iba a necesitar toda la música que llevaba en su alma.”

AURELIO ARTURO, LA PALABRA DEL HOMBRE Revista Número 58.

Que fortuna que dos grandes de las letras colombianas de hoy tengan presente siempre en sus obras a Nariño, punto de encuentro e inspiración, un aliciente más para afrontar tanta dificultad y tragedia por un pueblo templado en la rudeza del día a día pero siempre esperanzado en un mañana mejor.

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